Oigo voces… femeninas (Primera parte)

COURTNEY BARNETT - CRAZYMINDS

¿Por qué no decirlo claro? El motor de este reportaje es el primer disco de Nicole Andrews, In The Shallows. En concreto, la desarmante pieza que lo abre y que con cierta modestia se titula Just Another Female Vocalist. Eso es. Simplemente otra vocalista femenina –de las buenas, por cierto, y procedente de Nueva Zelanda, ni más ni menos-. Pero es que existe una cascada de nuevas voces femeninas autoras de su propio material musical que se está apoderando de una porción nada desdeñable del mercado musical. Y no me refiero a chicas florero o baratijas de temporada. La panoplia de féminas que se están haciendo cada vez más visibles en el panorama musical indie y también mainstream alcanza incluso nichos y estilos inesperados liderando tendencias muchas veces asociadas a bandas o directamente a hombres. Podemos decir que ahora ellas arriesgan más.

Que alguien de un rincón de España se rinda al talento de una jovencísima cantautora kiwi debutante no es simple casualidad. Como pasa con las lecturas –un libro te lleva a otro, y después a otro, etc..-, la irrupción de artistas femeninas de forma masiva en un mercado musical mucho más horizontal que hace apenas un lustro permite al simple aficionado transitar de una voz a la siguiente, y a la siguiente. Si exceptuamos el género folk y country americano con una tradición arraigadísima para las voces femeninas, el resto de géneros populares estaban plenamente copados por hombres y las típicas honrosas excepciones. Ahora el acceso a obras de artistas femeninas es casi inabarcable.

Solo encuentro dos explicaciones a esta explosión de talento femenino por doquier: la democratización de la industria musical aparejada a los nuevos canales de difusión, sin importar mucho ni soportes ni campañas de marketing, ha abierto un boquete de dimensiones gigantescas por las que se están colando decenas de artistas femeninas; la segunda explicación –sin argumento empírico para demostrar su veracidad- que se me ocurre es el gregarismo del hombre frente al individualismo de la mujer en las lides musicales. El formato banda parece, si nos atenemos a la evolución histórica, el entorno ideal para que los hombres desarrollen sus dotes musicales algo infrecuente entre las mujeres.

Podríamos convenir que la música popular es un arte unisex pero los resortes de la industria parece que han privilegiado al sexo masculino. Ahora estamos en una época que transita hacia la igualdad pese al mucho camino que queda por recorrer. Lo que sigue a continuación es una lista de artistas femeninas que han aparecido recientemente o que empiezan a destacar con obras musicales hondas, atractivas y tan buenas o mejores que las de sus coetáneos masculinos. Un auténtico aluvión de voces femeninas que repasaremos a lo largo de tres entregas.

Arranquemos con la primera…

 

NICOLE ANDREWS – IN THE SHALLOWS (2015)

Pese a ser originaria de Portland (Oregon), Nicole Andrews se está abriendo camino artístico desde Wellington (Nueva Zelanda). Piano y voz son sus principales armas y sus influencias confesas son Tori Amos, PJ Harvey y Massive Attack (aunque estos últimos deben ser más una inspiración conceptual, pues no se aprecia en las canciones de Andrews rastro alguno de trip-hop). Su debut, In The Shallows, es de principios de 2015 y compendia una colección de piezas que se arriman al concepto torchsong. Reinan el piano Stenway de la New Zeland School of Music –donde se grabó- y la voz algo grave de Nicole que también incorpora hermosos arreglos de cuerda y algún pespunte electrónico muy leve. Música introspectiva y romántica que en los pasajes más amenazantes tiene ecos de Tori Amos. Nicole Andrews es una artista con mucho potencial que invita a ser descubierta ya.

 

TORRES -‘SPRINTER’ (2015)

Torres es una mujer cañera. Está recorriendo Estados Unidos en estos días teloneando a Sleater- Kinney. ¿Puede presentarse mejor credencial que abrir los shows de la mejor banda de punk-rock femenino de América y, por ende, del mundo? Aunque la portada de su último disco –‘Sprinter’- muestre a una Torres dividida a partes iguales por la luz y la oscuridad, está claro que su hábitat natural es más bien sombrío. Chica de contrastes: en pocos minutos, sus canciones nos transportan en un carrusel de la belleza acústica (Elliot Smith) a la tempestad guitarrera paroxística (The Pixies).

Mackenzie Scott, que es el nombre real de Torres, es una joven de 24 años que todavía no sabemos si sube o baja, pero eso no es ni mucho menos una cosa negativa. Está explorando los límites de su talento, que tiene para dar y tomar. Su primer disco era mucho más cantautoril y acústico. Casi naïf. El segundo asalto es una tormenta de ideas lanzada sin apenas respiro: confesiones familiares, instantáneas autobiográficas, episodios de su vida sin resolver, se nos presentan en canciones donde impera la fiereza guitarrera y una garganta privilegiada.

 

COURTNEY BARNETT – SOMETIMES I SIT AND THINK, SOMETIMES I JUST SIT (2015)

La más punkie del lote. Pura electricidad. Equidistante entre la tradición de la new wave de una Chrissy Hynde, el indie noventero de Kim Deal o la americana con ramalazos grunge de Liz Phair. Coutney nos invita a subir el volumen y dejarnos llevar por un rock vacilón de pocos acordes pero efectivo como una mala cosa y que puede recordar al material más accesible de Kurt Cobain. Pura ambrosía altrock con aires de los 90. No pretende ser Alanis Morrissette ni Sheryl Crow pero podría llegar a serlo como la fiche alguna ‘multi’. Mantiene ese punto descarado y fresco en su debut de 2015 tras un par de muy buenos Eps bien exprimidos y destilados que finalmente unió en una especie de disco de debut. Aquí no tenemos a una cantautora insegura, tímida y torturada. La Barnett quiere ser una diva del rock y nos cuenta auténticas historias al modo de un Bob Dylan o unos Go-Betweens y con grandes dosis de humor.

Por cierto, también es australiana. Procedente de Melbourne, gracias a unos ahorrillos obtenidos de su abuela montó su propio sello Milk Records para editar su primer material. Tras publicar ‘Sometimes I Sit And Think, Sometimes I Just Sit’ -coproducido por ella misma y su guitarrista Dan Luscombe, de la veterana banda de psicodelia The Drones- empezó a girar y el efecto bola de nieve no se hizo esperar. La Barnett es el paradigma de que el rock nunca morirá. No olvidéis el babero antes de iniciar la escucha de su material que, por cierto, ha copado lugares privilegiados en todas las listas de lo mejor del año.

 

JULIEN BAKER – SPRAINED ANKLE (2015)

Tiene 20 años, pero muy vividos. Empezó en el instituto de su Memphis natal liderando una banda punk atraída por la épica de ni más ni menos que… ¡Explosions in the Sky! Al poco tiempo optó por la vía cantautoril y eso es lo que nos ofrece su debut: voz, guitarra y algo de reverb grabadas por ese genio llamado Matthew E. White en su Spacebomb Studio de Richmond con un solo micro y a la primera toma. Pero que nadie se despiste: Baker es puro rock y no cuesta mucho imaginar las desnudas piezas de su debut vestidas con todas las galas de unos The National, a los que, por cierto, está teloneando. Además, ella ya se ha encargado de explicar que sus ídolos musicales son David Bazan, Ben Gibbard o el ínclito Morrissey cuya obra sigue marcando a hierro la adolescencia de miles de individuos.

Julien tira de material de primera mano para unas canciones escritas durante su etapa universitaria: ella es el centro del mundo y nos confiesa cuitas y pecados de una vida algo desordenada por culpa de un matrimonio infeliz y roto –el de sus padres-, sus historias amorosas con otras chicas y todo regado con el desfase propio de una edad complicada. De hecho, da miedo imaginar ese angelical rostro descontrolado por el abuso del alcohol y las drogas de las que parece intentar separarse a través de unas canciones diríase que terapéuticas. ¿La autodestrucción como motor creativo? Esperemos que no. Valor de futuro, justo cogiendo el rebufo de nuestra amada Torres.

 

FELICITY GROOM – HUNGRY SKY (2014)

¿Por qué Florence+The Machine sí y Felicity Groom no? Esa es la pregunta que me hago una y otra vez cuando regreso a sus dos discos –‘Hungry Sky’ (2014) y ‘Gossamer’ (2011)- que me siguen dejando boquiabierto. Pop con mayúsculas el de esta jovencísima australiana que parece tener difícil dar el salto internacional desde las lejanas antípodas. Felicity Groom está dotada de una voz bellísima que sabe encabritarse cuando toca y que transmite altísimas dosis de pasión y energía tanto en las piezas más vitaminadas como en las baladas que, cómo no, también las hay.

Su último disco es una sucesión de brillantes viñetas pop que flirtean con la épica de la citada Florence Welch, ahondan en ritmos más calientes y afros o se dejan influenciar por Tame Impala, cuyos miembros colaboraron en su última grabación. Justamente cuando apuesta por la fiereza es inevitable remitirnos a esa fuerza de la naturaleza que es su compatriota Nick Cave, sin duda, una de las principales influencias de Groom al inicio de su carrera.

Felicity encarna a pies juntillas el prototipo de joven y sana chica australiana. Originaria de Perth, ciudad del oeste de Australia, aún no ha conseguido abandonar la etiqueta de celebridad local. Es evidente que por actitud y talento estamos ante una dura competidora de Florence+The Machine tras dejar atrás unos inicios folkies y volcarse en el pop con inventiva.

Mi apuesta personal favorita de esta lista de féminas.

 

CARLA MORRISON – ‘AMOR SUPREMO’ (2015)

El indie latino tiene poca entrada en España. Los tópicos son demasiado fuertes y la incultura musical española enciclopédica. No obstante, parece que se está abriendo una rendija a medida que propuestas musicales de Latinoamérica son bien acogidas primero en Estados Unidos para intentar el asalto posterior a Europa vía España. Y precisamente no son pocas las voces femeninas que reclaman atención como la de esta mexicana que se suma a sus exitosas compatriotas Natalia Lafourcade y Julieta Venegas.

A principios de noviembre ‘Amor supremo’ de Carla Morrison fue puntuado con un 8 sobre 10 en Pitchfork y coincido plenamente con su valoración. Estamos ante una artista desmesurada, un volcán de pasión amorosa que ahora que tanto se está hablando de Santa Teresa de Jesús a raíz del quinto centenario de su nacimiento puede servirnos de banda sonora para acompañar lecturas de la poeta santa.

Morrison parece no estar de acuerdo con aquello del ‘menos es más’. Ella, claramente influenciada por el barroquismo extremo de la cultura mexicana, parece una evolución 3.0 de las cantantes mexicanas de corridos cuyas letras de amor hiperbólicas son también la razón de ser de Morrison.

Su último disco es una superproducción que nada tiene que envidiar al último trabajo de Florence Welch –definitivamente la artista pop femenina más influyente de lo que llevamos de siglo- y, sin renunciar a sus señas de identidad culturales, ofrece un despliegue musical (y vocal) de grandioso pop contemporáneo, sedoso e insinuante.

Tras escuchar las cuitas de Carla Morrison, Lana del Rey te parecerá una pánfila.

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