lunes, octubre 21, 2019

Crónica 13.ª edición del festival Beefeater In-Edit de cine documental y musical

Reportajes Crónica 13.ª edición del festival Beefeater In-Edit de cine documental y musical

Cincuenta y dos documentales repartidos a lo largo de diez días en tres salas, 35.000 espectadores, emisiones radiofónicas, encuentros profesionales, clases magistrales, fiestas nocturnas en la sala Sidecar, sesiones matinales con vermut, gintónic y feria discográfica, performances, 75 % de los filmes disponibles online… El Beefeater In-Edit, en su decimotercera edición en la Ciutat Comtal y con unos números de vértigo no sólo se ha convertido en referente para los cinelómanos o melófilos, sino en un polo de atracción y centro neurálgico donde ideas y proyectos están en constante ebullición. Y en expansión, pues, aparte de las ediciones internacionales, simultáneamente se celebraron proyecciones y actividades en Bilbao y Madrid, y una semana después en Valencia.

La medida del éxito del In-Edit viene dada por la respuesta del público: esos 35.000 espectadores que mencionaba más arriba. Rara era la sesión en la que la cola se extendía por Aribau o Gran Via, y llegar con el tiempo justo implica buscar una butaca demasiado lejos, demasiado cerca o muy escorada. La relación entre el festival y el público va más allá de la mera y fría aceptación, sino que ha devenido prácticamente en un idilio, una historia de amor que brilla y reconforta a rebufo del veranillo de san Martín. Un idilio que también se puede extender a las entidades colaboradoras, salas, bares y una ciudad a la que el festival agradece su apoyo con multitud de actos gratuitos abiertos al público general.

Este año, por ejemplo, se han inaugurado las matinales del domingo: proyecciones gratuitas en la sala grande (sala 5 de los Multicines Aribau) con degustación y feria discográfica; la película proyectada en la segunda sesión, Rumba 3. De ida y vuelta, resultó galardonada con el premio del jurado al mejor documental nacional y el premio del público, mientras que la primera sesión fue un rendido homenaje al sello barcelonés B-Core Records y a su fundador, Jordi Llansamà: Soroll de tot cor. 25 anys de B-Core. Un cándido y emotivo documento dedicado a una iniciativa nacida del cariño y la pasión. A lo largo de la cinta desfilan algunos de los artistas destacados publicados por el sello (The New Raemon, Standstill en su época hardcore, Nueva Vulcano…) que sólo tienen palabras amables para Llansamà. El documental también recoge la atmósfera de los conciertos de celebración del aniversario de B-Core, celebrado el pasado mes de abril en diferentes salas de la ciudad. Un documental que cumple su objetivo con efectividad: documentar los inicios, la evolución y el momento actual, pasando un poco de puntillas sobre la crisis de la industria discográfica. Sin alharacas y con un puntito de indulgencia que, dadas las circunstancias, se puede pasar por alto.

Ya que hemos mencionado la cinta ganadora al mejor documental nacional, The Ecstasy of Wilko Johnson, de Julien Temple, y Orion: The Man Who Would be King, de Jeanie Finlay, se llevaron ex aequo el premio del jurado al mejor documental internacional. La primera cinta es un canto a la vida y a la vitalidad del exmiembro de Dr. Feelgood, a quien le diagnosticaron un cáncer de páncreas que, según los médicos, lo tenía que haber llevado al camposanto hace tres años. Y, ya que se tiene que morir, dice Johnson, “por lo menos que no me aburra”. Orion sigue las andanzas de un cantante anónimo enmascarado que, dos años tras la muerte de Elvis Presley, lo sustituye en los más diversos escenarios estadounidenses. Retrata un submundo donde la falta de escrúpulos y las fantasías de los fans configuran el arquetipo de juguete roto y vacío.

Del director homenajeado este año, el británico Tony Palmer, tuvimos la ocasión de ver tres de sus documentales: el episodio 17.º (dedicado a The Beatles) de All You Need Is Love, serie impulsada por John Lennon y creada para la BBC sobre la historia de la música popular; Bird on a Wire, el diario de la gira de 1972 de Leonard Cohen, y Ginger Baker in Africa, la crónica de la travesía por el desierto (más literal que metafórica) de Ginger Baker, exbatería de Cream, hacia Lagos con la idea montar un estudio de grabación y empaparse de la escena musical nigeriana. El director presentó cada uno de los documentales (y evitó las posteriores sesiones de preguntas) contando profusas y jugosas anécdotas de los protagonistas de los documentales, amén de secretos de las grabaciones. A pesar de la influencia que Tony Palmer ha ejercido históricamente en el medio audiovisual, el paso del tiempo ha dejado estas cintas muy, muy desfasadas; no tanto en el aspecto técnico (que también, pero eso es ley de evolución tecnológica) como en el narrativo. Los tempos son diferentes, qué duda cabe, pero aun así estos encargos (pues no dejaron de ser encargos, financiados por Lennon, Baker y el mánager de Cohen) adolecen de cierta mitomanía que se recrea de la figura en detrimento del análisis y la narrativa. En apenas dos frases se puede resumir todo el contenido de las cintas. La que mejor aguanta, sin lugar a dudas, es Bird on a Wire, en la que Palmer tuvo las manos libres en todo momento; lástima que, en el proceso de aprobación por parte de Cohen, las cintas se perdiesen. Sólo por una afortunada coincidencia, el material extraviado volvió, hace apenas unos años, a manos del director, que pudo restaurar parte del metraje y conseguir montar el documental. La cámara acompaña a Cohen en todo momento, con lo que el ojo de Palmer puede captar y plasmar momentos en los que el canadiense se relaja y se revela como un poeta metido a músico para poder ganar lo que la poesía no le da; una figura que se labra una imagen enigmática pero, a la vez, disfruta flirteando con las fans; un ídolo que se harta de las giras y decide, allá en 1972, que aquel iba a ser el último tour de la carrera; un artista que ahonda en la fragilidad del alma y que, al mismo tiempo, explora todas las facetas de la sensualidad. Cohen sigue siendo, a día de hoy, un artista que proyecta un aura de distanciamiento, pero Palmer lo acerca al plano humano mostrando, como colofón del film, las lágrimas que le ruedan por la mejilla al interpretar Bird on a Wire en Jerusalén al final de la gira, extenuado, en un concierto que había parado a mitad de actuación y que acabó gracias a la insistencia del público. Y, a pesar de la aparente transparencia de la cinta, tal como el propio Palmer afirma, Bird on a Wire contiene la lectura política que es innata al hecho de rodar, montar y narrar esta misma historia.

El episodio de All You Need is Love es un collage de imágenes a mayor gloria de los Fab Four grabado poco tiempo después de su separación. Complaciente, parcial e inofensiva, elude etapas tanto brillantes como oscuras del grupo. Pero, por lo menos, hay un deseo de contar algo. Ginger Baker in Africa, al contrario, es una tediosa road tripi movie (se nota que Ginger Baker está colocado todo el rato) que cuenta cómo el equipo de Baker Palmer cruzaron el Sáhara en jeep, se perdieron, los rescataron los tuaregs, llegaron a Lagos, Baker hizo largas (larguísimas, larguíiiiiismias) jam sessions, se fueron a ver a Fela Kuti, cogieron el jeep de vuelta y Baker se decidió a declamar toda la historia puesto de caballo hasta las cejas. Todo muy setentero y muy psicodélico.

En las antípodas del documental a medida se encuentra They Will Have to Kill Us First: Malian Music in Exile, de Johanna Schwartz, un proyecto financiado por crowdfunding que sigue la vida cotidiana de varios músicos del norte del país abocados al exilio (en la capital, Bamako, y en la vecina Burkina Faso) huyendo de la sharia impuesta por el ISIS en la región de Azawad. Scharwtz conoció a los miembros de  Songhoy Blues cuando estos trabaron amistad en el campo de refugiados y estaban empezando a montar el grupo, y documenta de primera mano cómo el proyecto de Damon AlbarnBrian Eno, Africa Express, se fija en ellos cuando recala en Bamako, cómo graban su primer disco y obtienen el reconocimiento mundial. Sin embargo, los testimonios a corazón abierto de artistas de estilos menos occidentalizados, como Disco, Jaira Moussa, son igual de conmovedores e impactantes: las dudas, el miedo, la generosidad y la determinación de desafiar la prohibición que desemboca en la celebración de un festival gratuito en Tombuctú, aun a riesgo de su vida, hacen de este documento uno de los más conmovedores del festival.

Emocionante podía haber sido también The Possibilites Are Endless, de James Hall y Edward Lovelace, pero el tono pretencioso a lo Terrence Malick de la primera media hora juega en su contra. El uso inadecuado de las metáforas audiovisuales no consigue (por excesivas) el objetivo de intentar evocar en el espectador los sentimientos de Edwyn Collins tras el derrame y la frustración que lo oprimía durante la rehabilitación; peor aún, este prólogo expulsa al público de la película y le exige reengancharse más adelante, cuando los testimonios de Collins y de Grace Maxwell cuentan el proceso de recuperación, el miedo, la rabia, las dudas. CollinsMaxwell no son complacientes, pero aun cuando rememoran los momentos más difíciles se percibe la ternura y el tesón de ambos. Con un poco menos de pose arty y algo más de dinamismo, el resultado habría sido estupendo. Como estupendo fue, eso sí, el showcase acústico que Edwyn Collins y su hijo William ofrecieron tras la proyección, un breve set de siete canciones que estableció la complicidad que el film no había conseguido. El carisma, la simpatía y el sentimiento de Collins cautivó al público que llenaba la sala Aribau 2, que obsequió al ex Orange Juice con una sentida ovación.

Otra de las películas que no dejó indiferente fue la biografía The Amazing Nina Simone, de Jeff L. Lieberman. La vida de Eunice Kathleen Waymon, cuyo afán de ser la primera pianista negra de música clásica se vio truncado por la segregación racial, se nos presenta firmemente asentada tras un serio trabajo de investigación; Lieberman entrevista a miembros de la banda que la acompañó a lo largo de varias décadas, entre ellos a su hermano, y no esquiva los claroscuros de Nina Simone: el carácter difícil de la diva, sus ideas radicales, su simpatía por los Panteras Negras, los problemas psicológicos, la depresión y los reveses sentimentales. Lieberman evita en todo momento la condescendencia y tampoco cae en el recurso fácil de la sordidez; The Amazing Nina Simone es sobrio, sin altibajos y muy bien compensado. En el transfondo, como gran arco argumental que trasciende la vida de Nina Simone, subyace la lucha por la igualdad, y si este documental tuviese una canción que lo simbolizase no sería la archiconocida My Baby Just Cares for Me, sino la rabiosa y visceral Mississippi Goddam.

Cambio de registro. 808 The Movie, de Alexander Dunn, analiza el impacto de la mítica primera caja de ritmos comercializada masivamente, la Roland T808. Su característico sonido (de batería fake) definió la música de los ochenta y fue pieza clave para la génesis y la consolidación de unos cuantos géneros musicales, casi todos relacionados con la electrónica, el dance y el hip hop. “El instrumento más importante de la música popular después de la guitarra eléctrica”, se llega a decir, y razón no les falta. 808 The Movie es un documental dinámico, desenfadado, con una desarrollo cronológico bien definido que pone el énfasis en los hitos más importantes de cada momento (desde el Sexual Healing de Marvin Gaye y el Planet Rock de Afrika Bambaataa al house de Detroit y el Miami Sound pasando por los Beastie Boys y Phil Collins), sin perderse en vericuetos, para dar así mayor protagonismo al T808 y a la evolución de los géneros. En algún momento peca de histriónico y de abusar de los efectos especiales, pero como material pedagógico resulta un documental intachable.

Si hablamos de sonidos revolucionarios, sin lugar a dudas la escena berlinesa de los ochenta fue crucial: fuente de inspiración para las obras maestras de David BowieLou Reed, lugar de encuentro entre Nick Cave Blixa Bargeld, punto neurálgico del movimiento squatter, cuna del sonido industrial, del gótico, del trance; una ciudad siempre un paso más allá de la vanguardia, cuya historia, trascendencia e importancia geopolítica durante la guerra fría generaba unas tensiones que, necesariamente, se permeaban en las artes. En B-Movie: Lust & Sound in West-Berlin 1979-1989, de Jörg A. Hoppe, Heiko Lange y Klaus Maeck, se intenta retratar el espíritu libertario, fascinante y a la vez decadente, de una ciudad vital a través de los ojos de Mark Reeder, mancuniano que decidió dejar su trabajo en la Virgin Store de su ciudad natal para conocer a sus ídolos Tangerine Dream y explorar la escena berlinesa, y acabó convertido en uno de sus agentes más activos. Seguimos sus pasos a través de la cultura squatter, saboreamos las noches de exceso del underground berlinés y somos testigos de encuentros, proyectos y momentos que pusieron en marcha multitud de dinámicas; algunas de ellas brillaron y se extinguieron como fuegos de artificio, pero otras influyeron decisivamente en la historia de la música. Sin embargo, B-Movie se recrea demasiado en las imágenes de archivo y en un montaje caótico, y abusa de un humor surrealista que difumina la diferencia entre documental y ficción de forma muy confusa. Uno se queda con la sensación de que sí, que vivir allí molaba mucho, pero que para comprender mejor la importancia de la escena berlinesa precaída del Muro más vale fiarse de una buena bibliografía.

Otro tanto se puede decir de Salad Days: A Decade of Punk in Washington, DC (1980-90), de Scott Crawford. La escena de la capital estadounidense creció a partir de una serie de factores propios: una ciudad cuyo mayor activo económico es la administración pública, una población joven y pobre, la discriminación racial y social omnipresente, y la eclosión del punk que le dio a la juventud capitalina una forma de expresar su rabia y sus ansias de libertad. Su influencia fue determinante para el nacimiento del hardcore, cuya evolución se retrata en Salad Days, así como los movimientos riot grrrl y grunge. Sin embargo, el documental se centra en la figura de Ian MacKaye, fundador de los grupos Teen Idle, Minor Threat Fugazi, así como del sello Dischord, e ideólogo del movimiento en la capital, en detrimento de otros grupos tan seminales como Bad Brains, o de movimientos que se mencionan apenas de pasada como el go-go. Así como MacKaye fue acusado de anquilosar un movimiento que, en su esencia, es dinamismo y reinvención, su omnipresencia en Salad Days acaba lastrando un documental que no sabe rematar los hilos abiertos.

Otro grupo pionero, producto de la eclosión del punk fueron The Jam. The Jam: About The Young Idea, de Bob Smeaton, y a petición de Paul Weller, cede el protagonismo a los fans de la banda, sin olvidarse de la historia de la formación. Es honesto en su planteamiento: entrevistan a fans (entre ellos, Martin Freeman) que cuentan cómo y por qué The Jam fueron el grupo de su vida y en qué aspecto los marcó. Smeaton evita la hagiografía (también es cierto que la actitud escéptica de Weller respecto al éxito y al estrellato ayuda mucho) y enhebra muy bien la historia de la banda, con imágenes de archivo y grabaciones caseras, con las entrevistas a Weller, Rick Buckler, Bruce Foxton y los fans. Para estos, About the Young Idea será el documental que colmará el ansia de saber y la mitomanía; sin embargo, adolece de cierta linealidad y falta de emotividad que deja un buen sabor de boca pero nada más.

Algunos de estos documentales, así como otros que se nos escaparon para esta crónica, aún están disponibles en la plataforma In-Edit.tv. Os animo a consultar su catálogo y a disfrutar, el año que viene, de la 14.ª edición del festival.