Palabras del Mañana – Beyoncé Knowles

BEYONCÉ

Carta enviada por: Beyoncé Knowles.

Remite: Algún lugar de Texas, s/n.

Año: 2044.

Hay ocasiones en las que mirar atrás supone no pedir perdón. No a nadie en especial, sino a la trayectoria personal de cada uno. Nadie conoce el éxito sin conocer su fracaso. Las ambiciones de una mujer engreída no son más que el billete a su destrucción. Y yo era una escultura de ébano con un alma quebradiza diseñada para engullir éxito y escupir fracasos.

Allá por el 2014 me encontraba en la cima de mi carrera. El mundo temblaba al ritmo de mis caderas y la Superbowl se rendía a mis pies. Tenía mucho dinero, poder y un rapero dispuesto a entablar una guerra callejera en mi nombre. Mi propio perfume, mi línea de ropa y no se olviden de mi jet y de mi asiento a pie de cancha en el Staples. Me recogía cada noche una limusina blanca que me trasladaba a las fiestas más decadentes de cada ciudad que visitaba. Saint Tropez, Ibiza, Miami, Nueva York… Las drogas eran tan puras y las experiencias tan vacías… No era suficiente. Quería más, mucho más.

No me costaba mucho seducir a los viejos verdes de las discográficas y las televisiones para vetar a toda aquella que osara perturbarme lo más mínimo. Controlaba las vidas de las principales cabezas de cartel de América. Me odiaban y yo disfrutaba por ello.

El dinero se convirtió en mi gobernador. Dirigía cada pensamiento y cada acción de mi vida. Miraba en las listas de ventas y la semana que me destronaban del #1 del Billboard solía celebrarlo con una semana de evasión en Acapulco. Mejor no preguntar por lo que allí sucedía. A pesar de todo, cuando dormía la siesta en México me despertaba con varios miles de dólares más en mi cuenta suiza. En algún lugar alguien compraba mi disco y soñaba con ser como yo. Pobre ilusa. Seguía sin ser suficiente.

Una pléyade de petardas reclamaban mi cetro divino. Shakira, Rihanna, Lady Gaga o la escuálida Miley Cyrus estaban por todas partes y me resistía a creer que su vulgaridad me desplazase de mi nueva posición. No había salido del barrio para perder la apuesta con semejantes adversarias. Sin saber muy bien por qué y tras varios años de soberbia complacencia comenzaron a precipitarse un fracaso comercial tras otro. Una oleada de música comprometida me desplazó súbitamente de las listas. La gente clamaba en la calle y bailaba al son de incendiarias canciones de revolución social.

Una pelea en el programa de Oprah con Rihanna me sirvió para que me demonizase una generación entera de moralistas sin remedio. A Rihanna le valió para ser considerada un mito erótico y un ejemplo de mujer combativa y moderna. La gente me insultaba por la calle. No entendía absolutamente nada. Rihanna tenía más dinero que yo pero todo el mundo me llamaba puta y ambiciosa. Todo en la misma frase, como un lazo al cuello inseparable de mi cuerpo.

Me refugié en casa con mi marido y mi dinero. Las fiestas se hicieron más frecuentes y los ingresos menguaron durante una época hasta que Jay dio en el clavo con un disco de Old School. Para aquel entonces, nuestros egos se mantenían en una lucha continúa y sospechaba que se veía con una corista blanca. Mi situación conyugal me obsequió una gran inseguridad y decidí saltar al mundo de las finanzas para evitar que ninguna muerta de hambre me restase poder, al menos financiero. Jay me presentó a un capullo de Wall Street y me sumergió en el mundo de los derivados financieros y diversas estafas bancarias libres de regulación.

Disfrutaba amasando dinero aunque conocía sobradamente su procedencia poco ética. Jay seguía medio liado con una blanquita que maltrataba penosamente el nuevo folk. Fue entonces cuando me lié con mi jardinero latino sin papeles. Resultaba curioso como podía esquilmar los fondos de pensiones públicos a través de mis inversiones y a su vez invertir mi futuro en un hombre sin recursos dependiente de esos mismos fondos.

Estaba fuera de mi misma y la dominación me gustaba tanto o más que el dinero. Todo era muy confuso y el alcohol empezó a dictar sus propias reglas sexuales. La pasión lo inundó todo y Jay notaba un inusual peso en su frente. Una noche se nos fue la mano con la droga, el tiempo se evaporó y Jay llegó justo cuando mi amigo Rodrigo se encontraba en pleno éxtasis. Recuerdo su cara y cómo se marchó de la habitación. Un final amargo.

El divorcio arruinó mi reputación y me convertí sin quererlo en un paria social. Jay se llevó mi dinero y Rodrigo aireó mis miserias de plató en plató. Perdí a mis patrocinadores. Malvendí la casa y mis firmas de ropa. Apenas sirvieron para pagar las costas del juicio perdido y a mi avaricioso abogado. El poder de Jay en la industria musical y mis viejas rencillas con casi todo el mundillo me vetaron la fama.

Unos cuantos bolos en bares de mala muerte y un sinfín de pellizcos en el culo después abandoné mi carrera. Recibí una oferta deshonesta de un casino de Las Vegas pero aún conservaba cierta dignidad. La niña se empeñó en quedarse con su padre. Sólo me quedaban las acciones o eso pensaba yo. Jay se encargó de tentar a mi bróker con mucha pasta para que jugara a perder con mis inversiones.

Dos años después me encontraba en el mugriento barrio de Houston de donde había salido cegada por la fama. Todo era al revés. Ahora era yo a la que despreciaban y de la que se reían por su mala suerte. Pasé varios años liada con diversos tipejos de baja calaña hasta que se me quedaron pequeños los principales barrios de la ciudad. Decidí cambiar de vida mientras escuchaba a un pastor protestante. Seguía sin blanca. Vendí mi último BMW para pagar a mi casero y a un dealer furioso. Busqué un curro honrado pero apestoso. Las jornadas limpiando hamburgueserías se me hacían eternas. En ocasiones, algún locutor despistado pinchaba alguno de mis viejos éxitos y no podía evitar llorar por aquellos tiempos.

No obstante, me recompuse y conocí a un encargado del Pollo’s Away, un local de gastronomía mexicana. Era un gran admirador de mi carrera musical y me hacía sentir como la diva que no era. Ya no sentía ningún odio ni fuerzas para mantener mis antiguas ambiciones.

Acordamos montar una rancho con animales donde plantamos varias hectáreas de una Sátiva exquisita que hacía volar a turistas y lugareños. Alejados del mundo envejecimos hasta que la sabia naturaleza nos ha ido retirando del camino. Ésta ha sido mi historia hasta que ustedes me han encontrado arremolinada en torno a mi vieja pipa. Lo que he deseado expresar a los lectores de Crazyminds en esta carta es que me siento satisfecha por haber escapado del éxito para vivir dignamente en paz con mi espíritu.

 

*El texto anterior se trata de un relato de ficción cuyo contenido no tiene por qué tener parecido alguno con la realidad… Simplemente, nos imaginamos un futuro inventado para artistas de actualidad, pero no pretendemos jugar a adivinos ni intentar adelantar lo que va a suceder en la vida del artista en cuestión. Sólo ficción, amigos… Próximamente, nuevas entregas de “Palabras del Mañana”

 

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