London Calling: Reescribiendo un final para Edwyn Collins

Puede que a alguno se le haya olvidado a estas alturas, pero detrás de cada fantasía pop se esconde algo tan profano como un ser de carne y hueso con sus penas y alegrías. Nadie lo diría, claro, a tenor por lo visto y oído a diario en las revistas del ramo. Acostumbrados como estamos a seguirle la corriente a las estrellas de turno, no es de extrañar que estas al final terminen por creerse su papel a pies juntillas cual personaje unamuniano revelándose contra su autor. No hay tragedia sin héroe ni drama sin santo.

Escribo esto tras ver 20000 Days On Earth, la película dedicada a la figura de Nick Cave. El australiano, versado desde siempre en las artes teatrales, hace tiempo que se convirtió en una máscara, un personaje de película al servicio de sus canciones. Con él Cave se permite el lujo de viajar a donde un un hombre con los pies en la tierra sería incapaz de llegar. También, dicho de paso, cultivar un ego que, aunque con el beneplácito de la crítica, puede llegar a atragantarse en grandes dosis. Soy de los que piensa que la obra del artista gana cuando más vulnerable se muestra. Discos como The Good Son o The Boatman’s Call figuran entre mis favoritos. No obstante, la prensa oficial siempre prefirió al Cave más sangriento y morboso.

Su retrato de esa América tétrica, agarrada a una cruz con una mano y a un revólver con la otra, remite a la literatura de Faulkner o al Fausto de Goethe, sin duda. O al menos eso asegura el tópico. Cave, lejos de disipar las dudas, sigue el guión, no vaya a ser que el público vea el truco, la trampilla que se esconde tras la caja de madera y que sirve al mago para salir indemne tras la función. En 20000 Days On Earth el músico se pavonea por ese lugar tan pedante situado a mitad de camino entre la ficción y la realidad. Es decir, con la suficiente personalidad como para crear algo tan cotizado en nuestros días como un universo artístico propio, pero sin perder la autenticidad del hombre de a pie que acude a terapia cada semana y lleva a sus hijos al colegio.

Por suerte para algunos, no todo en el rock son celebraciones del yo. Al salir de la bacanal firmada por Cave me encuentro con el cartel de The Possibilities Are Endless, una película de aspecto modesto, de la que sólo unos cuantos habrán oído, pero que promete enjuagar algunas verdades. Para los que no lo sepan, la cinta está dedicada a la figura de Edwyn Collins, veterano músico escocés conocido tanto por su producción en solitario como por liderar a los refrescantes Orange Juice a comienzos de los ochenta. Un tipo que vivió épocas más brillantes en lo musical, pero que, como aquel que a estas alturas de la vida no conoce otro oficio, ha seguido ejerciendo en noble arte de la canción hasta nuestros días. Sólo eso merecería ya algo más que un par de párrafos en la web de Allmusic.

No obstante, en los últimos años Collins ha sido noticia por razones más allá de lo estrictamente musical. En 2005 el escocés sufría dos hemorragias cerebrales dejándole casi sin habla y con problemas de movilidad en la parte derecha de su cuerpo. Triste condena para alguien que se gana el pan con su voz y su habilidad con las seis cuerdas. El músico encapsulado en un cuerpo que no controla, condenado a entenderse con unas cuerdas vocales que no responden a sus impulsos. Aquellos primeros meses debieron ser jodidos. Collins, sin embargo, dio una patada en el culo a los que le daban por acabado. Con un disco grabado meses antes de su paso por el hospital, el músico decidió seguir adelante y publicar en 2007 aquellas canciones bajo el título de Home Again.

La cosa no acaba aquí. A pesar de los diagnósticos más pesimistas, Collins volvería a los escenarios, con esa silueta quebrada fruto de la enfermedad, torciendo los labios, lidiando con un cuerpo agarrotado por un cerebro todavía sin cicatrizar del todo. En 2008 el artista aparecía en Glastonbury, primer paso en la recuperación de una figura que, a pesar de la tragedia, luce sincera, sin revanchismos. Después llegarían las giras por Europa, el calor de un público que entendía que, aunque hace tiempo que Collins dejó de ser aquel compositor capaz de mezclar la alquimia del mejor pop británico con la tradición del soul estilo Motown, su hilo de voz todavía albergaba un puñado de verdades. Puede que el escocés haya tenido que volver a aprender a hablar, a leer, que aquella cabeza con escaso pelo ya no responda como antes a los deseos de su dueño, que le cueste un triunfo conectar las palabras, las frases; pero, ay, cuando Collins coge un micrófono hay algo de ese instinto, de esa parte del cerebro que no necesita de la memoria y el raciocinio, capaz de calentar cualquier alma.

Basta echar un vistazo a Home Again para darse cuenta. El documental estrenado por la BBC (puede verse aquí) en 2008 muestra aquellos primeros meses de lucha, el regreso al estudio de Collins por primera vez tras su hemorragia, el reencuentro con una banda que entiende que ya nada volverá a ser lo mismo. Por suerte. En un momento del documental el director pone el dedo en llaga al preguntar al músico si echa de menos algo de su vida antes de la enfermedad. Collins, aparta la mirada, traga saliva y responde que “nada en absoluto”. No, no se trata de figurar como el héroe de la historia, ni siquiera de ofrecer un consuelo al espectador. Collins es sincero porque sabe que nada tiene que reclamar, que, a pesar de los baches, sigue teniendo motivos para sonreír. Basta verle ese primer día en el estudio cantando de nuevo A Girl Like You, aquel éxito que le valió una fama discreta a mediados de los noventa. Collins falla la mitad de la notas, sufre con cada giro de la melodía y, sin embargo, luce contento de volver a cantar. Acaso una de esas pocas cosas que ni siquiera una cita frustrada con la parca pueden borrar.

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