Zahara en Valencia presentando La Pareja Tóxica, con más rabia, con más fuerza, con más vida.

ZAHARA

Fecha: 25 de Noviembre de 2011

Lugar: Sala Wah Wah (Valencia)

El pasado viernes 25 de noviembre, Zahara visitó Valencia después de demasiado tiempo sin hacerlo, así que éramos muchos los que la esperábamos expectantes. Venía a presentar su último trabajo, La pareja tóxica,  después de haberlo hecho ya en Sevilla y Granada y el día antes de hacerlo en Barcelona. Después de una larga espera (luego volveré sobre esto, ahora vamos a hablar de cómo lo hizo nuestra querida “Z”), por fin el concierto empezó y apareció ahí, igual que siempre, pequeñita, adorable, sonriente. También mucho más rubia y envuelta en la bandera de Estados Unidos, mientras sonaba de fondo la famosa América de Nino Bravo. Y, claro está, el concierto empezó con una magistral interpretación de Leñador y la mujer América, canción que apunta a convertirse en el himno del disco que nos presentaba. De hecho, según ella confesó en su twitter, se había vestido de leñador (camisa de cuadros, vaqueros y botitas negras). Ató la bandera al micro y, sin tregua, calmó los ánimos cantando El Universo, también de La pareja tóxica, mucho más íntima, mucho más sentida, mucho más dulce.

Y, al acabar con El Universo, llegó el momento de saludar, de querer un poco al público… y de que alguien empezara a gritarle que era su cumpleaños y que le cantara “el cumpleaños feliz”. Ella, sonriente, le dijo que mejor más adelante, que cada cosa a su tiempo. Hay que decir desde ya que la cumpleañera no paró de exigir su canción en cada ronda de aplausos, llegando a resultar un tanto cargante, pero no consiguiendo que Zahara perdiera la sonrisa, ni que le cantara (no, al final no se lo cantó, ni antes ni después, para alivio de muchos). Y es que puede que la Zahara que vino a Valencia la última vez hubiera cantado para un cumpleaños inmediatamente, puede que viniera con más ganas de jugar y con más ganas de saltar, ponerse pelucas y gafas, tirar confetis, etc., pero la Zahara de La pareja tóxica parece haberse hecho un poquito más mayor. No menos “fabulosa”, pero sí más serena, más calmada, más rockera, más madura y mucho más centrada. Creo que no habría habido nadie capaz de sacarla de sus canciones, de su música, de su excelente trabajo sobre el escenario. Tanto fue así que me imagino que la pobre no notó que un altavoz freía y nos tenía bastante ensordecidos a los del sector izquierdo del escenario, donde entre los gritos de la gente (muchísima, por cierto, no recuerdo haber visto la Wah Wah tan llena antes) y el fallo de sonido se hacía tirando a difícil escuchar la dulce voz que nos había llevado hasta ahí.

Después de esta pequeña intro de dos canciones, Zahara y sus chicos volvieron a la carga y nos deslumbraron con su vitalidad y su energía. Hasta cuando repasaron la primera del anterior trabajo, que fue En la habitación, se podía notar el cambio de tono, en la propia Zahara, pero también en los arreglos musicales, que también sonaban mucho más rockeros y potentes. A todo esto le siguió un movimiento a lo largo del disco nuevo, parándose en los temas La mujer mayúscula y el mar, El lugar donde viene a morir el amor, El caso de emergencia, Del invierno y la preciosa General Sherman y cómo Sam Bell volvió de la luna, precedida por un entrañable relato de los porqués de la canción, de cómo ella y Sergio compusieron canciones paralelas, sin saberlo, sobre personajes que vivían historias paralelas, y cómo confluyeron en esta magnífica canción con dos protagonistas, uno creado por Sergio, otro por Zahara.

El momento más emotivo de la noche puede que fuera cuando la bellísima nos confesó que allí estaban, “como siempre que pueden” sus padres, e introdujo la intimísima Camino, dedicándola a sus padres y a toda su familia. En esta canción, tan dulce, tan bella e interpretada con tantísimo sentimiento, fue donde más molestó el altavoz maldito de la zona izquierda. Pero, aun así, Zahara estuvo tan sublime como cabía esperar. Y siguieron dos canciones más del disco que presentaba, Adiós y Mariposas, para llegar hasta una divertidísima versión de John Travolta con You are the one that I want, donde Zahara derrochó sensualidad bailando con su guitarra, ondeando, siendo toda ella música.

Sin parar ni para respirar, enlazó a ese rubio y femenino Travolta que acabábamos de conocer con la Zahara de siempre, cantándonos Merezco, la canción que tal vez la hiciera saltar a la fama, pero con la rabia de la Zahara de ahora, con la nueva versión de sí misma, con esa lección de cómo reinventarse y mejorar todavía más lo que parecía imposible de mejorar. Y, siguiendo en esta línea, llegaron las dos últimas canciones del concierto, Camino a L.A., una obra maestra de las canciones de desprecio y dolor, y tal vez la que, en mi opinión, mejor sintetice quién es esta nueva Zahara que llega dispuesta a todo. Si no hubiera sido por el altavoz friendo habría sido hasta mágico, pero de nuevo su voz, callada, más grave que nunca, no se pudo apreciar en todo su esplendor. Inmediatamente después llegó Funeral, otra revisión de uno de sus grandes éxitos, y ahí sí que no hubo altavoz que impidiera escuchar la fuerza con la que Zahara cantó una canción tan desgarradora como cotidiana.

Llegó la despedida, y con ello los gritos por parte del público, los bises previstos (señores de la sala: intenten la próxima vez poner la ‘tracklist’ un poquito más camuflada, porque perder el factor sorpresa no tiene mucha gracia). Salió a cantarnos su brillante Frágiles y, ahora sí que sí, se despidió, volviendo a desempolvar un gran éxito, Tú me llevas, en un derroche de rock que nos dejó bien claro, por si entonces quedaba alguien que lo dudara, que Zahara, en el caso de que alguna vez lo hubiera sido, ya no es en absoluto ingenua, que su dulzura escondía una gran fuerza y que ahora está dispuesta a derrocharla allá por donde pase.

La verdadera lástima de todo este concierto fue la organización, ya lo había anunciado al empezar. Tres cuartos de hora de retraso en la apertura de puertas sin ninguna explicación y con Zahara ya dentro porque todos la habíamos visto entrar. Parece ser que no funcionaba bien el lector de código de barras de las entradas, o eso parecía. Pero resulta que cuando entramos nos tocó esperar media hora más mientras acababan de preparar el escenario. ¿Qué pasó? ¿No había nadie preparándolo todo para que, al menos, cuando entráramos, pudiera empezar de inmediato? Resultado: más tiempo esperando que en el concierto. Y además aquel altavoz que freía y nadie que quisiera hacer algo para que dejara de hacerlo. Bastante desgana en la sala en contraste con una Zahara con muchas muchas ganas de trabajar y de compartir con su público. Y es una lástima, porque la Wah Wah antes era garantía de calidad, pero ahora está bajando escalones a marchas forzadas. En este caso, Zahara se entregó tanto que llegó a compensar, pero me pregunto lo arrollador que podría haber sido este mismo concierto en una sala que también hubiera tenido ganas de trabajar y de darlo todo. Una pena de sabor agridulce para un concierto que podría haber sido más que perfecto.

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