SOLARIS (1961), de Stanislaw Lem

SOLARIS (1961), de Stanislaw LemEditorial: Impedimenta (Primera traducción del polaco al español y con prólogo de Jesús Palacios)

El ocaso terrestre está sobrevalorado.

Esto, que parece una boutade más (y seguramente lo sea), es una de la primeras ideas que  asaltan al lector de Solaris. Pero, claro está, ¿qué otra cosa pensar cuando descubrimos que en algún lugar del universo hay un planeta donde crepúsculos rojos y azules se alternan sobre un océano del que brotan gigantescas y orgánicas, e inconcebiblemente intrincadas estructuras efímeras? Sin ir más lejos, imaginemos la visión de un bebé humano del tamaño de un trasatlántico. Y aún esto, les digo, queda solamente como una de las más sencillas recreaciones de ese piélago extraterrestre. Apenas si conforma el decorado más general, la escenografía más burda, la bambalina más grosera. ¿Qué opinarían, además, de la posibilidad de que ese océano respondiese a estímulos, de que demostrase iniciativa; de que fuese, en definitiva, una formidable y solitaria forma de vida? Un ser consciente, una inteligencia abrumadora, una gran (y hasta cierto punto confiada e ingenua) “mente autista”…  Porque eso es en realidad Solaris (el nombre, cabe decir, del planeta en el que habita ser semejante), un gran enigma sobre lo que aquello es.

Son muchas las cuestiones que quiso transmitirnos el polaco Stanislaw Lem (seguramente el principal autor de ciencia-ficción europeo) partiendo de esta base ficticia: la arrogancia del hombre como explorador-conquistador (ahora interplanetario, cuando una vez lo fue en el pequeño marco de nuestros continentes), su vanidoso antropocentrismo, los límites en su capacidad de comprensión, la fragilidad espiritual de su humanismo… Sólo el esbozo de algunos de esos temas ya da una idea de la complejidad que alcanza la novela (lo que puede suponer un hándicap para algunos lectores que esperarán la clásica novela de entretenimiento). Pensemos simplemente en que la gran mayoría de ellos vienen introducidos de manos de un narrador-protagonista que nos ofrece su particular revisión de lo que es la historia de los estudios “solarísticos” en numerosos pasajes enciclopédicos. Hablamos aquí de algo más que de una ciencia, porque estamos prácticamente ante una rama del conocimiento en sí misma (una filosofía, un culto), de la que el autor  se sirve para transmitirnos (y de esa manera la ficción no actúa sino como un pretexto; como una forma, quizá, en que burlar la censura comunista de la Polonia anterior a 1961, año de publicación de esta novela) su particular concepción de nuestro mundo; que ya advertimos, si algo enarbola en alto es la negra bandera del pesimismo.

No en vano estamos en Europa.

Decimos esto porque el humano del futuro (en un milenio, en una fecha concreta que no se nos ofrece, pero que se nos antoja muy lejana) se nos presenta paradójicamente como alguien muy próximo a la concepción que podríamos tener en la actualidad del Occidente en que vivimos. De ahí el carácter teorizante que por momentos adquiere esta obra.

Ahora bien, si hubiera una cuestión que por su apego a la trama tuviera que cobrar especial relevancia, sería la que se plantea del siguiente modo: si la consciencia, la inteligencia y la voluntad son rasgos compartidos tanto por el océano de Solaris como por nuestra especie, ¿qué es esa cosa diferencial que nos hace humanos? Y al lector medio puede que lo quede más remedio que decir que ello son los sentimientos, las relaciones humanas y también, muy probablemente, el rastro doloroso que algunas de aquellas dejaron en nuestra memoria. Quizá por ello la historia principal gravita sobre unos personajes aislados en una estación espacial destinada al estudio de ese lejano mundo que representa Solaris. Venido de la Tierra para dar cuenta de su errática conducta el psicólogo Kris Kelvin se unirá a una tripulación que, además de él, cuenta con un especialista en cibernética llamado Snaut y el excéntrico doctor Sartorius. El que debería ser el tercero, Gibarian, se ha suicidado en los días previos. Un estado de psicosis general invade a la dotación del observatorio, y pese a que el secretismo de los tripulantes en torno al asunto es máximo, Kris pronto descubre de qué se trata. Con el despertar de su segunda jornada en la estación, nuestro protagonista acoge la llegada de un “visitante” muy especial. No tardará en advertir que tanto Snaut como Gibarian sufren la compañía de seres similares de cuya presencia es responsable el enigmático océano.

A partir de aquí, prepárense para asistir a la reencarnación de los fantasmas interiores que esconde cada ser humano. Su presencia, añado, no esconde la menor licencia retórica. Y todo ello, como les decía al principio, sobre el trasfondo de un entorno increíblemente fascinante.

Ríanse ustedes de las puestas de sol ibicencas…

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7/10

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