La segunda juventud de Billy Idol

BILLY IDOL

Foto: Lionel Flusin

El rock, como la vida, y como la muerte, y entre otras muchas cosas, es un imán para los tópicos y los falsos clichés. Uno de ellos es que Billy Idol es un icono de los 80’s y vivió su esplendor creativo en esa colorista y entrañable década. Nadie va a negar aquí la grandeza de un disco como Rebel Yell o de muchos de sus hits de la época, pero para encontrar el álbum más rompedor que ha grabado este tipo no hace falta remontarse tanto, porque no lo grabó siendo un veinteañero, sino rozando los 50. Ese disco se llama Devil’s Playground, lo perpetró en 2005 y pasó bastante desapercibido. El topicazo de que Idol ya había dado lo mejor de sí mismo, de que estaba fuera de su época y de su cénit, contribuyó a marginarlo, como ha ocurrido con otras obras colosales de los últimos años, mención especial al Dominator, de WASP, idéntico caso al que nos ocupa. Y lo más sangrante de todo es que Idol se ha dejado llevar por esta fatalidad y, en lo que es uno de los errores más clamorosos que se recuerdan en el mundo de la música en los últimos años, ha decidido pasar olímpicamente de él en sus conciertos. Y sí en cambio reivindicar a la banda que lideró antes de enfrascarse en solitario, Generation X, con hasta cinco o seis canciones, dependiendo de la actuación. Un grupo tan solvente como convencional y poco memorable, añadiremos. La nostalgia de Idol es excesiva, definitivamente.

Claro que el capítulo de reproches termina aquí. El inglés, seamos justos, ofreció un concierto muy notable en La Riviera, en su primera visita a la capital. Y se palpaba la tensión y el ambiente en el público, dos mil asistentes expectantes por ver en acción al creador de White Wedding. Pasadas las nueve de la noche, irrumpió en escena y se confirmó la sospecha: Idol trasciende décadas y hojas del calendario, su actitud, físico, voz y punzante peinado parecen mantenidos en formol. Tal vez los 56 años mejor lucidos en la actualidad, y que sin duda nuestro protagonista no dudó en exhibir con orgullo y alevosía, con innumerables cambios de atuendo y exhibición de hercúleo torso. Pero lo que en otros artistas se queda en eso, en banalidad y frivolidad estecista, en Idol es simplemente la cúspide de una montaña de talento e integridad. El espectáculo arrancó con Ready Steady Go y Dancin’ With Myself, tal vez sus dos mejores canciones con su antigua banda, seguramente suficientes para recordar ese legado. Pronto se detectó sobre el escenario que uno de los componentes reinaría en la función, hasta casi amenazar con igualar el carisma de su jefe. Hablamos de Steve Stevens, naturalmente, con su demencial cardado y su virtuosismo con la guitarra. No es de extrañar que después de tantos años siga siendo el escudero más fiel y leal a Idol.

La actuación, que fue ligeramente de menos a más, no tuvo grandes altibajos, fue bastante regular y equilibrada. Uno de los momentos más hermosos de la velada, sin duda, fue la interpretación de Eyes Without A Face, quizá su composición intimista más inspirada, y que supuró mucha delicadeza y romanticismo, lució mucho en mitad de la tormenta ciberpunk. La también muy bella Sweet Sixteen, que la ejecutó en el tramo central del show, desprendió vibraciones parecidas. A destacar también su feroz acometida de Flesh For Fantasy, con el Idol más lascivo que se recuerda, acomodándose el micro en la entrepierna y provocando el delirio entre las fans más imaginativas de las primeras filas. Pero, sin duda, el punto álgido de esta inolvidable experiencia llegó al final, con una recta final matadora, con Rebel Yell, probablemente la mejor canción que ha compuesto en su vida, White Wedding, otro himno que apesta a inmortalidad, y Mony Mony, versión de Tommy James & The Shondells y canción que él escuchaba mientras perdió la virginidad, según confesó. La audiencia, ante este final tan apotéosico, salió de la sala encantada de que sus oídos y retinas también se hubieran estrenado con Idol. Y poco más por añadir. Simplemente, y pese a la improbable circunstancia de que esta reseña llegue a sus ojos, simplemente implorarte, estimado Idol, que recuperes el Devil’s Playground en tus set lists. Y que grabes nuevo disco pronto. Y que, por favor, no te mueras nunca.

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