Jon Spencer Blues Explosion: Tensión insatisfecha, generosidad mal correspondida

JON SPENCER BLUES EXPLOSION

Fecha: 17 de marzo del 2012

Lugar: Sala Bikini (Barcelona)

Si tuviese que valorar el concierto a partir de la respuesta del público, que llenaba prácticamente la sala, tendría que decir que fue insatisfactorio. Pero ¿acaso Jon Spencer, Judah Bauer y Russell Simins no se emplearon a fondo? Hay que reconocer que el contacto inicial fue distante, si lo comparamos con la parafernalia habitual de otros espectáculos de pop-rock. Pero la propuesta de Jon Spencer Blues Explosion no es esa, pero será que no sabemos agradecer la sinceridad de un trabajo bien hecho, que no echa mano de los manidos Bona nit, Barcelona, we’re happy to be in here ni de ademanes de cara a la galería.

Sí, así dicho parece que estemos hablando de unos obreros que vienen a desarrollar su labor: bueno, sí, pero eso no quiere decir que lo hagan sin emoción alguna, porque de eso derrochan; sólo hay que saber mirar un poco más allá de ese dirty shirt rock’n’roll tan sexual.

El sudor, como el sexo, no son sino el punto de partida de la propuesta de un músico inquieto, la base de la música popular que partió del blues, formó el rock’n’roll, y el punk intentó revitalizar cuando parecía morír de hastío. Jon Spencer Blues Explosion le da otra vuelta de tuerca al concepto de punk-rock, volviendo la vista a esa tradición que se abstraía de la mugre cantando sobre juergas, alcohol y sexo, pero a un nivel, tanto musical como artístico, alejado de la tosquedad habitual del punk. Sí, hay rabia, y camisas sudadas, y sexo; pero Jon Spencer, en una camino radicalmente opuesto a la tendencia folkie actual, y como buen licenciado en semiótica, se sumerge en las aguas en apariencia estancadas del rock, digiere, procesa y regurgita canciones que suenan más mundanas, urbanas, sucias; en definitiva, más reales. Andanadas rabiosas bajo la apariencia de rock de garage y lo-fi, que repasan el acervo de la cultura musical contemporánea en apenas un concierto. Sudorosos y acelerados: ese es el ritmo del rock hoy en día, y Jon Spencer Blues Explosion, como buenos obreros, se aplicaron a fondo para desgranar en apenas hora y media de furia eléctrica esa historia del rock; un espectáculo en que lo de menos era el repertorio, porque no había ni dios que le diese tiempo de identificar una canción antes de que la banda la trocease (perdón, la deconstruyese) y pasase a la siguiente.

Pero el público sigue estando acostumbrado a lo más clásico, al reconocimiento de los hits, que espera para devorar con fruición a esa comunión tan habitual en la liturgia rock. Si no, no se explica que, ante tal derroche de generosidad, la respuesta fuese cuanto menos tibia. Porque, por el resto, Spencer, Bauer y Simmins no pararon más que para recoger los aplausos antes del bis. Catarsis pura. Versos para la entrepierna y electricidad para poner en marcha el cerebro. Agotadores nada más que de verlos. Aquí y allá reconocimos Magical Colours, Sweat, 2 Kindsa Love, y nos quedamos con tres palmos de narices cuando empezamos a corear Bellbottoms, que no duró ni veinte segundos. ¿Y qué? La emoción venía empaquetada, y poco a poco la saboreamos desde el recuerdo.

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