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Jazzaldía: El soul de Alabama Shakes y Sharon Jones toma la delantera

ALABAMA SHAKES

A falta de jazz, una buena dosis de soul. Es lo que debieron pensar los donostiarras al acudir a la primera jornada del Jazzaldía. Si para algo sirvió la tarde del jueves es para comprobar que los festivales de jazz mantienen el apellido por pura tradición. Sí, claro, los aficionados del género tienen nombres de largo para disfrutar estos días en la ciudad, sin embargo, cada vez más, las citas consagradas a este viejo estilo son un cajón de sastre en el que caben desde rock hasta soul, pasando por el siempre socorrido blues.

 

Para más inri, los conciertos en San Sebastián coincidían este año por primera vez con la semana de Jazz en Vitoria. Un auténtico desastre para aficionados y prensa, que veían como se encontraban ante la obligación de elegir entre una de las dos ciudades vascas, a riesgo de errar. Por suerte, este jueves la cosa quedaba clara: los seguidores del jazz tenían su lugar en Gasteiz, mientras los amantes de las voces soul parecían abocados a encontrarse en la playa de Zurriola.

 

Difícil resistirse a un cartel que incluía a Alabama Shakes, Dayna Kurtz, The Excitements, Juan Zelada, Travellin’ Brothers Big Band y Sharon Jones. Los primeros venían casi con la obligación de confirmar lo que anunciaba su excelente primer disco. Al menos a medias, porque las noticias que nos llegaban del día anterior hablaban de un lleno absoluto en la Sala Sol madrileña y de un concierto sobresaliente, lo que aumentaba nuestras ganas de disfrutar del sándwich de soul y rock de la banda norteamericana.

 

Con un directo centrado en su única referencia, la expectación estaba en ver cómo se comportaba el quinteto de Alabama sobre el escenario. Especialmente su cantante Brittany Howard, ese portento de la naturaleza con pintas de chica del montón. Su voz negra, aterciopelada, se convierte en torrente en cuanto la banda camina sobre la senda del rock (Hold On), para al instante siguiente ponernos los pelos de punta con el soul más blando y rompecorazones (Boys&Girls). Incluso es capaz de atreverse con los sonidos de la escuela Creedence Clearwater Revival en Hang Loose sin que le tiemble el pulso.

 

Se nota que Alabama Shakes han pasado por la universidad del bar de carretera, del garito sucio y sórdido de Estados Unidos hasta altas horas de la madrugada. Sólo así se puede explicar que apenas unos meses después de editar su debut discográfico parezca que llevan una década subidos a un escenario. Sólo así es posible comprender cómo este quinteto, al que todavía le queda mucho camino por recorrer, despliegue esa madurez sobre las tablas mientras miles de personas fijan su mirada en ellos.

 

Ni siquiera cuando la banda interpreta alguno de sus temas nuevos el ritmo decae. Principalmente porque la fórmula de Brittany Howard y compañía es tan sencilla y antigua como la rueda. Puede que se les vean las hechuras y su amor por los viejos discos de Aretha Franklin, Sam Cooke y Chuck Berry sea demasiado evidente. Sin embargo, eso no quita que los de Alabama se hayan convertido de un plumazo en un clásico instantáneo, en una banda capaz de sonar atemporal y vibrante sin necesidad de inventar nada nuevo. Un chute de energía y goce en toda regla que terminó en los más alto con ese On Your Way que parece elevarte por encima del suelo. Y era sólo el comienzo de la noche.

 

Unos minutos más tarde aparecía en la terraza de Zurriola Dayna Kurtz, cantante de New Jersey a la que muchos conocíamos en su faceta más blues y folk, a pesar de que su último trabajo sea una excursión en toda regla por el jazz reposado y elegante. Una excusa perfecta para incluírla en el cartel del Jazzaldía, aunque la norteamericana no la necesite. Y es que la voz y la presencia de la cantante es motivo de sobra para acercarse a sus conciertos, ya sea en una sala pequeña, en un festival de jazz o en mitad de la nada. Sólo ella es capaz de llenar el escenario con un simple quiebro, con un chorro de voz que sólo poseen unas cuantas privilegiadas.

 

Con un acompañamiento en formato trío (teclados, bajo y batería), Kurtz comenzó su set repasando algunas de las canciones de Secret Canon, Vol. 1. Sonaron Do I Love You y I’ll Close My Eyes. Sin embargo, pronto se pudo comprobar que donde la cantante despliega mejor sus encantos es el terreno del blues. Así interpretó Hanging Around My Boy entre trago y trago de whisky. Dejando que macerara su voz, pero sin perder ese encanto de club. Preparándonos para la estocada final que llegaría con Love Gets In The Way. Una balada que sonó como los ángeles, gracias en parte a un teclista que había servido durante todo el concierto como contrapunto perfecto de Kurtz.

 

La sensación embriagadora duraría poco tiempo, pues cinco minutos después ya estaba casi a pie de playa Sharon Jones, este torbellino negro que apenas supera el metro y medio de estatura, y que sin embargo es capaz de hacer mover las cadera a todo el que se interponga en su camino. Acompañándola, como de costumbre, sus inseparables Dap-Kings, que, a pesar de no contar en esta ocasión con su líder Binky Griptite, sigue demostrando que son uno de los mejores combos del soul-funk actual.

 

Fueron ellos los encargados de ir calentando el ambiente sobre el escenario, a la espera de la entrada estelar de la protagonista de la noche, que se hizo de rogar casi veinte minutos. Los que pudimos verla en su última visita a nuestro país a principios de año, ya habíamos podido comprobar que los shows de la banda neoyorquina son de cocción lenta. Lo que no sabíamos es que los bailes de la artista son capaces de hacer arder la arena de la playa a pesar de que ya hubiéramos superado la medianoche. El soul adictivo e inquieto de Jones debería prescribirse como método contra la depresión y el cabreo, tan extendidos en estos tiempos de crisis. Música danzarina y pegajosa, que se introduce por el espinazo para no abandonarte durante la hora y media que dura el concierto.

 

Canciones como Money, Natural Born Lover, Fish In My Dish y Window Shopping fueron cayendo como truenos sobre el público, incapaz a veces de seguir el contoneo frenético del vestido de Jones, de sus manos, de sus pies, de su pelo. Todo entrega al servicio del ritmo, de la fiesta, de la alegría. Que hay que sacar a cinco chicas del público para que bailen conmigo, se hace. Que hay que quitarse los zapatos para arrastrarse por el escenario, se hace. Sólo el cronómetro es capaz de parar a esta pequeña cantante que, si por ella fuera, seguiría bailando hasta el amanecer. O hasta que el cuerpo aguante.

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