Japandroids rompen en Madrid

JAPANDROIDS

Lo normal es que escuchemos hablar de la universidad como un lugar de encuentros. Entre personas, normalmente. Sobre todo ahora que el asunto empresarial se pone algo feo. Los encuentros suelen estar bien. Terminan siendo una suma.

¿Qué cantidad de bandas (haciendo consulta) han nacido a raíz de que sus miembros coincidiesen en la misma clase de materiales, Anatomía, Historia Contemporánea o Teoría de la información? No se hacen una idea. Seguro que más de las que han nacido en restaurantes de moda, presentaciones repentinas o historias que parecen sacadas de una novela sobre cómo mantener el nivel de apariencia.

Imagínense entonces a un tipo bastante más alto que la persona más alta que hayan visto últimamente (siempre que no hablemos de un jugador de baloncesto. O un portero de discoteca, ya saben.). Ahora cierren los ojos y visualicen a otro chico considerablemente más bajito y suficientemente corpulento, que no gordo. Uno sentado en un pupitre y el otro apoyado en una mesa. Charlando. Cambien entonces el suelo de la sala, añádanle unos centímetros de tarima y bastante genio. Todo lo alto del larguilucho que, por cierto, se llama Brian King se ha convertido en rabia ahora, mientras sostiene la guitarra conectada a cuatro amplificadores y una pantalla de bajo. El chico del pupitre al que nos referíamos antes ahora sujeta un par de varas de avellano con las que golpea sin parar la batería que tiene delante y muerde a gritos el micrófono.

Como aquel libro que leía una y otra vez cuando era pequeña, Pesadilla en Vancouver (Eric Wilson). Esta historia tiene que ver con Canadá. De ahora en adelante les presento a: Japandroids.

Ahí les teníamos. Un rato después de la actuación de Be Forest, quienes, aunque con serios problemas de energía, dieron lo que muchos de nosotros consideramos un concierto bastante aceptable.

Japandroids probaban sonido y se colocaban uno a cada lado del escenario dispuestos a hacernos partícipes del primer concierto en sala de su paso por España, (tras formar parte del cartel del Festival Primavera Sound en las ediciones de 2010 y 2012). The Boys Are Leaving Town era lo que sonaba un instante después de que Brian, a la cabeza en discurso, terminase de resumir lo que sería una declaración de intenciones al uso. Y, desde luego, la promesa de sonar contundentes, de hacer rock y de estar dispuestos a colocar el listón en posición de orgullo empezó siendo un hecho, Adrenaline Nightshift, Fire´sHighway, Rockers East Vancouver, Heart Sweats… Así la pareja, que se complementa a las mil maravillas, iba construyendo el setlist de la noche. Con una Sala El Sol entregada en miradas de complicidad. Sobre todo, a los gritos de David Prowse desde la batería, y los saltos y sonrisas de Brian. Que parecía una hélice.

Quizá antes del problema ya habían sonado alrededor de diez cortes en directo. Desde Post-Nothing (Polyvinyl Record Co., 2009) a Celebration Rock (2012), pasando por To Hell With Good Intentions, tema perteneciente a su álbum de menos querencia No Singles (2010). Y entre asuntos del querer, se rompió, pero no se rompió el amor, no. Se rompió el micrófono de Brian (voz principal). Eso y el gran problema con uno de los amplificadores. Parón en mitad del baño y caras estropeadas, también. Empezando por la del vocalista que no volvió a sonreír igual.

Después del roto la ejecución de las canciones fue bastante más mercenaria. Considerando lo terrible que es cuando a uno le cortan una canción a la mitad. Y hablamos de escucha. Pueden presuponer cómo le sienta a alguien que conduce la noche verse obligado a parar. Y no por falta de energía precisamente.

Así nos vimos envueltos en un bucle monótono hasta las dos últimas canciones en las que los dos escalones de la tarima parecían haberse olvidado y Brian lograba hacerse entender de nuevo por un público con ganas de saltar.

Young Hearts Spark Fire y For the Love of Ivy (versión de The Gun Club) terminaban con una noche llena de giros inesperados. Y terminaban bien, tampoco vamos a ponernos como fieras.

Hace unos días leía una comparativa de bandas actuales con el espíritu made yourself de Fugazi. (Salvando espacios). Quizá no lo dijo muy convencido pero, justo después, de conseguir que el técnico abandonase el escenario con el problema resuelto Brian se acercó al micro: “Bueno, éste es el espíritu del punk-rock ¿no? Las cosas se rompen, no es todo perfecto. Es parte del juego.”

Es parte del encanto.

Escrito por
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