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El duende libre de Bon Iver

BON IVER

Una hora de concierto necesitó Justin Vernon para plantarse a solas con su guitarra delante de un Palacio Euskalduna abarrotado. Los que le conocimos hace unos años con ese disco íntimo y sobrecogedor que responde al título de For Emma, Forever Ago nos sentimos por fin como en casa. Y es que el norteamericano demostró a su paso por la ciudad vasca que su duende, su genio o como lo quieras llamar, hace tiempo que dejó atrás ataduras y cadenas. Mientras algunos se empeñan todavía en caracterizarle como un cantautor en la órbita del folk, él logra enmudecer al auditorio con un espectáculo rebosante de talento e ideas.

Ya en las primeros compases de Perth se veía clara la apuesta. Con nueve músicos sobre el escenario Bon Iver es capaz de navegar entre melodías y ritmos libremente, dejando que los silencios y los momentos de músculo sinfónico se sucedan de manera natural. Así hasta conseguir enlazar uno tras otro los temas de su reciente disco homónimo en el que vientos, guitarras y teclados se funden en la intimidad de la voz de Vernon.

Towers sonó imponente. Wash estremecedora apoyada sobre las notas del piano. Y Holocene terminó de confirmar que lo de Bon Iver es de otra galaxia. Especial interés tenían las canciones extraídas de su primer álbum que, despojadas de su crudeza y desnudez original, recobraban nueva vida en directo. Fue allí donde Vernon y los suyos demostraron su destreza a la hora de jugar con las canciones, desnudarlas y volverlas a vestir a su antojo. Mientras Flume mantiene su aspecto de serenata nocturna y Creature Fear gana tono épico, la banda aprovecha las posibilidades de un tema como Team para salirse del guión.

Sin duda, lo que Bon Iver nos propuso hace unos años en su primer disco no era más que un boceto, un esqueleto que tiempo más tarde suena apabullante, aunque sin perder esa esencia menuda, de homenaje a las cosas pequeñas. No nos dejemos engañar. Puede que canciones como Hinnom o Minnesota suenen plenas de matices interpretadas sobre un escenario. Tanto que a veces uno no sabe a dónde o a quién mirar. Sin embargo, en el centro siempre está la seguridad de Justin Vernon. Ese tipo con aspecto de monje retraído, de tipo silencioso que todavía se sorprende de los aplausos.

Y es que un auditorio como el del Palacio Euskalduna de Bilbao impone te llames como te llames. Y si no que se lo digan a Sam Amidon que había sido el encargado de abrir la noche con su folk espartano, aunque a veces se atreviera con el banjo y sacara su lado más divertido y rural. La osadía de salir ante un pabellón repleto y lanzarse cantar a solas con su guitarra ya merece el aplauso. Algo a lo que más tarde se uniría el propio Justin Vernon en la sección de agradecimientos.

Sería justo antes de atacar Beth/Rest y despedirse por primera vez del público. Llegaba el turno de unos casi obligados bises que, con los diez cartuchos de Bon Iver ya gastados, cayeron del lado de los temas más antiguos. Empezando por un The Wolves (Act I and II) en la que Vernon pidió ayuda al auditorio en las labores vocales. Claro que, ¿cómo atreverse a abrir la boca cuando unos segundos antes el propio cantante había empezado con ese grito descarnado en el que casi parece suplicar clemencia? “Someday My Pain Will Mark You” canta proféticamente al comienzo de la canción, como si supiera que tarde o temprano la lágrima, el dolor de sus letras fuera a calarte en los más hondo. Dejando que poco a poco el sentimiento te llene el estómago para, instantes después, repetir la jugada con la banda al completo dando un paso al frente del escenario, y con la simple ayuda deun micrófono, interpretar Skinny Love prácticamente a capella.

La alegría de nueve músicos capaces de encandilar a una sala con la voz y las palmas, con el ritmo sencillo y pausado de una canción convertida en santo y seña. Bon Iver sin trampa ni cartón. El cierre perfecto a un concierto que tendría su coda final con ese For Emma de regusto cálido y envolvente. Con esa nana que te balancea y te mece. Después de eso a Justin Vernon sólo le quedaba desearnos buenas noches. Y despedirse hasta la próxima.

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