miércoles, noviembre 20, 2019

AZKENA ROCKS: Avett Brothers y Band Of Horses inyectan toneladas de emoción al cierre del Azkena

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Tardará en olvidarse la recta inicial de la última jornada del Azkena 2011. Y eso que bastantes asistentes que confiaron en el programa horario repartido a la entrada del recinto se perdieron gran parte del primer plato fuerte, The Avett Brothers. El libreto, incomprensiblemente, remitía casi media hora después del arranque. Un detalle doloroso para muchos que, pese a todo, no impidió que la sensación de impacto entre toda la audiencia fuera casi unánime. Fue un concierto de música folk espléndido, seguramente la ejecución más intensa y entusiasta de todo el festival. Combinaron agresividad y ramalazos punk (Talk On Indolence) con preciosismo e introspección (Head Full Of Doubt/Road Full Of Promise) con una soltura pasmosa. Fue trepidante, muy emotivo. Una de las actuaciones más destacadas de todo el festival, sin duda.

Lo mismo, prácticamente, se puede decir de la banda que tocó a continuación, Band Of Horses. Resulta muy injusto dilapidar el crédito de esta banda comparándoles con My Morning Jacket, y quizá su influencia marque su primer álbum, pero lo cierto es que han sabido evolucionar muy bien, escorándose cada vez más a sonidos de rock americano más ortodoxo. Una canción que atestigua esa progresión musical es Laredo, una maravilla que ayer sonó rotunda y embelesadora. The Funeral, una canción muy amada por los fans, también sonó llena de pasión. Is There A Ghost fue otro momento álgido, un tema que define muy bien la naturaleza de este grupo, una banda que puede aparentar languidez y edulcoramiento en un análisis rápido y hostil pero que rezuma muchísimo nervio e intensidad, y amargura, naturalmente. Otros que salieron muy reforzados de la cita vitoriana.

El regustillo con Greg Allman fue bastante más agridulce. El repertorio, donde no faltaron guiños a la banda de su vida, Allman Brothers, satisfizo en líneas generales al sector de audiencia más entregado, pero quizá faltó algo más de garra. No es lo que el veterano cantante busca a estas alturas, pero hubo momentos de cierta dispersión que desconectaron a muchos. De todos modos, la impresión fue positiva, en líneas generales. Tampoco faltaron temas de un disco muy honesto y personal como Low Country Blues, publicado este año y que está seduciendo a prácticamente todos sus incondicionales.

Con Bright Eyes, banda que sonó a continuación, no existió una euforia desatada, pero quedó clara la osadía que tiene esta banda de revestir una propuesta básicamente indie folk con atmósferas muy peculiares. Pocos grupos suenan como esta formación liderada por Conor Oberst, y el público más fiel lo disfrutó bastante. Al igual que el recital de rockabilly, como siempre surge cuando Brian Setzer sale a escena, que Mendizabala vivió a continuación, y que hizo olvidar el mal trago del día anterior con Reverend Horton Heat. El genio del tupé rubio se le vio comodísimo, con su buen feeling habitual, y esa metralleta con baquetas llamada Slim Jim Phantom volvió a demostrar, y no exageramos, que es uno de los baterías más carismáticos de la historia del rock. Resulta imposible apartar la vista de él. Con tipos así es fácil que uno se crea lo que observe. Repasaron temas de toda la carrera de Setzer y, por supuesto, y en el momento más vitoreado de la noche, Rock This Town provocó el delirio absoluto.

Paul Weller, un tipo algo irregular en directo, ayer en cambio apostó sobre seguro y ofreció un repertorio con mayor predominio rockero, y evidentemente eso fue un acierto en un entorno de estas características. The Modfather no es un ciclón en escena, ni mucho menos, pero posee aura, transmite credibilidad, y su estampa casi parece congelada desde los tiempos de The Jam. Desgraciadamente, su concierto se solapó con los Whybirds, aunque hubo tiempo de acercarse al tercer escenario habilitado por primera vez y contemplar otra banda de rock en un gran momento, con hambre, futuro y grandes temas.

Y para el final, Thin Lizzy, o lo que queda de ese grupo, que por desgracia no es mucho sin Phil Lynott. Dependerá de las tragaderas de cada cual tolerar estas reuniones sin miembros clave, pero lo de la mítica banda irlandesa descoloca mucho. El espigado cantante y guitarrista proyectaba prácticamente todo el alma, todo el sentimiento a las composiciones del grupo, y es duro contemplar los conciertos actuales, ejecutados con mucha contundencia, quizá demasiada, pero desprovistos de toda la magia. Jailbreak, por ejemplo, sonó demasiado rabiosa, demasiado dura. El repertorio fue bueno, bien elegido, y la audiencia en líneas generales tuvo buena predisposición, pero muchos no olvidan el sangrante plante de Danzig, que cayó a última hora del cartel y que tenía el honor de poner el broche a este Azkena. Imploramos desde aquí a Last Tour que le persuadan para otro año, que una leyenda del rock como él no encontrará, con toda seguridad, un festival de rock más poderoso y adecuado en toda Europa.