El inventor de palabras (2010) de Gerard Donovan

Editorial: Tusquets.

Traducción: Enrique Fernández Vernet.

Los vikingos sabían del importante lazo que existe entre un hombre y su perro. Dejan de ser dos animales y pasan a ser uno solo pero que vale por dos y medio. Podemos entenderlo de manera muy clara, el intelecto humano unido al instinto virgen del perro. Por eso, quizá se llevaban a su socio, a su amigo, a su hermano con ellos al morir. Y pese a lo que pueda parecer, pocos perros fueron obligados a arder junto a sus dueños, simplemente lo hacían, permanecían allí hasta que se asfixiaban seguramente antes de ser pasto de las llamas. Esos mismos vikingos fundaron la ciudad irlandesa de Wexford hacia el año 800. Quizá por eso, Gerard Donovan, natural de allí, dedica El inventor de palabras a ensalzar la amistad, la venganza, el amor, la soledad de un hombre sin su perro.

La puesta en escena de esta novela es tan inverosímil que resulta creíble. Y yo, como lector, no dudo ni un minuto de que el personaje de Julius Winsome tenga un semejante de carne y hueso leyendo a William Shakespeare en una cabaña con las paredes forradas de libros, en medio de un bosque de cientos de millas, junto a un perro que responde al nombre de un filósofo.

Sin quererlo, sin pretenderlo -lo doy por seguro-, Donovan deja que el viento gélido le “arranque sílabas de las frases”, organice el texto como guste y el resultado sea una prosa poética por momentos y temática en otros, como lo sería una revista de caza, una guía bibliotecaria o un manual de lengua: “Desde la butaca contemplé la luna, que se puso de un naranja pálido, y luego se embebió de sangre y así se quedó, el verdadero rostro de la luna, su verdadera creatividad, carne fría y roja, una herida de perdigón pendida en lo alto de la noche.”

Como sea, ésta es una de esas novelas que nos joden la vida. Tardamos meses en reponernos de haberla terminado. Se acabó a pesar de haber reducido el ritmo de lectura en los últimos capítulos con el propósito de hacer durar más el placer, como besos largos y lentos en una boca que se va a marchar para siempre.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 9/10

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