POND – TASMANIA

Pond - Tasmania

De aquella herencia psicodélica anclada en la tradición de la costa oeste estadounidense hasta la subversiva megalomanía de la escuela de producción de Kevin Parker, la carrera de Pond supone una evolución marcada por una persecución constante de un sonido propio que los ha colocado en la cúspide de la nueva psicodelia.

Es ese sonido que se desmarca de la corriente de “discípulos” del líder de Tame Impala y casi sin quererlo está creando escuela para nuevas generaciones de bandas. Tras el huracán de álbumes como Beard, Wives, Denim o Man It Feels Like Space Again, Pond dan otra vuelta de tuerca. Aquí bajan las revoluciones apuntando hacia unas melodías de perfecto dream pop y unos arreglos superlativos.

Tasmania supone una continuación conceptual de The Weather, álbum en el que los australianos iban dejando los sonidos duros en favor de la ornamentación de inspiración orquestal. Aquí las guitarras saturadas de fuzz terminan de desaparecer para dejar paso a unos sintetizadores y teclados que lo apuestan todo por la melodía y una ligera nostalgia ochentera.

Todo ello junto al medido fraseo de Nick Allbrook, crean una armonía que despoja al ritmo de todo tipo de protagonismo. Solo para reaparecer en momentos puntualmente medidos que le dotan de una mayor efectividad. Es lo que ocurre en la melodramática Hand Mouth Dancer, con un epílogo grandioso en el que todas las piezas encajan en una obra completísima.

Ese ritmo aplastante al que Pond nos tiene acostumbrados, y que tan bien ha perfeccionado en la producción a lo largo de los años Kevin Parker, adquiere aquí a ratos cierta tendencia funk, como la que domina en Sixteen Days. Esta supone un despliegue de manías de ayer y hoy del grupo en un experimental corte que contrasta con la suavidad con la que Allbrook va desnudando la suerte de temática apocalíptica del álbum en la homónima Tasmania.

Aunque en una primera escucha uno pueda perderse en el contexto del álbum, Tasmania se antoja una obra colosal que incita a esa pérdida de conciencia para disfrutar de algo a lo que Pond no nos tienen muy acostumbrados. La entrada de Daisy supone una apertura triunfal hollywoodiense dentro de una tendencia que se va ensanchando y estrechando a lo largo de todo el álbum y que llega a su culmen en la épica Burnt Out Star.

A pesar de ese apego nostálgico y cierto regusto glam, no hay nada aquí que suene a la ranciedad en la que a veces quedan los revivales actuales de décadas pasadas. Tasmania consigue evitar todo ello a pesar de parecer tirar a veces al Bowie de Ziggy Stardust y a veces al Toto de Africa. La pegada controlada de batería y bajo en The Boys Are Killing Me da buena cuenta de esa delgada línea entre elegancia y pantomima, con una base rítmica contundente y medida y una superpoción de armonías y cambios de ritmo que van jugando con una naturalidad única.

Al igual que su precedente The Weather, Tasmania es un disco para escuchar en su conjunto, de principio a fin, aunque ello haga que en su recta final caiga ligeramente, predominando el medio y bajo tiempo de Selené y Shame. Mucho mejor que estas funciona Goodnight P.C.C. Una balada con una evolución ascendente que se convierte en un ejemplo perfecto de lo bien que juega el grupo con las composiciones progresivas.

Doctor’s In cierra con cierto regusto agridulce un álbum de contrastes, en sí mismo y dentro de la carrera de los australianos. Un gigantesco paso adelante para quitarse de encima cualquier papel de referentes de cualquier movimiento y seguir haciendo simplemente lo que les apetece.

Lo hacen en un registro en el que se sienten realmente cómodos, jugando al siempre peligroso papel de la estrella de rock a la que le asaltan esas preocupaciones que siempre quedan de excéntricas. Puede parecer que victoriosos o no, pero con un álbum diferente (incluso incómodo a veces) pero que se te queda clavado en los oídos.

8
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Escrito por
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