Low – The Invisible Way

The Invisible Way, Low

Podríamos darle diez mil vueltas a los mismos temas: melodía, armonía, volumen, tonalidad, ritmo, electricidad, lírica; y aun así, describir el tránsito a través del umbral para conducirnos de la dimensión terrenal al universo recónditamente íntimo de Low se antojaría prácticamente imposible.

The Invisible Way (Sub Pop, 2013) supone la reapertura de dicho umbral, un marco de manufactura exquisita y elegante, serena en la forma y tan emotiva en el fondo como desde hace veinte años. Sí, porque este 2013 se cumple el vigésimo aniversario de la creación de Low. Si la angustia existencial tuviese una banda sonora, esta la escribiría Sparhawk y los coros los pondría Parker, y la bailaríamos una noche de otoño bajo la luna en cuarto decreciente.

También es la décima aproximación en forma de álbum al ideal de belleza, o algo cercano a la idea que tendría Platón en la cabeza, digo en el mundo de las ideas, pero con la caverna convertida en una exuberante sala de conciertos. Hagan la prueba, si no: vayan a la avenida más transitada de su población en hora punta y pónganse en sus auriculares Just Make It Stop. Sin saber cómo aparecerán en la otra punta de la ciudad, los ojos húmedos y perdidos en el horizonte, y el corazón inflamado, tal y como el tránsito los hubiese llevado a vislumbrar momentáneamente los prados del Edén justo antes del diluvio.

Aunque formalmente suene más rotundo y “optimista” (quizá por obra y gracia de Jeff Tweedy en los mandos de la producción) que el casi susurrado C’mon (Sub Pop, 2011), The Invisible Way es, al mismo tiempo, un regreso al sonido minimalista, a la economía de medios y de instrumentos, al sonido acústico de la guitarra y, como novedad, la preeminencia del piano en detrimento de la argamasa que los teclados dotaban a las narraciones de sus últimas obras; y, aun así, no tenemos miedo a equivocarnos al asegurar que estamos ante uno de los mejores trabajos de los de Duluth: compacto, íntimo, brillante y, para qué negarlo, dolorosamente hermoso. Un trabajo en el que también ha ganado preponderancia la voz de Mimi Parker, centro de gravedad absoluto de cortes con factura de single como So Blue y Just Make It Stop, pero que adquiere papel protagonista en nada menos que en cinco de las once canciones del disco.

Este arranca con un Plastic Cup contenido que hermana el primer tramo del disco con ese sonido, apenas por encima de la barrera del silencio, del C’mon: una de las primeras reflexiones de este disco en torno a la muerte , esta vez encarnada en forma de adición a las drogas; la imagen, simbólica y absurda, de una muestra de orina desenterrada mil años en el futuro resulta sobrecogedora. Amethyst desnuda más aún si cabe el sonido de la primera canción: percusión con escobilla, bajo austero y guitarra acústica apenas rasgada para una historia sobre depresiones, que da paso al majestuoso So Blue, historia de amor, o de desamor, tanto da, entre la desesperación y la esperanza, donde el piano y la percusión arropan la voz de Parker en un corte de descarnado dramatismo.

Varios pasos más allá, Just Make It Stop reedita la narrativa épica de So Blue de forma mucho más voluptuosa. Sin abandonar el terreno del miedo y el dolor, el tono, el color y la orquestación hacen de este corte la joya de la corona, perfecta en su métrica, un crescendo de progresión milimétrica que culmina y se resuelve abruptamente, dejando al oyente sin aliento. Una canción que tiene todas las papeletas para ser incluida, sí o sí, en las recopilaciones de lo mejor del año.

Entre medio de estas dos canciones se intercalan canciones de ritmo pausado y carácter reflexivo como Holy Ghost y Waiting, de las exigen silencio en el auditorio, y una elegía amarga, Clarence White, preñada de rabia contenida e instrumentación mucho más cercana al indie folk y a la americana de lo habitual.

En el tramo final destaca, por encima de todas, On My Own por la brutalidad de la lírica y por una coda que se antoja interminable en su dramatismo, un happy birthday repetido hasta la extenuación y dañino de tan cínico. No apto para parejas rotas que celebren aniversarios.

Low siguen labrando ese camino tan particular que poca gente es capaz de recorrer sin sonar falsos o carentes de fuerza; un camino que pertenece, casi por derecho propio, a la pareja Sparhawk y Parker, cuyo umbral nos invitan a franquear con amabilidad y delicadeza pero, eso sí, con el aviso de que, a este lado, sólo tiene cabida la franqueza y la introspección, sincera y sin ambages. No hay otra forma para aprehender este mundo que despojarse de las imposturas con que nos vestimos cada día y, de esa manera, a través del dolor, conocernos y, si no curarnos, al menos aliviarnos de la pena y el engaño. Tal es la grandeza, la belleza de su música.

Ahora llega el momento de bajar las luces, poner en marcha el reproductor, dejar los prejuicios y abrir bien los oídos y el alma.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 9,5/10

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