BRUCE SPRINGSTEEN – WRECKING BALL

Ríos y ríos de tinta se derrochan cada vez que Springsteen saca un nuevo disco. El de Nueva Jersey es una de las pocas figuras de la música actual capaz de congregar a buena parte de la comunicad rock. Ni siquiera Dylan (al que parece habérsele roto el filtro de calidad desde hace un tiempo) levanta tanta polvareda cada vez que alza la voz con un nuevo trabajo. Quizás por ello, cuando hace unos meses el productor de “El Boss” anunció que su próximo largo iba a contener loops y cajas de ritmos saltaron algunas alarmas. Estrategia de márketing o no, lo cierto es que lejos de encontrarnos ante una especie de “álbum experimental” de Springsteen, el disco mira justo en la dirección contraria.

Como casi siempre que quiere aligerar peso, el cantante echa mano del folk para envolver sus composiciones. Ya lo hizo en Nebraska y, hace sólo unos años, en Devils & Dust. Ahora, tras la pérdida de uno de sus mayores baluartes sonoros, el saxofón de Clemons, era de esperar que hiciera lo propio. Incluso se especuló con la posibilidad de que Bruce abandonara a sus compañeros de E Street Band y se lanzara en solitario a la realización de Wrecking Ball. Si hubiera sido la decisión más acertada, ya no podremos saberlo nunca.

En estos tiempos que corren, mejor cerrar filas con los nuestros que lanzarse a la aventura, ha debido de pensar el artista. Con ese estribillo que abre el disco, “We Take Care Of Our Own” (cuidamos de los nuestros), Springsteen recupera su lado más rock, pero también más facilón. Nos prometieron un Bruce cabreado, y lo que tenemos es a un letrista romo, que saca los dientes, pero que no muerde. Se agradece el gesto profundo del tema titular (esa metafórica bola de demolición), incluso esos versos en Jack Of All Trades (“El banquero crece más gordo, el trabajador crece más delgado, todo ocurrió antes, todo ocurrirá otra vez, soy un multiusos”), uno de los temas más conseguidos del álbum. Sin embargo, textos como Easy Money o Shackled And Drown quedan demasiado diluidos, faltos de garra y enganche. Se echa de menos el cantante de la calle y la carretera, el que era capaz de hacer suyas las letras de Pete Seeger o Woody Guthrie.

Con un apartado de textos desdibujado a grandes rasgos, es la música la que insufla espíritu al conjunto. Para ello el compositor ha buscado más allá de la mermada banda de la Calle E (recordemos que hace en 2005 perdió también a su teclista), encontrado en Tom Morello (Rage Against The Machine), Matt Chamberlain (Pearl Jam) y Greg Leisz, además de en varios de los músicos que le acompañaron en las Pete Seeger Sessions, el apoyo necesario para convertir este Wrecking Ball en toda una fiesta de la comunión folk. No hay duda, la gira que se avecina promete energía a raudales. Springsteen cuenta con un puñado de himnos dispuestos a ser coreados por estadios a rebosar. Hasta sale más que airoso cuando se adentra en terrenos soul (You’ve Got It). Otra cosa diferente ocurre cuando deja que la producción engorde mezclas como This Depression o Rocky Ground. No porque no tenga entre manos muy dignas composiciones; sino porque toma el camino fácil, pasando de largo por las canciones, como si no merecieran un mejor tratamiento. Sin duda, oportunidades perdidas para ver al Boss en nuevos terrenos.

Desde hace años el cantante parece nadar y guardar la ropa. Consciente de que atesora una de las historias más potentes y arrebatadoras del rock de las últimas décadas, Springsteen se dedica a gestionar ese legado evitando cualquier tipo de encontronazo con su público. La cosa parece funcionarle. La parroquia sigue acudiendo al encuentro año tras año. Y Bruce, calmado a veces, cabreado a ratos, pero casi siempre honesto, les regala una nueva dosis que sirve de espera hasta la próxima vez. En Wrecking Ball este caramelo es sin duda Land Of Hope And Dreams. Conocida por todos desde hace más de una década, el tema incluye el intenso saxofón de Clemons, motivo de sobra para celebrar el álbum. También lo es la inmensa voz de Springsteen. Esa nunca falla.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7/10