THE BOO RADLEYS – GIANT STEPS

Tocaron con las yemas de los dedos la gloria. Por una temporada parecía que The Boo Radleys serían los auténticos ganadores de esa carrera hacia el absurdo que los medios británicos generaron a partir de la etiqueta britpop. Veinte años después, ¿alguien puede defender que los mejores trabajos de Oasis, Blur, Suede o Ride superan Giant Steps? Y, sin embargo, su paso de gigante –intuido por muchos en su momento como un clásico para la historia- cristalizó como una obra sin continuación: ni ellos supieron seguir el hilo, ni tuvieron herederos evidentes.

Corría el año 1993, España se sumía en una crisis profunda tras la resaca populista guiada por aquellas mascotas horrendas llamadas Cobi y Curro. El grunge lo impregnaba todo y aún era políticamente correcto disfrutar sin complejos de solos de guitarra. Los británicos engrasaron la maquinaria del hype y procedieron a bombardear el planeta a base de pop para postadolescentes airados. Y, dicho y hecho: cualquier discoteca se atrevía a encadenar Smell like teen spirit de Nirvana y Girls & Boys de Blur ante el deleite de la parroquia. El mundo del pop no estaba todavía preparado para la obra magna de Martin Carr –líder y compositor de The Boo Radleys-, un suculento plato variado que partía de unas raíces claramente shoegaze pero que disparaba en múltiples direcciones, quizá demasiadas.

El disco empezaba con una maraña de guitarras que se tejían en un estribillo rotundo y eufórico –I Hang Suspended-. El segundo corte – Upon Ninth and Fairchild– ya descolocaba más: una especie de reggae espacial fundiéndose con un muro de guitarras que elevaban al infinito una pieza irresistible. Y lo mejor aún estaba por llegar: la entrañable Wish I Was Skinny, lo más parecido a un single y que podría haber incorporado a su cancionero el mítico Roy Orbison, y, sobretodo, Lazarus, piedra angular del repertorio de los Radleys. Lazarus fue su cima, una pieza desmesurada y barroca que fusionaba shoegaze y noise como nadie había hecho, que tuvo múltiples remezclas y alcanzó cierta fama y fortuna en su momento. Tras 16 canciones, Giant Steps se cerraba con The White Noise Revisited, cinco minutos de reverberación para una pieza que homenajeaba The Beatles.

Era fácil intuir la que sería una de las mejores producciones discográficas de la década y, de hecho, fueron aclamados por la mayoría de la crítica pero faltó respuesta popular. En aquel 1993 Radiohead todavía estaba en el parvulario con un debut del que solo se recordará la distorsión de Creep, Frank Black debutaba en solitario, Nirvana se cerraba puertas con In Utero y Lemonheads, PJ harvey y The Smashing Pumpkins editaban unos trabajos que, como en el caso de The Boo Radleys, jamás superarían: Come on feel the Lemonheads, Rid of me y Siamese Dream respectivamente.

Giant Steps fue un viaje sin retorno –seguramente por su toque ácido- a través del pop de todos los tiempos. La Ítaca particular de Martin Carr, un genio del pop. Pero también un verso suelto. La versión deluxe de Giant Steps, aparecida en el 2011, demuestra que el grupo era consciente que tenían algo grande entre manos pues produjo casi una veintena de caras B donde no se bajó el nivel creativo. Sin duda, podríamos colocarlo en nuestra estantería de discos favoritos entre el Revolver de The Beatles y el Loveless de My Bloody Valentine.

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