miércoles, octubre 23, 2019

EELS – SOULJACKER

Discos Clásicos EELS - SOULJACKER

EELS - SOULJACKER

 

Ahora que ya se puede hablar de blues rock en publicaciones ‘indie’ sin que alguien quiera partirte la cara (Black Keys, vuestros discos nos señalan el camino), es momento de volver a darle cuerda al disco más loco, castizo y también poético de Mr. E, de nombre Mark Oliver Everett. El chico más triste de la clase había conseguido con su grupo Eels cierto eco/hueco en la industria del pop con sus primeros discos que podríamos calificar de moderadamente modernos. Es evidente que su debut, Beautiful Freak (1996), ya anticipaba la grandeza de este artista de autobiografía muy conocida también en España (sus memorias Cosas que los nietos deberían saber catapultó el fantástico sello Blackie Books gracias a unas excelentísimas ventas en nuestro país de este curioso libro). Ese Beautiful Freak encaramó hasta tres singles en las listas americanas y británicas y contenía Novocaine for the Soul, diríamos que un Smells Like Teen Spirit para ‘gafapastas’ que aguanta las envestidas del tiempo fresca como una lechuga.

 

Como él mismo explica en las citadas memorias, su cuarto disco empezó a gestarse en una especie de retiro mitad meditativo mitad espiritual en un centro bastante hippie donde debía hacer voto de silencio durante 10 días de absoluta desconexión con el exterior, lo que incluía también la prohibición de leer o escribir. Su idea era hacer una especie de “reset” mental. Pero fue incapaz. A los pocos días de iniciar el retiro una canción sobre un ladrón de almas empezó a rondarle la cabeza  –”Souljacker”– y tuvo que acabar escribiéndola en papel de WC para poder sacarla de allí.

 

La rareza, el extrañamiento, la atracción por lo repulsivo continúan muy presentes en esta obra pero con un matiz importante: la mayoría de piezas no se defienden desde un yo descarnado pese a encontrar sutiles referencias autobiográficas, algo inevitable en esta especie de Woody Allen del pop. Seguramente, gracias a este giro literario, E pudo también acometer un reestructuración a fondo de sus formas compositivas sacando petróleo de las maratonianas escuchas durante su infancia y adolescencia de artistas canónicos como Dylan, Nina Simone o el mísmiso Randy Newman.

 

Este nuevo impulso además coincidió con la aparición en su vida del músico y productor inglés John Parish, muy conocido por ser la mano derecha de PJ Harvey, y con quien tuvo un flechazo artístico desde que coincidieron por primera vez en el plató de Top of the Pops de la televisión británica. Juntos, Mr. E y Parish pergeñaron un nuevo sonido para EELS, más primitivo, directo y sudoroso. Igual que la marca teutona de coches de lujo nos preguntaba años ha aquello de “¿Te gusta conducir?, Souljacker nos interpela a gritos y entre acoples: “¿Te gusta el rockandroll?”. Ya desde la inicial Dog Face Boy, las guitarras se inflaman en una ceremonia propia de un aquelarre, aquel que los pioneros Bo Didley o Chuck Berry abrieron a base de riffs y acordes cabezones (Jungle Telegraph es el testimonio más obvio del disco). Otros ejemplos son Teenage Witch –con falsetes negroides y varios solos de guitarra en menos de cuatro minutos- o la más templada Bus Stop Boxer –que recuerda por ambientación musical a la mítica The House of The Rising Sun de The Animals-.

 

Producto de esta colaboración se colaron en el disco media docena de piezas agrestes, pero –también hay que decirlo- combinadas con sabiduría con otras tantas que E ya tenía en cartera. De hecho, en el momento de preparar Souljacker, el californiano de barba tupida y habano en ristre –la imagen que justo empezó a crear con este trabajo- estaba preparando hasta tres discos, uno de ellos su particular obra maestra Blinking Lights (2005). Por eso no le fue difícil reunir doce canciones y envolverlas bajo una imagen nueva y un sonido también –relativamente- nuevo.

 

Pero la vida te da sorpresas: el producto no acabó de ser muy bien digerido por Dreamworks, la “major” norteamericana que gestionaba sus discos en ese momento y que apreció en Souljacker una dramática falta de canciones comercialmente radiables. De hecho, salió antes en el Reino Unido y en Europa que en EEUU. No obstante, su autor sí se preocupó de situar estratégicamente algunas baladas marca de la casa, con autosamplers de sus discos anteriores, que sirven de nexo a lo que había ofrecido el artista hasta la fecha. E perdió incluso a sus managers ante su negativa a añadir algún “bombazo radiofónico inmediato”, según cuenta en sus memorias.

 

Pese a todo, Eels empezó a girar por el mundo mientras su obra criaba polvo en los almacenes de Dreamworks y presentándose junto a su banda ante la atónita audiencia como unos nuevos apóstoles del rock&roll –baterías y guitarras ensordecedoras- y adaptando su material del pasado a la nueva era Souljacker hasta hacerlas casi irreconocibles. Y, curiosamente, cuando apareció en 2002 en Estados Unidos, la crítica tuvo buenas palabras para Eels e incluso la revista Time calificó la obra como el mejor disco de rock del año.

 

La historia de Souljacker nos enseña que en el inicio del nuevo siglo la situación del negocio musical ya era desquiciante. O como el propio E escribe en sus memorias, “para entonces, las cosas estaban tan jodidas en el negocio de la música que un artista de los grandes como Johnny Cash tenía que grabar versiones de canciones de jovenzuelos de moda para tener algún tipo de relevancia y atraer a nuevos oyentes”. Amén mr. E.