lunes, noviembre 18, 2019

Youth Lagoon en la Sala But

Conciertos Youth Lagoon en la Sala But

9 de noviembre de 2013.
Sala But (Madrid).

Todos estábamos de acuerdo con que era buena idea ir a ver a Youth Lagoon. Los que no, optaron por Suede. Apuesta segura para un sábado por la noche.

Igual de indecisos que Bunbury, los menos, acudimos a la cita con Trevor Powers. La sala BUT tiene ese halo de discoteca ochentera hortera y cochambrosa. No es que se caiga a pedazos, pero es una de esas salas cutres con cristalitos de gresite recubriendo las columnas – homenaje tosco a la bola de discoteca – y sofás alrededor de la pista. Una pista de baile. Años después, sigo fascinada.

Quizás por coincidencia, pero en los últimos conciertos a los que he ido, todo el mundo escuchaba atento al grupo ‘¡Qué bien!’, pensaba yo. Aún pasando de puntillas por las pesadillas con aquellos tipos que confundieron el concierto de Pony Bravo con una fiesta en casa de El Fary.

Tenía que pasar. Digamos que los sofás, y ese tufillo a pareja que les caracteriza, eran el lugar idóneo para meterse mano y sentarse uno a hablar con la tía que ha escogido para llevarse al concierto de: ‘este tío al que ponen muy bien en Pitchfork, ¡a ver si se lo cree!’ Estoy segura de que a más de uno le funcionó, y que más de uno podría haber adelantado el beso eterno con la tipa a la que pretendía impresionar. Así al menos hubiera reinado el silencio.

No hubo tal suerte, pero lo que importaba – para los que se hayan perdido: la música – fue maravilloso.

Youth Lagoon no es un hype. A pesar de la edad y de las dudas que surgieron a través de esa imagen desangelada, y algo cercana al carácter de Daniel Johnston, las grabaciones caseras de Trevor son una verdadera genialidad. Canciones que crecen sobre el escenario, bajo la separación de los miembros de la banda (los chicos que tocan con él) y que recortan el espacio entre el público, él y todo lo que viene a contar.

Un puñado de historias bonitas que dieron comienzo con Attic Doctor. Canción con la que se presentaba nuestro chico del pelo alborotado y el vestido étnico. Porque llevaba un vestido étnico. De corte imperial en tiendas El Corte Inglés.

Tras ella se fueron sucediendo: Sleep Paralysis, Cannons, Pelican Man, 17,… Oh Diecisiete. Hasta July. ¿Por qué? Pues porque July es esa canción en la que dice casi gritando: ‘If I had never let go, then only God knows where I would be know.’ Con eso debería bastar. En directo es aún más complicado encontrar una versión tan especial de una experiencia que bien podría resultar propia. July me hizo girar para comprobar que nadie me miraba, al tiempo que se me cambiaba el gesto. No hubo Daydream – me consta que muchos la echaron de menos – pero hubo Dropla The Hunt, para terminar, como bis.

También se produjo la, cada vez más, típica conversación con el público. Y, con todo lujo de probabilidad, la declaración más sincera de la noche corrió a cargo de Trevor.Refiriéndose al público – mientras se acercaba al micro – con el pelo por detrás de las orejas y ese aire tímido, para decir: ‘I love you all.’ Después de, casi, un minuto de silencio observando atento. Antes de la última canción.