Crónica Ordesa, Valdivia y Hiding en Madrid (Trash Can, 2019)

Fotografías: Noel Castro

Es fascinante la capacidad que una voz y un puñado de acordes, bien escogidos e interpretados, pueden tener colmar hasta los recovecos de cualquier sala y punzar el alma y conciencia de los presentes. Una sensación que predominó el pasado sábado en la Trash Can de Madrid, y un arte en la que Ordesa, pese a su incipiente trayectoria, son auténticos maestros. Así lo demuestra el delicado inicio instrumental de canciones como “El Incendio de Todas Las Cosas”: una sucesión de arpegios que evolucionan hacia acordes rasgados, sobre un relato poético que habla de vacío, espanto, búsqueda, dolor, dudas y, en última instancia, la existencia.

El tema sonó entre muchos otros en el concierto del pasado sábado, donde la banda fraguada entre Toledo, Salamanca y Madrid compartió escenario con Valdivia y Hiding, en una jornada organizada por Tirano Intergaláctico. El concierto, además, fue uno de los últimos que Ordesa darán en una temporada, según anunciaron.

La Trash Can había acogido ya, hace unos meses, la presentación con banda del primer álbum de Ordesa: ‘Días Cálidos’. Un trabajo de seis canciones brillantes en que los acordes de Tomás Rey dialogan con la voz atemporal de Begoña Iratxe, para hablar sobre la vida: los vaivenes de la misma, a través de metáforas de la naturaleza que se vislumbran ya desde el propio nombre del grupo, y llegan hasta sus letras: inviernos, veranos, incendios, bosques, estrellas, nieblas…, forman parte del universo poético de este dúo, como imágenes que buscan abordar temas más profundos.

En aquella ocasión, la formación había dejado claro el potencial emocional y sonoro de sus directos, y este sábado pudo volverse a comprobar, en formato dúo. Abrieron con “Las Tres Sorores”, y de ahí al cielo: “Procesión de las Estrellas”, “Cierzo”, o la más movida “Golpe Al Osario”, sonaron junto a viejas joyas de EPs anteriores como “Otto Brotto”, “El Incendio de Todas las Cosas”, o “La Salvaje”, con el público acompañando en bucle y cantando: «salgamos a correr, colinas arriba». Una frase liberadora –igual que todo su repertorio– que incita a la catarsis, al encuentro de lo bueno con lo malo, sacando las emociones a flor de piel, y con alguna inevitable lágrima de por medio.

El set, sin embargo, se hizo algo corto, ya que fueron los terceros en una noche compartida con los también apabullantes directos de la artista madrileña Irene Valdivia y los alemanes Hiding: otras dos propuestas a las que no perder la pista.

Valdivia fue la encargada de abrir la noche en la Trash Can.

Valdivia abría la noche con algunos de sus primeros temas –sacará su primer EP este año– como “Lejos” o “Desidia”. Una voz melancólica, curtida, de timbre peculiar, que dejó claro que ha llegado para quedarse. Al final de su tema “Lux”, con el que remató antes del bis, interpretó una pequeña sección a cappella que logró el silencio absoluto, con su reverb inundando la sala para poner los pelos de punta.

En el set de la madrileña hubo hueco también para dos versiones. Un acústico brutal y sentido de “Gente Como Tú”, tema del último álbum de Cala Vento, que la cantante dedicó a Ordesa. Y otra versión, en esta ocasión de un trapero: Sticky MA, con su tema “TKM”; brillante forma de llevarse al terreno propio una canción a priori tan alejada del folk.

Tras Valdivia, llegaron los alemanes Hiding. Un dúo recién reconvertido en trío proveniente de distintas partes del país germano pero basados en Berlín. Quizás fuese la propuesta más oscura de la noche; su sonido trasciende los lindes del folk para acercarse a un bedroom pop ensoñador y de tintes emo. Fueron, también, los más instrumentados, sumando un teclado a la guitarra acústica y la eléctrica.

Los chicos presentaron los temas que han editado hasta ahora en un EP recopilatorio. Canciones como “Goofy”, “Blurry”, “Skin” o “Sleep” que funcionaron, con su sonido lo-fi y atmosférico, como una suerte de hipnosis incitada también por la intensidad de la voz del cantante. Entre medias, para distender, surgieron bromas varias y continuos cambios de instrumentos, demostrando la versatilidad de estos chicos sobre el escenario. Remataron con una agradecida versión en acústico de un tema mítico, como “There’s A Light That Never Goes Out” de The Smiths.

Aquella noche fue probablemente una de las más íntimas que la sala Trash Can de Madrid vivirá este mes de mayo. Una velada de folk crudo, nostálgico, minimalista, poético, entre lo acústico y lo ambiental; de sonidos y voces que no siempre es fácil hallar en nuestras salas y, por lo tanto, siempre es de agradecer.

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