Bendita psicodelia: Temples y Quentin Gas en la Riviera de Madrid

Fotos: Eli Gringer

“No veo nada con el flequillo, ¿alguien me deja unas tijeras? “, preguntaba James Edward Bragshaw al público de la Riviera el pasado jueves, 14 de marzo, para tratar de ver mejor a la multitud que se agolpaba en la mitad de la sala, para bailar y corear con Temples algunos de sus mejores temas.

Fue, quizás, la intervención más elocuente de la banda durante la hora y media de su concierto en Madrid, donde se mostraron más bien tímidos, si bien compensaron con una suculenta interpretación del repertorio de sus dos álbumes. Una combinación de clase de clase, pulcritud sonora y una puesta en escena visualmente preciosa, fórmula brutal para cerrar el ciclo en salas realizado por el festival Tomavistas en la ciudad de Madrid. Pero comencemos por el principio.

¿Es esto flamenco? ¿Psicodelia?


Entrar a La Riviera y encontrarte de frente con Quentin Gas y Los Zíngaros no son palabras menores, sino que supone una grata sorpresa. Una que desafiará tus expectativas y concepciones sobre la idea de género musical.

En la música de este cuarteto sevillano, guitarras eléctricas se mezclan con sintes y bases electrónicas, en canciones que hablan sobre un futuro distópico. La voz rasgada de Quentin Gas se pierde entre el rock y los sintes y vuelve, de vez en cuando, para rescatar el sonido de la tradición ibérica y flamenca. También se alza, a capella, para entonar estribillos o codas líricas, mientras sus zíngaros le gritan “¡olé!”, para luego sumirse de nuevo en la marea sonora de ese álbum que es Sinfonía Universal Cap. 02.

Dueño del escenario, Quentin se mueve de un lado a otro, rasga la guitarra eléctrica, le da la vuelta, juega con la mesa de pedales e incluso la alza al público mientras los loops envuelven a todo el personal. Si la propuesta de este grupo ya me sorprendió cuando escuché el disco en mi habitación, en directo esa sorpresa inicial se convierte en fascinación e hipnosis. Una experiencia alucinante.

Tras aproximadamente una hora de eclecticismo, el deje andaluz y la vanguardia de Quentin Gas y los Zíngaros dejaron paso al acento británico de Temples y la pulcritud de su rock psicodélico.

Temples y su desbordante clase


James Bagshaw, Thomas Walmsley, Adam Smith y Samuel Toms llegaban a la Riviera ataviados con ropajes setenteros, para volver a redefinir los lindes del rock psicodélico, un género que conocen bien y del que se han empapado para producir en 2014 Sun Structures y, más recientemente, Certainty en 2016.

Entre ambos álbumes se movió el setlist, que contó también con alguna vieja joya –Ankh, de su primer EP– o un tema nuevo, de nombre Hidden Horses, según creí entender.

Los cientos de asistentes, que ocupaban cerca de la mitad de la sala madrileña, se vinieron especialmente arriba coreando las características melodías de Certainty, Oh The Saviour o Strange Or Be Forgotten.

Pero también fueron bien recibidos temas del primer álbum, como Sun Structures, Mesmerise, Test Of Time, A Question Isn’t Answered, Sand Dance o Shelter Song, quizás su canción más icónica, que emplearon para cerrar el concierto y corresponder a las plegarias del público que pedían este tema a gritos.

Canciones sobre la naturaleza, de la vida, del tiempo, el amor y la existencia, acompañadas por las luces, de múltiples colores, que bañaban el escenario sobre el que los chicos de Temples se movían sin pausa pero sin prisa, con tremenda clase.

Y es que no hicieron falta grandes actos de rebeldía: bastaba con acercarse al borde del escenario y desde ahí desgarrar o puntear sus instrumentos –guitarra, bajo– con pulcritud. La percusión, siempre a punto, servía como sostén para las miles de texturas generadas por el resto.

Un sonido a punto que el público recibía con saltos, palmas, coros y alguna grabación de móvil. Ojos cerrados. Cuerpos que bailaban, transportados a otra época. Apenas sin conversación de fondo, un logro para tratarse de España.

Bagshaw agradecía a los allí presentes por ser “tan buen público”. Y algunos se atrevían a lanzar un “We love you Tom”, al bajista Thomas Walmsley. Y así, entre la euforia y el trance, se pasó –¿quizás demasiado rápido?– este deleite de alrededor de una hora.

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