Rosalía 1 – Halloween 0. El fenómeno Rosalía se corona ante más de 11.000 personas en Madrid

ROSALÍA

Desde Beyoncé a diva pop millennial, reinventora del flamenco, e incluso “ángel caído de los cielos”. El ‘fenómeno’ Rosalía parece haber congregado toda clase de apodos, etiquetas y comparaciones -que como bien dice la expresión, “las comparaciones son odiosas”- en redes, medios y por qué no, el mundo entero. Como si fuese un trending topic o el hashtag de moda. Y en parte lo es, en tanto que su arte se ha extendido internacionalmente. El problema es de raíz, tendemos a etiquetarlo todo, como algo necesario por el bien de la humanidad.

Pero Rosalía es mucho más que eso, mucho más que la banalidad a la que se le somete desde los propios medios de comunicación. Rosalía es intensidad, es sentimiento, es el ‘Trá Trá’ y su ‘mirá’, es fuerza, desde dentro. Algo que no únicamente falta a muchos artistas de renombre, sino que da esperanza al panorama musical estatal en general. Un producto al que no estamos acostumbrados en España y que rechina a algún que otro hetero-machito por el mensaje que
transmite en sus letras y ella misma.

Lejos de las mediocridades a las que se prestan las redes sociales, la realidad es que Rosalía atrae como si de una religión se tratase. Nada más y nada menos que 11 mil congregados en la famosa Plaza de Colón de Madrid, presidida por esa gran rojigualda. Entre el público abundaban los modernitos, traperos del extrarradio como los que aparecen en sus videoclips, outfits de todos los colores, jóvenes universitarios todavía con la mochila a cuestas y treintañeros captados por la magia de Rosalía.

El concierto fue breve pero intenso, como el sencillo que salió al público antes del LP. De hecho, era para eso mismo, presentar su nuevo trabajo El Mal Querer. Un álbum que, lejos de ser 11 ‘malamentes’, y eso es lo mejor, cuenta una historia con su introducción, nudo y desenlace. Once capítulos que desprenden ambición y que hacen que brille con o sin highlighter.

Subía al escenario después de tener en vilo a todos los asistentes y a los que esperaban tras sus pantallas el streaming. Casi media hora de espera recompensada con 45 (aprox.) maravillosos minutos. Y sin bises ni “ahora me voy del escenario, gritad y vuelvo·. Subió como si fuese una coronación, pero en una especie de ring de boxeo, entre el público y salió con firmeza para no volver atrás.

Un público entregado y fascinado ante la artista catalana que empezó algo fría, pero recuperó calor con De madrugá. “Madrid, buenas noches. No sabéis la ilusión que me hace poder estar esta noche con vosotros.” Directa y sencilla. Con un escenario de lo más minimalista, aunque no faltaban las pictóricas imágenes que envuelven el ‘universo Rosalía’ en las pantallas de detrás, continuaba el espectáculo tras dirigirse al público. Sin más preámbulos prosiguió con el espectáculo, bailando, acercándose al público, sintiéndolo. Bagdad consiguió el completo silencio de todos, que únicamente se rompió con Malamente y Pienso en tu mirá. También hubo espacio para el álbum anterior Los Ángeles. Llegaba Catalina, a capella y un foco que la seguía. La emoción colapsó Colón, y a la artista, que tras enfilarse con Testamento gitano de Miguel de Molina, echaba a llorar ante los más de 11.000 fieles. Y esa mezcla tan pictórica y goyesca de Di mi nombre, de su último álbum.

Rosalía fue entonces ‘Rosalía’. Sin más etiquetas que las de ella misma. Y lloró, sonrió, bailó e incluso se subió en aquel quad que vimos en el bolo del Sónar del pasado año. Una puesta en escena sobria y minimalista, superando cualquier expectativa. Algo que rompe los esquemas paternalistas de la industria musical del país. Quién sabe Rosalía si acabará siendo esa pregunta de ‘¿Qué hubiese sido del mundo sin los Beatles?’ de aquí a unos años.

Escrito por
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