Robert Forster, canciones pop para los días grises

Decía Robert Forster que cuando comenzó en esto de la música no tenía una razón concreta para componer canciones. Escribirlas era más una necesidad, una manera de llenar esa adolescencia en la que “escuchaba música a todas horas, no tenía pareja y acababa de montar el grupo con Grant McLennan”. Sería la madurez, esa manera que tiene el tiempo de atemperar el espíritu, la encargada de abrirle a nuevos placeres vitales, dejando la composición en un segundo plano. Una pena porque, junto al mencionado McLennan, había protagonizado una de las aventuras más brillantes del pop australiano de los ochenta. Los Go-Betweens, como se hacían llamar Forster y compañía, eran descaro y melodía, sencillez y gusto por las canciones tejidas con mimo. Esa clase de bandas de las que poco se habla y que un día un amigo te descubre como si estuviera compartiendo un secreto guardado bajo llave.

De alguna manera, para Robert Forster, la razón para componer canciones era compartirlas con su compañero Gran McLennan, su amistad mutua, la competición por ver quién facturaba la mejor melodía o firmaba la mejor estrofa. Por ello cuando la pareja compositiva se disolvíó a comienzos de los noventa la producción de Forster, aunque apetitosa, iría poco a poco apagándose. Por ello tendría que ser la muerte prematura de su amigo McLennan la que le devolviera el latigazo, la necesidad de coger la guitarra y escribir. De este luto surgiría The Evangelist, una joya discográfica que le canta a la vida con alegría y recuerdo. Un tratado de pequeñas canciones sin más intención que demostrar que las brasas seguían encendidas. De nuevo la amistad sirviendo de aguijón para Robert Forster.

A modo de guiño, el australiano comenzó su concierto en Madrid con Rock&Roll Friend, testimonio de esas primeras noches en Brisbane subidos a un escenario. No era, a pesar de todo, el único propósito de una visita a nuestro país que tiene en Songs To Play, su reciente trabajo, excusa de sobra. Un disco que recoge la sencillez de The Evangelist, manteniendo el espíritu espartano de pop nacido con la simple ayuda de una guitarra acústica. Así, sin abandonar su traje de dandy, su elegancia de pelo canoso, el australiano se presentó en la Sala El Sol. En el guión aparecían buena parte de las piezas de ese nuevo álbum. También, ausente su antiguo compañero, la obligación de recuperar algunos de los éxitos -que nunca fueron- de The Go-Betweens.

Era previsible que estos últimos fueran los más tarareados de la noche. Clouds, Head Full Of Steam, The House That Kerouac Built, entre otros. Lo que Forster no se esperaba es que el público madrileño terminara haciéndole los coros a I Can Do, una canción aparentemente menor, pero que tiene ese traqueteo pop que la hace tan adictiva. Lo mismo se podría decir de I Love Myself (And I Always Have) y I’m So Happy For You, dos de esas nuevas composiciones que no aportan más que un título entre lo sonriente y lo irónico, y una melodía tremendamente pegadiza. Sencillez. Más bien simpleza. Pop elevado a la mínima potencia que el australiano no solo practica en sus acordes, sino también en sus letras.

Suele contar el músico que desde hace años lleva consigo una libreta en la que apunta títulos de canciones que se le van ocurriendo. Muchos de ellos acaban en la papelera del olvido, algunos terminan encajando en las letras que más tarde escribe. En este último grupo se encuentra Songwriters On The Run, que en su versión inicial hablaba de ladrones y no de escritores de canciones. Demasiado típico. Además yo no sé nada de ladrones, confesaba Forster. Por ello terminó firmando esa misteriosa y descacharrante canción en la que un grupo de compositores tienen que salir a la carrera por cantar sus canciones. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Más personal, aunque con idéntica intención cinematográfica, Here Comes A City cuenta un trayecto en tren de Forster y su familia. A Poet Walks insiste en esa imagen del compositor con su bloc de notas, escribiendo lo que va observando. Una estampa que puede llevar a engaño.

Bajo esa corteza hogareña, segura, que proyectan sus últimos trabajos, se esconde una pluma que intenta sacar una sonrisa al oyente, romper el tabú que lo considera como el más impenetrable de la pareja compositora de The Go-Betweens. Lo consigue cuando entona piezas como Let Me Imagine You y Love Is Where It Is, cuando como un principiante pide perdón por tener que afinar su guitarra, cuando agita nuestro espítitu adolescente en la refrescante Surfing Magazines. No, no es que Robert Forster haya madurado -con clase, mucha clase-. O que nosotros hayamos seguido irremisiblemente la misma senda. Es que, a pesar de las subidas y bajadas, el australiano ha terminado haciendo de esa necesidad juvenil por escribir canciones una razón para seguir subiéndose a un escenario. Haciendo de lo cotidiano algo fascinante; de la simpleza, una virtud; del pop, algo a lo que agarrarse en los días grises.

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