Inicio Conciertos Portishead: del dolor y la sinceridad

Portishead: del dolor y la sinceridad

Fecha: 22 y 23 de Junio de 2012

Lugar: Poble Espanyol (Barcelona)

Dos noches en Barcelona con Portishead. El nombre de este minifestival montado alrededor de los de Bristol es significativo de cuál era el (evidente) reclamo, y en que situación quedaba el resto de bandas que los antecedían. Y si bien era casi imposible concitar una mínima parte del interés del respetable por Portishead a las formaciones invitadas por Barrow, Gibbons y Utley, no es menos cierto que este enfoque (inevitable, visto el ejemplo de otros festivales montados a mayor gloria del cabeza de cartel, léase el caso de Radiohead en el Fòrum en el 2008) las perjudicaba bastante.

Así, pues, estas formaciones tenían pocas posibilidades, a priori, de reivindicar su trabajo ante un público, escaso a primera hora, y en parte más bien preocupado en hacer vida social (ese eterno problema de la falta de atención —y respeto— al artista desconocido) que en disfrutar de las propuestas eclécticas que llenaron, con desigual resultado (con deserción incluida), las dos tórridas tardes del parque temático más emblemático de Montjuïc.

Los barceloneses Cuchillo fueron los encargados de inaugurar el festival con su pop psicodélico, delicado y angular. Castigados por un sol inclemente, desplegaron su atractiva propuesta con el aplomo de un grupo bien asentado, de repertorio consistente y directo remarcable, que logró captar la atención del escaso público que había acudido a primera hora. Magro consuelo para un grupo que merece un espacio más íntimo y de medidas más ajustadas para desarrollarse con amplitud y calar sin dispersarse en el páramo que era el patio del Poble Espanyol, voraz destructor de sutilidades si no vienen acompañadas de watts de potencia.

Cosa de la que sí disponían los británicos Thought Forms para arrollar al personal con su post-noise onírico con cierto regusto de neofolk agreste. A pesar mantener el mismo repertorio en ambas jornadas, la ferocidad de los zarpazos eléctricos y la consistencia de las composiciones recordaba en ocasiones a los Sonic Youth más inspirados después de un viaje de maría; en otros momentos, a unos Tame Impala acelerados. A pesar de la brevedad de los conciertos, apenas unos tres cuartos de hora, la intensidad de su directo dejó una sensación muy positiva. Esperamos que esta jovencísima formación disfrute de más oportunidades para hacernos deleitar, decibelios mediante.

En ambas jornadas, quienes se llevaron la peor parte fueron los que antecedían a Portishead. Así, el viernes, el escocés Kenneth Anderson, conocido por el inquieto nombre de guerra de King Creosote, intentaba desgranar el delicado disco Diamond Mine con su partenaire en el proyecto Jon Hopkins ante el desinterés general. Una auténtica lástima, pues nos encontrábamos ante un dúo cuyo talento rebosa a capazos, pero que sucumbió ante las charlas amenizadas con cerveza y el ir y venir de la gente.

Más sangrante fue el espectáculo de MF DOOM el sábado, quien, incapaz de animar al personal, en parte porque se trataba de una propuesta a priori alejada del gusto de la mayoría, en parte porque muy pocos entendían su slang tan pronunciado (y distorsionado por la máscara metálica de superhéroe del hip hop). Aunque la desgana y el desdén eran mutuos, e incluso se diría que mayor incluso desde lo alto del escenario. Así que apenas veinte minutos tras poner en marcha las bases en el MacBook que Daniel Dumile aka MF DOOM había enchufado a la mesa de sonido, espetó un sonoro «Ya sé que sólo os interesa Portishead, así que os dejo con ellos» y pegó la espantada del escenario. Se oyeron silbidos, sí, pero tampoco fueron muy insistentes, y el público se dedicó a aprovisionarse de líquidos, que la noche volvía a ser calurosa y la espera, larga.

Respecto al concierto de Portishead, la única diferencia entre ambas jornadas se vivió en la plaza mayor del Poble Espanyol: si bien el viernes se podía hablar de una entrada generosa, el sábado el asunto se redujo a un poco más de la mitad del aforo.

Pero, en ambas noches, Portishead se impuso con autoridad, sin resquicio para la duda. Son un portento y poseen uno de los directos más arrolladores e impresionantes de la música actual. Y esto, amigos, esto es así. Uno puede intentar describir el virtuosismo de los músicos que acompañaban a Barrow, Utley y Gibbons en el escenario, o intentar transmitir el deslumbrante despliegue audiovisual que se integraba a la perfección con esas joyas impregnadas de dolor, o intentar transmitir el desgarro vocal, sentimental y emocional de Beth en unas noches que hizo, evidentemente, suyas. Pero quién es capaz siquiera de intentar horadar ese mecanismo inasible que hace de unas composiciones que parten de raíces electrónicas y kraut rock una experiencia tan orgánica, tan íntima. Si alguien aún cree en la magia, que la busque aquí, y no en los libros de fantasía o en el programa de Íker Jiménez.

Los escalofríos empezaron a adueñarse de las espinas dorsales en cuanto las primeras bases de Silence retumbaron en la noche. Contundencia, misterio y dolor, todo sublimado para que la voz torturada de Beth Gibbons empiece a pulsar las cuerdas adecuadas, aquí y allá. Sabedores de que su obra maestra, Dummy, quedó superada por Third, arremeten con todo el arsenal de su única obra de la década pasada, y dejan hueco para la elegancia y la melancolía cuando rescatan Mysterons (la primera larga y cálida ovación de la noche) y Sour Times. Sin embargo, si una canción resume la esencia de Portishead, esa es, sin duda, The Rip, maravillosamente respaldada por un exquisito corto de animación no apto para corazones sensibles, rotos o desesperados. Sí, señores (y perdonad que vuelva a romper la cuarta pared): Portishead hace daño. Portishead emociona. Portishead nos arranca de la vida impostada y desgrana los auténticos engranajes que gobiernan nuestras reacciones, y que negamos para mantener la cordura.

Así, pasamos de la inquietante Nylon Smile a la agridulce Magic Doors; a la sensualidad de Wandering Stars a la impactante, cruda, suciamente industrial Machine Gun, ilustrada en el bridge con imágenes de las actuaciones desmedidas de la Policia Nacional y los Mossos d’Esquadra en las manifestaciones del 15M y la huelga general (con lo que se añade la reflexión de cuán poca información sobre lo que no les interesa a nuestros dirigentes nos llegan a los que vivimos aquí, que tienen que venir a enseñárnoslo desde el exterior). De la rabia de Machine Gun a la delicada Glory Box, con el público ya rendido; y de aquí al estreno en directo de Chase the Tear, que puede indicar muy bien el camino del que esperemos sea su próximo álbum. Y esperemos que sea en breve.

Pero cerrar el concierto con Threads, y los bises con Roads y We Carry On ya son lugares comunes y obligados. A uno se le acaban los adjetivos y los superlativos para describir el cúmulo de sensaciones que amartillean al respetable. Y aquí uno pierde la poca objetividad que ha intentado mantener en la reseña, pues Threads es una de las canciones que mejor lo describen a uno. Pero que Beth Gibbons se desenvuelve pletórica de fuerzas emociona al más pintado: en Threads parece a punto de morir cantando, y en We Carry On salta de la banqueta y baja a abrazarse al público, momentáneamente enloquecido más allá de cualquier mesura; ni en dinosaurios como Springsteen o U2 he llegado a ver tanta emoción. Y es que, cuando a uno le cantan al alma, es normal que devuelva el cariño con creces.

Ovación cerrada, sin resquicios. Portishead no moverán masas, pero muy pocos son capaces de tanta intensidad emocional. Avisados quedáis.

Álex Vidalhttp://eleternoaprendiz.wordpress.com
Melómano irredento, juntaletras vocacional, profesional del mundo editorial y tastaolletes sin remedio. Common people like you.

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