miércoles, noviembre 20, 2019

La noche americana: una de indios y vaqueros en Madrid

Conciertos La noche americana: una de indios y vaqueros en Madrid

Faltaron los sombreros de ala ancha y las pocas botas cuero que acudieron a la cita asomaban con timidez. Algún intrépido se atrevió a llevar estampada en el pecho una fotografía de Leadbelly, el presidiario del blues. Las chupas tejanas brillaban por su ausencia. A pesar de todo, lo de la pasada noche en la madrileña Sala Penélope daba para escribir un guión de una película del oeste, con sus héroes y villanos, sus leyendas y fracasos.

No faltó el sheriff, claro; un Manolo Fernández encargado de presentar a los protagonistas de una velada bautizada como La Noche Americana. Algún día tendremos que agradecer a este veterano locutor su apuesta sin rehenes por la música yankee en nuestro país, esa confianza ciega en que es posible seguir cabalgando a corriente. Sobre todo teniendo en cuenta dónde está situado su rancho. Con una Radio 3 convertida en coto privado de las hordas indies, Fernández representa los márgenes de la emisora, una verdad que, aunque personal, lleva estampada la prueba de cuarenta años emitiendo sin bajarse del caballo. Lección para aquellos cazadores de tendencias que se limitan a saltar de moda en moda.

Gracias a él surgen propuestas como la de Random Thinking, dúo gaditano que abrió esta segunda edición de La Noche Americana. A ellos les tocó bailar primero, con el handicap de la falta de público en el retrovisor. Lo suyo tiene mucho de buenas intenciones, de folk barnizado y costuras country. A pesar de que la falta de carretera termine por convertir su música en algo estéril, falto de pegada. Una versión del Can’t Let Go de Lucinda Williams se sumó al recuento de balas que dieron en la diana. También una composición propia titulada I’m A Woman You’re A Man en la que volvieron a recurrir a las enseñanzas de la Lousiana. Quizás fuera la falta de polvo en las botas, quizás la ausencia de riesgos por parte del guitarrista Ángel Pérez, al que le faltó presencia escénica y arrojo. Por suerte le acompañaba sobre las tablas su hermana Aurora, corazón de la formación, ritmo y fachada. Con Long Road, una de sus nuevas composiciones, el dúo demostró de lo que es capaz cuando dejan que el óxido y el barrio se cuelen entre las notas del pentagrama. Por desgracia aquel era su último cartucho antes de ceder el testigo.

Si Random Thinking cumplieron su papel de buenos de la película, pistoleros sin víctimas, The Soul Jacket representaron con fidelidad el libreto de forajidos de la noche. Desde el comienzo la banda impuso su ley bastarda a base de soul sureño y rock crepuscular, una propuesta a la que todo el mundo parece estar invitado. “No importa dónde estés, somos hermanos” entonaba su cantante en aquella representación de una iglesia de puertas abiertas. En el altar, Otis Redding y los Allman Brothers, el Neil Young más aventurero y los Black Crowes de cuando los hermanos Robinson acudían juntos a la cena familiar de Acción de Gracias. También Joe Cocker, que parece haber engendrado un hijo ilégitimo con Toño López, vocalista de The Soul Jacket.

Su papel como reverendo del pueblo tiene poco de santo y mucho de predicador. Cuando pregunta dónde está su dinero en Where’s My Money adopta formas de Robin Hood contra los bancos. “Ahora la ley me persigue como un perro, la misma ley que me echó de mi casa. No importa si me encuentran o empujan mi pecho contra el suelo, nunca romperán mi voz”. Imposible no imaginárselo hoy en día acompañando megáfono en mano a los desamparados y desdichados, a esa gente común a la que invoca en People con aquel estribillo festivo y rítmico. “Somos la gente, no nos digas lo que tenemos que ser”.

La plegaria llegaría a su éxtasis con Revolutionists, canción que abría el primer disco de la banda y en la que el gospel termina por incendiar el edificio. “Es hora de despertarse hermano, juntémonos, somos los revolucionarios”. Para que luego digan que la música americana es puro artificio, sonido cartón-piedra para nostálgicos. No encontrarán palabras más corajudas que las escupidas por Toño y sus secuaces de The Soul Jacket. Como aquella banda de vaqueros fuera de la ley que protagonizaba la película Grupo Salvaje, los gallegos saben que la revolución empieza por la amistad, por invitar a todos a esa fiesta del rock&soul sin prisioneros.

No resultó menos atrevido Manolo Fernández, que a la hora de presentar a Julián Maeso se acordó del IVA cultural y los promotores que se dejan la vida por la música en nuestro país, que apuestan por fórmulas que no llenan portadas ni atraen masas. Músicas que sólo llevan una verdad sencilla a cuestas. Equipaje ligero que, en el caso de Maeso, transporta un cuaderno lleno de preguntas. El toledano decidió hace un lustro comenzar una aventura en solitario tras media vida acompañando con sus teclados a gente como The Sunday Drivers o Quique González. De aquel viaje surgiría un primer disco triste pero con esperanza, de sueños perdidos y tono personal. Sin embargo, Maeso, criado en las huestes del soul y la camaradería, no podía seguir acarreando el luto durante mucho tiempo. Su reciente One Way Ticket To Saturn reivindica y celebra, cuestiona la camino oficial del éxito a base de rhythm&blues y rock negroide.

Su We Can Keep On Waiting On Waiting For Good Times To Come lleva la lucha en el título. It’s Been A Hard Day, uno de los pocos lamentos que el músico se permite en directo, suena menos a debilidad y más a respiro antes de la batalla. Al igual que I Must Have Been Dreaming, himno personal de un Maeso que ha terminado convirtiendo su periplo inidividual en metáfora de los tiempos que nos han tocado vivir. La congoja de sus primeras composiciones ha dado paso a la rabia y la electricidad. Verle subido a su órgano hammond mientras entona el Wild Horses de los Rolling es imaginarse a un chamán prendiendo una hoguera en las calles de Nueva Orleans. Escucharle cantando What About Sad John?, ligera aunque cargada de swing, es secarte las lágrimas y apretar los puños. Su música, a mitad de camino entre la marmita R&B de Dr. John y el sudor sureño de The Band, tiene poderes curativos. Enciende y alivia. Anuncia que los tiempos están cambiando cuando recupera el clásico A Change Is Gonna Come.

Por desgracia, el artista no recurrió en Madrid a su revisión del himno de Sam Cooke. Tampoco le hizo falta. Su A Hurricane Is Coming cumple una función similar. Sobre todo cuando uno se acuerda de aquellas palabras de aliento que el toledano dedicó a los refugiados que sufren la desidia europea. “¿Qué es eso que viene?” pregunta una y otra vez el cantante. “Un huracán”, responde con ayuda de su banda. Un vendaval en el que poco importa de dónde vengas o a dónde vayas. El eco de unas canciones que, aunque tengan denominación de origen americana, hablan de nuestro presente. Ya ven, la verdad no entiende de nacionalidades. Tampoco de estilos.