La Casa Azul, abriendo sus alas en Madrid

FYa desde antes de las 20:00 del 28 de marzo, hora a la que empezaba el concierto, la puerta de la sala Ochoymedio de Madrid aparecía ocupada por los fans más acérrimos de La Casa Azul. La impaciencia se hacía patente entre la cada vez más larga cola de personas que ahogaban sus ganas en cigarros y latas de cerveza preliminares, en comentarios de admiración al grupo y la constatación de que cada uno disponía de su entrada.

Ya dentro, y habiendo pasado a la pista, la llegada de La Casa Azul se hizo esperar una hora hasta las nueve pasadas, convirtiendo todo ese tiempo en un purgatorio; un espacio intermedio en el que la espera hiperbolizaba las ganas y el deseo de deleitarse por la brillantez del grupo.

Todo un público intergeneracional que buscaban un aspecto distinto de la larga y divergente estética del espectro efervescente, pop, electrónica e ingenuidad que Guillermo Milkyway ha explorado y sigue explorando desde el 97. Un público dócil, paciente, respetuoso y lleno de profunda devoción y agradecimiento, que nada más esbozo algunos silbidos de reclamo, y que, amparados bajo la admiración, entraron en euforia cuando el toldo fue abierto por una de las trabajadoras de la sala.

Dos estantes negros con pantallas, uno a cada lado, sobre los que estaban dos componentes del grupo que introducirían las instrumentales, y en frente de los estantes otros dos integrantes, justo debajo, con instrumentos analógicos, batería, guitarra y sintetizador. Detrás de ellos una pantalla panorámica que procesaría a lo largo del concierto todo el imaginario de la casa azul y cuyas imágenes se fusionaban con las que estaban acopladas a los estantes y generaban todo el paisaje y la atmósfera inmersiva.

Un espacio en el centro con un micrófono era rellenado segundos después por Guillermo Milyway y su keytar. Así quedaba configurado el espacio por el que el grupo desplegaría su puesta en escena y daría inicio a su gira de este año. La entrada de Guille suscitó elogios y reverencias y con ello se abrió el espectáculo de dos horas con el tema el momento de su último álbum La gran esfera, que apenas llevaba afuera una semana.

A todo esto, hay que destacar los dos trombistas que escondidos en un lateral hacían los arreglos sinfónicos de algunos temas como Hasta Perder el Control o La Revolución Sexual, entre otros. Mi máxima admiración a ellos que además aprovechaban los espacios sin tocar para bailar las composiciones. Remataban la escena como querubines en una estampa cristiana.

La puesta en escena de La Casa Azul desde el primer momento dejaba claro que el público constituye una parte fundamental a la hora de elaborar tanto el repertorio como la ejecución de las canciones. Las más emblemáticas de su producción, desde Galletas, Chicle Cosmos, No más myolastan, Superguay e incluso Cerca de Shibuya, fueron interpretadas y recibidas con la misma magia que aporta la novedad, haciendo pasar desapercibido los 42 minutos del último álbum que fueron interpretados con maestría, cariño y experiencia.

En el directo se intercalaban el frenetismo de las canciones, en toda su totalidad, con interpretaciones solistas a piano de Milkyway. Desde el descorazonador tema Yo también, que siempre consigue la más absoluta visceralidad y saca a flote la máxima melancolía de los primeros momentos del amor, desde la más pura consciencia de su fin, produciendo añoro y deseo hacía algo imposible y nocivo, pero que por su intensidad uno quiere volver a ello. Hasta Como un fan, acústico de nuevo en un formato sensible y cautivador que aterrizaba en el final del espectáculo.

Eso fue el directo, un vuelo constante hacia el fin, que navegaba por las regiones del espacio que Guillermo cartografía en su último álbum, por la suspensión de Nunca nadie pudo volar, que fue desde luego una de las mejores interpretaciones que jamás he presenciado en un directo de estas características, y el frenetismo del solo de Saturno (Todo Vuela).

La sensación de estar en un constante viaje por esa estética futurista y sci-fi pop, que mantiene en el último álbum, así como la efervescencia de su etapa inicial. Unido a la más absoluta catarsis que se produce al cantar junto con la casa azul sus letras de frustración, fracaso, identidad, conflictos, desamor, bajo el dinamismo de las instrumentales.

Es recordarlo y desde luego que siento un estupor inclasificable, y siguiendo la metáfora espacial, era como si en pleno vuelo espacial se estuviese alternando entre la despresurización de la nave y la gravedad. El paso de un estado a otro en el público es la prueba irrefutable de que Milkyway tuvo en cuenta a sus seguidores como una parte fundamental de la puesta en escena porque, tal y como se menciona en la reseña de la gran esfera en esta web, Guille es un chamán que conduce hacia lugares de histeria, melancolía y desenfreno.

Uno de los artistas que, al mirar este futuro pasado, no se podrán obviar en la escena musical, aunque insista en su anonimato y aunque se pasase todo el concierto agradeciendo a todos menos a él mismo que haya sido posible todo esto.

Las entradas se agotaron cuatro días después de que fuesen anunciados los conciertos del día 28 de marzo y 29 de marzo en la sala Ochoymedio. Esto es el grupo, música grande en escenarios pequeños, producción magistral desde la gran, pero independiente, Elefant Records.

Fotos: David Left

Escrito por
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