La Bien Querida, conmovedora en la Moby Dick

LA BIEN QUERIDA

Los discos de La Bien Querida son emocionantes (Como dice Jose: “Las letras del pop son la verdadera poesía española”). Y pasa otra cosa, o la amas o la odias. No es que justifique la inexistencia de la escala de grises pero, en este caso, funciona así.

Si bien es cierto que, la mayoría de las veces, es mejor ir a ver un concierto en el que se presenta disco. O no. Bueno, a veces sí es más repentino, más inquietante. Pero – y cada vez más – los discos caminan despacio. Y tanto por parte de los sellos como por los grupos, se edita a salto de mata y de  forma cautelosa y sutil. ¿Es mejor así? Qué importa. Es lo que ocurre ahora, y está bien. Quizá por eso sí que hayamos aprendido a apreciar de manera distinta, ya no la cantidad de canciones que se producen – aunque sea prolífica, aún en pequeñas dosis – sino el trato que damos a los cortes. La importancia de eso que antes sonaba a producto y ahora a historia.

Sí creo que hay una capacidad de empatía adquirida superior, a la hora de escuchar música hoy. E igual, para llenar la sala Moby Dick un jueves con un acústico de trabajos que llevan tiempo rodando. Pues sí. Pasa que con la sala llena y afirmaciones del tipo “quien haya pensado que íbamos a tocar con todo igual se lleva un chasco”, empezaba a abrirse el cajón de las canciones marca La Bien Querida.

Ana, además de presumir de un físico estupendo e incluso maternal, a pesar de esa imagen de distancia y malencarada que se le atribuye, es capaz de hacer que uno se emocione mientras – un poco sí – relata, paso por paso, la historia de nuestra vida.

Con esa dulzura, y – siempre – acompañada de David Rodríguez (Beef / La Estrella de David) hicieron sonar temas como Bendita, A Veces ni Eso, Ya No, Hoy, Sentido Común, Queridos Tamarindos, entre otras. Saben ese trocito en el que dice: “El día que te conocí llevabas todo el pelo alborotado, con esa cara de niño malo, me miraste de arriba abajo. Y dijiste que sí, que SÍ, que tú te venías conmigo”. Pues juraría que no quedó nadie sin los ojos empapados.

Con la misma atención que se le pondría a un disco recién salido del horno, pero conocedores de las letras y un poco movidos por esas historias próximas. Que, joder, a veces parecen clónicas, como nuestras vidas. Nos girábamos para salir a la lluvia del jueves por la noche como si caminásemos por el pasillo de casa del salón a la cama.

Lo nuevo no siempre es más conmovedor. Ese es el nivel.

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