James Rhodes y su piano de espigas

James Rhodes - Crazyminds.es

Si no has escuchado hablar de James Rhodes en el último año debes de vivir bajo tierra. Si es el caso, aunque en los refugios subterráneos no suele haber wifi y sería raro que me estuvieras leyendo, te pongo en situación:

James Rhodes es un pianista de música clásica que, siendo ya una celebrity en Reino Unido, se dio a conocer en España gracias a su autobiografía ‘Instrumental’, editada en España por Blackie Books. En ella relata cómo fue abusado sexualmente durante su infancia y cómo la música le salvó de la locura y la muerte.

En 2016, Rhodes ha dado varios conciertos en España, incluso ha formado parte del cartel de Sónar, aterrizando con su piano entre tanto ‘sinte’. En este año que acaba de comenzar sigue regalándonos ocasiones para acercarnos a él. Este domingo ha vuelto a la capital, al Circo Price, de la mano de la promotora Sold Out. Y ha conseguido el ídem, sin dejar un solo asiento libre en el teatro.

Hechas las presentaciones, formales y asépticas, todo lo que os diga del concierto no será suficiente.

Del piano de James crecen espigas – las de la ilustración que acompaña al merchandising de Blackie Books– , emanan melodías que rezuman tristeza y belleza a partes iguales. De sus manos, finas y elásticas, crecen sueños. Los sueños que cuando fue niño no pudo tener, los que se ha permitido de adulto y los que nos regala a todos los presentes.

La primera tecla que tocó sonó a eso de las 17.40h, momento al que, como buen extranjero, se refirió como ‘tonight’ y en el que el resto de madrileños se estarían echando la siesta. Los que estábamos refugiados en ese maravilloso teatro nos saltábamos la tradición de la cabezadita para dejarnos llevar hacia donde él quisiese, transportados a una especie de fantasía, como él mismo define a la música.

¡Y esa manera de presentar cada composición, de acercarnos a los más grandes de una música que se nos antoja algo lejana…!

Esa facilidad para conmover, terminar la partitura y dejar un silencio que da paso a los aplausos, levantarse del piano, como si nada, para seguir enamorando con sus formas. Tan carismático, tan de maestro de ceremonias de a pie, desprovisto de florituras y distancias propias del mundillo que él sabe que no hacen sino alejarnos de la esencia, de la música, que es la que al final tiene la respuesta a todo lo que no la tiene.

Su magia campechana y su forma de bromear van a juego con su sudadera de la universidad Chopin, sus vaqueros y sus zapatillas. Y luego vuelve a sentarse al piano, otra vez como si nada, para dedicarse a esa forma de comunicación en la que es único.

La sensación, al finalizar el repertorio, es de haber volado a miles de mundos sin haber salido de allí. La cabeza no sabe muy bien ni dónde ha estado, ha supuesto una especie de ensoñación.

Las voces críticas que se levantan contra James y le acusan de haber vendido su cruda y brutal historia con la finalidad de llegar a más gente deberían dejar su batalla y reconciliarse con personas como él, que solo buscan expandir los límites del arte, de la música, de la belleza. Sí, la mayoría estábamos allí por su libro, otros muchos quizá solo por el programa de Salvados. ¿Y? ¿Qué más da por qué vía le hayamos conocido si podemos disfrutar de algo que él ha sabido transmitir, en lugar de reservarlo a unos pocos?

No tiene uno delante a prodigios de la música como James Rhodes todos los días, no se disfruta tan a menudo de personas que consiguen canalizar tanto dolor y convertirlo en arte, en belleza, en fantasía.

Por eso, James, bendito el día en el que decidiste que tu pasión no podía quedarse encerrada en las cuatro paredes del sufrimiento ni estaba destinada solo a unos pocos eruditos.Bendito momento en el que, a través de tu piano, quisiste hacer del mundo un lugar mejor.

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