Festival Cruïlla (sábado, 6 de julio): De raíces, modernidad, y de la veracidad del mensaje

La segunda jornada dejó de coquetear con las apuestas del mundo indie y se centró en una oferta más “étnica”. Permitidme el uso de las comillas, porque con este término no pretendo simplificar de forma burda, cual sección de descartes de tienda de discos, la variedad de las propuestas: sirve, por una parte, para resumir la variada procedencia geográfica, cultural y musical; por otra, también para dar una orientación de cuál era el público mayoritario durante el sábado. Los asiduos del Primavera se dieron de baja, y su lugar lo tomaron los asistentes del Trash An’ Ready y aficionados al mestizaje. Entendidos, por un lado, y también, inevitablemente, quien acude más por pertenencia e identificación que por auténtica pasión por la música. Pero, al fin y al cabo, es un festival; todo es esperar que no te toque gente demasiado irrespetuosa al lado mientras intentas escuchar las sutilezas de la música maliense, balcánica o sureña.

El marfileño Tiken Jah Fakoly congregó una fiel parroquia que se contoneaba al cálido ritmo del reggae más reivindicativo. Y si bien la presencia de Fakoly sobre el escenario es imponente en su solemnidad, no es menos cierto que, a fuerza de repetir proclamas, la veracidad de la propuesta queda puesta en entredicho. Y ojo, que no lo estamos comparando con la pose buenrollista occidental, sino que intentamos situar el activismo naíf del cantante dentro del marco correspondiente, el musical. No es cierto que el reggae sea un género estancado; sin embargo, las continuas referencias a Bob Marley, la reiteración del mensaje y, sobre todo, esa naïveté que impregnaba de forma incómoda el repertorio provocaba cierto recelo, más allá del cimbreado ocasional y de la excelente ejecución sonora de la banda.

En las antípodas… No, eso de las antípodas no es cierto. En el otro extremo, si atendemos sólo a las coordenadas sentimentales, está el triunfador de la jornada, Goran Bregović y su Wedding and Funeral Band: con los pies bien arraigados en la tradición popular balcánica y con los ojos puestos en la heterodoxia, forjaron el que fue el  auténtico concierto destrozapiés y rompecinturas del Cruïlla. Y no por aferrarse a los ritmos más orgánicos, la fiesta gitana balcánica, el sonido estridente de los vientos desafinados y la urgencia tribal se desecha la denuncia o la reivindicación, como bien ejemplifican Kalašnjikov o el conmovedor himno partisano Bella Ciao. La catarsis de la guerra y el sinsentido de la violencia a través de la fiesta. Sí, no hace falta ponerse solemne para transmitir. Cabe destacar que la banda se olvidó en el último tramo de sutilezas y se dedicó a arrollar a base de energía desbocada y fiesta, mucha, muchísima fiesta. Y se aplicaron a base de bien.

Dado que Morcheeba eran los cabezas de cartel de facto de la jornada, su coincidencia dejó a la maliense Rokia Traoré con un público reducido en el escenario Time (picada de mosquito, picada de mosquito) Out. Mucho mejor, qué quieren que les diga: el petit comité era el mejor público (atento, susceptible de dejarse encandilar por la artista) para que la música de Traoré se desenvolviese con voluptuosidad, desplegando una delicada sensibilidad terrenal que olía a la exuberancia del continente negro, a arena, a sol, a sudor y a lágrimas, y también a amor y a esperanza, en una suerte de ceremonia animista-panteísta. La artista parece tocada por esos dioses terrenales: una voz bien templada, versátil y rica en matices, con un repertorio que bebe del soul y al que su forma de tocar y cantar de una personalidad luminosa, melancólica en ocasiones, pero luminosa como pocas. El largo y animista final de Tuit, tuit fraguó una comunión íntima, y con el aquí y el ahora, como afirmaba continuamente Traoré, que dejó al respetable con una sonrisa dibujada a fuego en el rostro.

Aunque, para seguir alimentando el fuego, lo mejor era meterse bajo la carpa del escenario El Periódico y bailar bajo los efectos del inflamado rockabilly de Los Mambo Jambo. Ortodoxia cincuentera, sí, pero disparada a bocajarro y sin contemplaciones. Sudor y pies en movimiento, la tribalidad occidental del baile y la catarsis blues-rock. Ni más, ni menos.

De vuelta al Time Out de los mosquitos, Trombone Shorty exhibió la exuberancia más jazzística/soulera/bluesera/hiphopera del festival, con permiso (en el caso del hip-hop) de Snoopy Dog. El de Nueva Orleans firmó un concierto impecable en el apartado técnico, demostrando su versatilidad y, sobre todo, su virtuosismo en los bronces. El cálido y bochornoso ambiente de Tremé pareció instalarse a orillas del Mediterráneo, aunque del jazz que se oye, se vive y reverbera en las calles sureñas poco quedaba bajo el batiburrillo de estilos que, sin solución de continuidad, se turnaban en la coctelera de Troy Andrews. Semejantes artificios potenciaban la espectacularidad y voluptuosidad del instrumento principal, pero como contrapartida dejaban el espíritu musical reducido a mera comparsa. Mucho estilo y poca sustancia.

Mientras, en el escenario Deezer, Fermín Muguruza demostró músculo rítmico y entrega, hollando de nuevo en los territorios, visitados reiteradamente, de la fusión del ska, el reggae y el Oi! La comunión entre público y artista funcionó aquí de forma un poco más, cómo decirlo, etílica; pero también había ese entendimiento tácito que bajo la superficie esconde la rutina, una rutina que mata la espontaneidad. Aun a pesar de la idoneidad de las proclamas (que no sólo discuto, sino que reivindico; quien se queja de la presencia de la política en la música olvida que cualquier acción en sociedad es un acto político) y la militancia de Muguruza, no acababan de sonar espontáneas. Personalmente, no se me ocurre nada que pueda ser más frustrante que creer en algo, militar en ello y no sonar convincente.

En las horas en las que la noche reinaba a sus anchas, a quien no le apeteciese bailar el reggaetón de Tego Calderón podía atreverse, por su riesgo y cuenta, a entrar en la carpa Estrella y dejarse azotar por la propuesta extremista/extrema de Tiger Menja Zebra. Un cruce peligroso entre el noise y el post-rock, muscular, agresivo y comprometido con la estética, con la búsqueda de un paradigma al otro lado de la muralla del sonido, un lugar donde el miedo y la belleza trasciendan y cabalguen al son del hijo bastardo de la guitarra y el sampler. Orgánico y escalofriante, bocado para paladares entrenados.

Dentro del amplio abanico de estilos presentado por el Cruïlla hay que señalar y aplaudir, aparte del coraje de presentar propuestas tan arriesgadas como la de Tiger Menja Zebra, la intachable calidad de casi todos los artistas presenciados. También el hecho de que la organización haya huido, de momento, del colosalismo de otros festivales, y no haya querido sacrificar la comodidad del espacio para rentabilizarlo más. Aparte de detalles menores que a buen seguro se pueden limar y mejorar (taquillas de tíckets para consumiciones, servicios escasos), hay que aplaudir la selección y el buen olfato de los programadores. Si mantienen la línea y siguen con los precios moderados, auguramos un futuro, cuanto menos, sostenible. Que no es poca cosa.

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