Día de la Música 2012 (I): el alma de Lee Fields y James Blake frente a la fiesta de Two Door Cinema Club

LEE FIELDS - DÍA DE LA MÚSICA

Fecha: 23 de Junio de 2012

Lugar: Matadero (Madrid)

A las seis de la tarde salía al escenario Lee Fields. Más de 25 grados marcaban los termómetros en las instalaciones del Matadero, algo que parecía importar poco al artista norteamericano que, a su edad, ya tiene el culo pelado. Después de cuatro décadas sobre las tablas el cantante más carismático del soul actual vive una segunda juventud. Discos como My World o el más reciente Faithfull Man han descubierto a los amantes de la música de raíz negra una de las voces más sugerentes y cálidas que se puede encontrar uno en las tiendas de discos. Su registro recuerda a Al Green (You’re The Right Kind Of Girl), pero también al James Brown más sabroso (Faithfull Man), aunque termina demostrando que tiene un regusto propio cuando se lanza a versionar ese Sunny que, con el sol en lo alto, suena a canto a la vida, a invitación al baile hasta el amanecer.

 

Suerte que todavía quedaba toda una tarde para mantener el ritmo. Finalizado el concierto de Mr. Fields nos acercamos a ver la última parte del set de St. Vincent. Y comprobamos por primera vez en la tarde que las Naves del Español van a convertirse en nuestra pesadilla en lo que resta de jornada. El sonido se cuelga del techo, mientras la guitarra de Annie Erin Clark lucha por salir del atolladero en el que se ha convertido su música. Puede que su concierto fuera uno de los más esperados en el Día de la Música (sobre todo después de que su último disco, Strange Mercy, engrosara muchas de las listas de lo mejor de 2011), sin embargo, el contexto terminó por comerse su garra. Quizás por ello la artista decidió finalizar su directo en lo más alto, lanzándose al público mientras interpretaba una última canción llena de fiereza. Sus espamos sobre el escenario bien merecen una segunda oportunidad.

 

El siguiente en nuestra lista de conciertos eran el grupo de Nottingham Tindersticks, sin embargo, un problema con su vuelo hizo que se retrasara su concierto, impidiendo que pudiéramos verles en acción. Una decepción que duró poco. Con cinco escenarios en el cartel es difícil aburrirse en el Día de la Música. Mientras asistimos a los últimos hits bailongos de Twin Shadow comienzan a llegar las primeras notas de JD McPherson desde el interior del Café Teatro. Su rhythm&blues elegante y de bajas revoluciones (33 1/3, para ser más exactos) consigue provocar unos cuantos bailes a costa de la vieja liturgia del rock. Todo lo contrario que Azealia Banks, bautizada como el hype del año, y que, a la misma hora, sube al escenario kilos de ritmo y poder negro, incluyendo a dos bailarinas que nos dejan con las ganas de tirarnos en una playa y disfrutar del verano. Lástima que la neoyorquina no sea más que una promesa en ciernes y que, tras cuarenta minutos sobre el escenario, se marchara sin más repertorio que aportar. Su álbum todavía tardará un tiempo en llegar a las tiendas, así que de momento tendremos que poner entre paréntesis su éxito.

 

Lo de James Blake parece sin embargo la carrera de un veterano a pesar de sus 23 años y atesorar un único LP en su discografía. Cierto es que su dub-step todavía se atraganta a ratos, que su propuesta merece un contexto de sala menuda, pero nadie puede quitarle el título de músico talentoso y de efervescente creatividad. Con la simple ayuda de un guitarrista y un batería, el artista es capaz de llevar al directo un sonido encrespado, rebelde, y a ratos lleno de alma. De puro soul futurista hecho con los mínimos elementos. Hasta se atreve a solas con el piano, en un alarde de sentimiento no muy habitual en un músico acostumbrado a mantener las distancias sobre el escenario. Una hora de concierto le bastó para que comprobáramos que el inglés es un tipo frío, aunque muchos nos hayamos arropado con su música en las gélidas noches de invierno.

 

Él dio el barniz experimental a un cartel que tenía su triunfo asegurado con Two Door Cinema Club. Los británicos tocaron todos y cada uno de sus hits. Hasta diez contiene su primer álbum, al que se añadieron también cuatro nuevas canciones que, a primera vista, parecen seguir en la senda del pop enérgico de Tourist History. No parece que de momento la presión del segundo álbum pese sobre estos tres chicos de Irlanda del Norte. Sobre el escenario se mueven como en el salón de su casa, repitiendo una y otra vez la misma fórmula hasta conseguir que el público entre en éxtasis. Su concierto en el Matadero podría haber sido de 10 si no hubieran decidido a los 45 minutos abandonar el escenario a pesar de que la organización les había reservado media hora más. Un coitus interruptus en toda regla, vaya.

 

Por desgracia The Raveonettes no pudieron llegar ni a eso. Las Naves del Español nos volvieron a impedir que disfrutáramos de uno de los conciertos que teníamos marcado en rojo en el cartel. Alguno comentaba a la salida que hacía tiempo que no asistía a un directo con tan mal sonido. Y nosotros no podíamos más que darle la razón, sobre todo teniendo en cuenta que fueron pocos los que aguantaron dentro del recinto donde se celebraba. La pareja comenzó suave, rozando poco a poco nuestros oídos, pero en cuanto sacaron su lado más fiero y rasposo el sonido comenzó a convertirse en un auténtico infierno para el público que, poco a poco, fue abandonando el foso. The Raveonettes lo intentaron incluso con un tema nuevo, pero el daño ya estaba hecho.

 

Mejor, aunque no por ello óptimos, sonaron La Caza Azul. Hay que reconocerle a Guille Milkyway el mérito de conseguir convertir todo lo que desprende caspa en nuestro país (Mecano, Parchís y, cómo no, Eurovisión), en algo cool, molón y bailable. Canciones como Red Lights o La Revolución Sexual son hits en toda regla, perfectos para una juerga de verano hasta las tantas de la madrugada o para cerrar una jornada de un festival. Incluso hay que reconocer que en estos tiempos que corren de seriedad y tragedia diaria nunca está de más una dosis de simpleza e inocencia. Sin embargo, musicalmente su banda deja mucho que desear. Sobre todo porque el recurso al sonido enlatado campa a sus anchas. Por tener, Milkyway tiene hasta pregrabadas las coreografías. Su espectáculo audiovisual da juego en un rato, pero transcurridos viente minutos, uno se da cuenta que detrás no hay nada. Nada de nada.

Escrito por
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