Crónica Novo Amor en Madrid (El Sol, 2019)

Delicadeza, cercanía, intimidad; emociones que más de uno sentimos probablemente al toparnos con Novo Amor el pasado miércoles en la Sala El Sol de Madrid. Allí retumbó ese falsetto característico ya de cierta corriente del indie folk actual –deudora de lo primero de Justin Vernon–, acompañado de melodías entretejidas entre guitarras, bajo, percusión, piano y violín, y de una timidez ante el público, que tampoco sorprende si uno se para a oír y entender lo introspectivo de sus letras.

“Soy Ali [Lacey]”, se despojaba de su pseudónimo en su primera intervención, unos cuantos temas tras haber entrado ya en materia de concierto; “el año pasado saqué un álbum titulado ‘Birthplace’, y supongo que he venido a presentarlo”, indicaba con cierta modestia ante vítores de un público que probablemente llevase años esperando su visita a nuestras tierras. Y es que, pese a estar en la escena desde hace 2014 y contar con casi tres millones de oyentes mensuales en Spotify, esta fue la primera visita del galés a España, que también contaría con conciertos en Valencia y Barcelona, este último con entradas agotadas.

El concierto rondó la veintena de canciones, mágicos destellos de lucidez folk, brillante, hilvanados a veces por silencios, otras veces por magníficas secciones instrumentales o por comentarios, entre lo awkward y lo cómico, del líder de esta formación.

Pero más allá de sus escuetos discursos, las melodías del galés y sus susurros vocales lograron envolver a los presentes, atentos, con la mirada fija hacia el escenario. O con los ojos cerrados, también sintiendo la procesión por dentro. Parejas abrazadas. Rostros sonrientes, cegados en ocasiones por la bellísima luz de los focos. Y labios que coreaban, de cuando en vez, esas melodías que se elevan hacia el éxtasis, o lemas como: I don’t need a friend, I won’t let it in“, en “Birthplace” o “I don’t know, I don’t Know, I don’t know” que se revuelve en “State Lines”, así como ese “Hardly anything, hardly anything works now“, en “Emigrate”. Letras bonitas, sentidas, que unos más que otros –nacionales y extranjeros– susurraban en trance.

Novo Amor no es solo música –que también– para hacerse un ovillo en la cama, con la luz tenue y dejar bullir los pensamientos. Sus sonidos pueden, por otra parte, servir para celebrar la luz de la vida, en comunión. Para bailar, incluso, y elevar los pies y los brazos, al son de las secciones más movidas de temas como “Utican”, “Sleepless” o “From Gold”, clásico ya en su discografía, que va de menos a más para estallar sobre un orquestrado final. O para emocionarse, en hermandad, cuando se va toda la banda y prácticamente Lacey canta a cappella, sobre un teclado, junto a Ed Tullett una versión extremadamente delicada de “Alps”, favorito personal; o con el inesperado, elegante solo de violín que sonó en “Seneca”.

También, en dos ocasiones, la formación rehuyó al falsetto que caracteriza a sus voces –en “Sleepless”, fue el mismo Lacey; y en “Terraform”, su compañero Tullett, a los coros y la guitarra– para ofrecer sorprendentes versiones más terrenales de estos temas.

En definitiva, una jornada memorable tan solo emborronada por dos motivos: la falta de teloneros –había ganas de volver a ver a Ordesa sobre ese escenario– y un fastidioso murmullo por parte del público, que por momentos retenía a uno en el plano terrenal cuando la música de Novo Amor incitaba, precisamente, a lo contrario.

Fotos: Noel Castro.

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