Crónica Kevin Morby en Madrid (Copérnico, 2019)

Que Kevin Morby gire por España no es cosa menor. El polifacético artista es uno de los nombres más prominentes de la escena indie más reciente, ya no sólo como antiguo miembro de Woods y The Babies, si no —y especialmente— por una carrera en solitario que, en los últimos seis años, le ha convertido en icono ya de la nueva americana. Su recién estrenado álbum “Oh My God” (Dead Oceans, 2019) es prueba de ello, aclamado por la crítica y apuntado como posible mejor disco del año. Catorce canciones magníficas, que rescatan elementos de la música espiritual norteamericana, el ragtime, el country para mezclarlos con el estilo propio de Morby y generar una auténtica liturgia musical en torno a la fe, la música y las historias de vida.

Por todo ello había gran expectación ante su concierto el pasado sábado 7 de julio en la Sala Copérnico de Madrid. Era su única cita en salas en España, tan solo un día tras su paso por el Vida Festival (Vilanova i la Geltrú) y a la que acudía despojado de su banda —esa que desborda sónicamente el álbum— para ofrecer una experiencia más íntima: una versión “al desnudo” de su último trabajo. Teclado, guitarra y voz fueron las herramientas con las que Morby emprendió esta hermosa tarea, acompañado en el escenario tan solo del músico Hermon Mehari, a la trompeta, y Katie Crutchfield (Waxahatchee), a los coros y segundas voces en algunos de los temas.

“Hoy no hay percusión. Somos solo vosotros y yo”, anunciaba Morby al público: “Así es como compuse las canciones. Yo solo, en mi salón, con mi traje”. Estaba ahí el germen de las canciones, su versión más pura y destilada. Y si parecía tarea titánica el trasladar la multi instrumentalidad del disco a sus raíces más primigenias, Morby sobresalió en ello, revelando una segunda e igual de bella faceta de ese “Oh My God”.

Tras el concierto de los teloneros Aaron Rux, el artista tejano comenzaba al teclado con esa entrañable melodía ragtime que atraviesa el primer tema (homónimo) del álbum. Todas las miradas estaban sobre el haz de luz que destacaba su figura sobre el escenario y, desde primera fila, se avistaban sus dedos temblorosos. Pero los nervios pronto fueron aplacados por el calor del público, que se sumaba a corear ese “Oh My Lord, Oh My God, Oh My Lord, Oh My God”.  

Siguieron, ya a la guitarra, algunas de las mejores canciones del álbum como ‘Hail Mary’, ‘Congratulations’, ‘Savannah’, ‘No Halo’ o ‘Piss River’. Concentrado y ya de pie, Morby oteaba el horizonte mientras declamaba las letras de las canciones, recorriendo de lado a lado con la mirada las dimensiones de la sala-barco madrileña. Acompañaba la trompeta de Mehari, para rellenar parte de las secciones instrumentales con solos sentidos y memorables. Y en canciones como ‘Beautiful Strangers’ —dedicada al público—, se subió Waxahatchee a cantar a dúo con Morby, en una interpretación sentida y suculenta. La cantante Katie Crutchfield y pareja del artista participó también en otros temas como ‘Dorothy’ o la ya conocida versión de ambos del ‘The Dark Don’t Hide It’ de Jason Molina (Magnolia Electric Co). Colaboraciones que hicieron de la noche un doble e inesperado regalo.

Otro de los momentos más bonitos tuvo lugar cuando Morby rescató de su anterior álbum el tema ‘Aboard My Train’ para cantar a cappella la primera estrofa: “I once loved a boy so smart and true / We would walk home everyday from the school / He’d say we could walk forever / How about just a little while / He would make me laugh like the devil / He would pick me like the child that I was”, comienza esta fábula costumbrista que mira al pasado, a la inocencia de la infancia, para llegar al presente comparando la vida con un viaje en tren. “I have seen, many places, many faces / All aboard my train”, canta más adelante. Y es que otra de las potencialidades de shows íntimos y acústicos es que invitan a percibir mejor las letras y concentrarse más en su significado. Esto, con Kevin Morby y canciones como esta, es un auténtico bálsamo de poesía y sentimiento que subraya su lado más trovadoresco frente al rocanrolero —que, no obstante, también se vislumbró en algún desmelenado pasaje de guitarra—.

Entre tema y tema, Morby aprovechaba para dar las gracias una y otra vez, pedir silencio en alguna ocasión o bromear sobre el ruido del aire acondicionado de la sala. El público, por su parte, se animó a corear las partes más reconocidas de sus nuevas canciones, pero no sería hasta que llegaron las viejas joyas que no se vendría arriba. Los vítores fueron notorios en ese “Pray for Paris / They cannot scare us” en ‘Beautiful Strangers’. También fue celebrado ese icónico “Cry, cry baby” que recorre el estribillo de ‘Crybaby’. O el tema que clausuró el concierto, con un ‘Harlem River’ que, hacia su cierre, enlazó con el estribillo de ‘City Music’.

Una velada memorable, hipnótica, especial, que descubrió una nueva cara de su quinto álbum y que hizo de esta experiencia una hora y media de sentimientos a flor de piel e interpretaciones que quedarán clavadas para siempre en la memoria de los presentes. ¡Larga vida a Kevin Morby!

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