Crónica Joan Baez en San Sebastián (Heineken Jazzaldia, 2019)

La donostiarra playa de Zurriola sintió este miércoles el peso de la historia, cuando la legendaria Joan Baez se subió puntual, a las 20:45 horas, al escenario gratuito del 54 Heineken Jazzaldia para dar comienzo a la fracción española de su gira de despedida. Por una última vez, la artista interpretó ante el público vasco canciones de toda una vida: sesenta años de una carrera que iniciaba a los 18 años —ahora tiene 78— en el festival folk de Newport de 1969. Un repertorio inundado de versiones que, endulzadas como solo ella sabe, apelaron a la memoria colectiva de un público ya entrado en años, donde los jóvenes —que también los había, atentos y ensimismados—, éramos la excepción.

Haciendo honor a su papel como ‘madre’ o ‘reina’ del folk revival de los sesenta, la cantante englobó en su repertorio himnos de muchos compañeros de profesión: covers de Bob Dylan —”Don’t Think Twice, It’s Alright”, “It Ain’t Me, Babe” o “Forever Young”—, John Lennon —”Imagine”—, Kristofferson y Foster —”Me And Bobby McGee”—, Leonard Cohen —”Suzanne”—, Earl Robinson — “Joe Hill”—, Woody Guthrie — “Deportee (Plane Wreck At Los Gatos)” y Paul Simon, cuyo “The Boxer” encandiló a toda la playa, coreando ese «Lay la la la, lay la la» mientras el sol comenzaba a ponerse en el horizonte.

Pero también hubo hueco para canciones tradicionales, como la emotiva “The House Of The Rising Sun”. Y aunque el folk, como no podía ser de otra manera, fue el sonido predominante, hubo hueco para juguetear con el gospel en “No More Auction Block”, o el espiritual “Ain’t Gonna Let Nobody Turn Me Around” —dedicado al movimiento feminista—, dos canciones del movimiento de derechos civiles en las que la instrumentación que acompañaba tuvo más protagonismo. Para esta última, se liberó de la guitarra e imbuída por el ritmo y la letra, se dejó llevar animando al público a dar palmas. Junto a Baez, sobre el escenario estaban su hijo, Gabriel Harris, a la percusión; Dirk Powell al piano, guitarra y contrabajo, y Grace Stumberg a los coros. Todos ellos haciendo un trabajo espectacular y cada uno ofreciendo solos memorables en algunos momentos de la actuación.

Joan Baez durante la interpretación de “Ain’t Gonna Let Nobody Gonna Turn Me Around”. Fotografía: Noel Castro.

El mayor homenaje al público llegaría con el himno vasco “Txoria Txori”, del poeta Mikel Laboa. Leyendo la letra de un atril que tenía preparado, Baez muchas veces tarareaba y dejaba al público hacerse con la letra: una nana que repite “Si le hubiera cortado las alas habría sido mío, no se me habría escapado / Pero así, habría dejado de ser pájaro. / Y yo lo que amaba era el pájaro”, un grito a la libertad individual y el respeto que arrancó vítores del público. «Eskerrik asko, Joan!», oí a escasos metros. Y es que desde su primera visita a Barcelona, en 1977, hasta hoy, Joan Baez siempre ha mostrado respetuosa y admiradora de la diversidad cultural y lingüística de las distintas regiones de España. Algo que no iba a ser distinto en esta última cena de regusto folk, cargada de emoción.

Un «We love you, Joan!», llegó a oídos de la cantante, quien replicó: “Sabéis que yo también os quiero». Es imposible no sentirse cerca de esta legendaria cantante, que a pesar de ser un mito andante siempre se ha mostrado cercana con sus seguidores y con las causas en las que defiende y colabora fervientemente. De sus temas propios, no podían faltar canciones como “Diamonds And Rust”, que sonó casi al principio y fue —como cabía esperar— una de las más bellas. También se coló una —la única— de su último álbum: “The President Sang Amazing Grace”, donde acompañada por el piano, Baez recuerda solemnemente a las víctimas del tiroteo en una iglesia de Charleston (Carolina del Sur, EE. UU.) en 2015. En ella se hace patente la evolución de la mítica voz de Baez, donde los gorgoritos y el vibrato de soprano han dejado paso a una voz grave, rasgada, curtida por el tiempo y la experiencia.

Otro clásico de su producción propia, “Here’s To You, Nicola And Bart” quedó para casi el final y sonó brevísima, aunque dejó igualmente un mágico momento en que el público tarareaba la melodía mientras el sol daba sus últimos destellos y las texturas de las nubes acompañaban con sus colores a la voz sentida de la cantante americana.

Con los pies descalzos sobre la arena, el público se mecía, alzaba los brazos o grababa con el móvil canciones históricas, sencillas pero profundamente conmovedoras. Eran conscientes de lo histórico del momento, y cada uno a su manera, quería guardarlo para siempre. Con especial calor fueron recibidos los tres temas en español del setlist: poco después de empezar sonaba “Llegó Con Tres Heridas”, sobre un poema de Miguel Hernández, pero hubo que esperar al final para que la cantante trajese con sus dos más conocidas en este idioma. Antes del primer bis llegó “Gracias A La Vida”, donde el agudo punzante del final ha dejado paso a una voz más grave pero igual de profunda. Y casi al final, en penúltimo lugar, sonó ese mítico “No Nos Moverán” con el que la cantante dejó su marca en la historia de la televisión española en 1977. Palmas, bailes, coros se repartían entre un público totalmente entregado en las primeras filas y las terrazas del Kursaal. Música para la comunión, el encuentro, el respeto, la esperanza.

Cumplidos los sesenta minutos y tras la versión de Violeta Parra, el concierto parecía haber llegado a su fin. «Hasta siempre», susurró alguien detrás mío. Un niño, encaramado a los hombros de su padre, alzaba el puño en un irreverente son de despedida. Pero el público no parecía preparado para despedirse de ella y al grito de «beste bat» (“otra otra”) convencieron a la cantante para volver a salir al escenario dos veces. Primero salió a grabarnos con el móvil y a cantar cuatro temas, como “Imagine” o “No Nos Moverán”. Luego, volvió a entonar “Dink’s Song (Fare The Well)” y despedirse con un «agur». Un dilatado aplauso, finalmente, dejó paso a la conmoción y la certeza de haber sentido el peso de la historia durante una hora y veinte minutos. Una sensación agridulce tanto para aquellos que vivieron su carrera de cerca, como para otros que, por herencia familiar, la descubrimos más tarde.

Yo, a mis 24 años no dejo de preguntarme si, a día de hoy, los jóvenes tenemos referentes de este tipo, o más bien si seguimos queriendo escuchar a artistas que miren a las formas del pasado y estremezcan las conciencias. Existir, existen: nombres como María Arnal, Nacho Vegas, Enric Montefusco o Silvia Pérez Cruz. La cuestión ahora es estar lo suficientemente alerta, entre las distracciones modernas, para atrapar los mensajes que, como la Baez más atemporal, estos artistas sueltan sobre las conciencias de nuestro país.


Fotografías: Noel Castro.

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