Crónica Eddie Vedder en Barcelona (Palau Sant Jordi, 2019)

En el documental PJ20 Stone Gossard declara molesto que Eddie Vedder llegó un momento en el que quiso convertir a Pearl Jam en Fugazi, su obsesión por ellos y lo poco que encajaba eso con la situación de la banda. Para alguien que pudo estrechar la mano con Ian Mackaye tras un concierto en lo que era la primera gira de The Evens, la distancia es abismal y comparto la estupefacción ante el planteamiento del vocalista nacido en Evanston, un suburbio cercano a Chicago. Dicho ésto, Eddie Vedder se presentaba en el Palau Sant Jordi, donde estuvo con su banda un año antes, e Ian acudió a una pequeña sala de 100 personas con su propio equipo y vendiendo él mismo sus discos a diez euros en mano con una sonrisa de oreja a oreja.

Los instantes previos fueron acumulando camisetas de Pearl Jam en los alrededores bajo los rayos de una incipiente ola de calor anteriormente llamada verano. Algunas del propio Ed, con los más variopintos diseños y acentos venidos de todo el planeta y canas. El precio no invitaba demasiado a la gente joven, para qué nos vamos a engañar. Cerveza en mano para aplacar el calor, sus fans deambulaban por los exteriores entre el chascarrillo, los nervios y lo anecdótico de la cita.

Sin carteles en los exteriores, únicamente un par de imágenes en la taquilla nos recordaban que si bien hace unas semanas era otro Ed (Sheeran) el que parapetado tras su guitarra llenaba un estadio, el 25 de Junio sería Vedder. Aquel que se colgaba de prácticamente cualquier estructura, el que visitaba la Ciudad Condal con un set basado en su voz, algunas guitarras e instrumentos de cuerda, la Red Limo String Quartet y el apoyo de Glen Hansard como telonero y en algunos temas.

El ambiente remaba a favor, claramente. El precio limitaba la posibilidad de que las personas que no sean verdaderas fans vayan y, alguien como él posee al menos un defensor en cada medio que solicite cubrir un evento de estas magnitudes. De ahí puede venir el descarado e irrespetuoso vacío con el que Glen Hansard ejecutó su cancionero ante apenas un quince por ciento de un Palau recortado esta vez hasta casi media pista. De hecho, increpó a algunos/as tardones/as entre tema y tema, con la sonrisa en el rostro. No olvidemos que Mr. Hansard proviene de Dublín, aunque no hay por qué ser tan educados/as con quienes no lo son.

Pese a eso, lo del irlandés fue una auténtica barbaridad: entrelazando temas al piano, sentir folk y sí, esa emotividad e intensidad que sobrepasó cualquier expectativa “loopeándose” en los finales con distorsión para crear una verdadera muralla de ruido con su acústica rozando el acople sobre la que su voz, cuando vuela alto, nos atravesó sin dejar rastro de heridas. Acompañado por Javier Más a la guitarra en los momentos en los que la improvisación y el blues lo favorecían y con algunos hits como el cinematográfico When yor minds made up, Glen nos puso la piel de gallina y apuntó a las soluciones de los conflictos.

Finalizó su akelarre dedicando su último tema a quienes nos habíamos acercado al principio mientras no podíamos sino mirarnos atónitos/as ante lo que este señor había planteado sobre el escenario. Una rajada de venas descarnada altruista sin filtro emocional que lo cohíba.

El río de “posers” iba recalando en sus asientos. La liturgia y el ensalzamiento de la obra y milagros de probablemente su cantante favorito que ya nunca escuchan pero que su cuenta de Instagram debía constatar estaba a punto de impregnar sus almas. Aquel que quiso ser Daltrey para después ser Young y que nos vende que quiere ser Ian está más cerca a estas alturas de Bruce o Bob que de los anteriormente mencionados. Porque Eddie parece que siempre ha huido de sí mismo, ya no sólo en aquella época en la que decidió no moverse del pie de micro cuando cogió la guitarra o en la firmaba los discos como Ed, sino también renegando en su carrera de aquello que se suponía que tenía que ser para escudarse en el discurso y/o referente de otros, siempre con cierta carga significativa con la poder desarrollar su perfil más “cercano”, concienciado y humanista. Sus ídolos, su coartada para no ser él.

Se hizo el silencio y la Red Limo String Quartet se colocó para abrir con Alive, una buena presentación que daba a entender lo que se venía. Su setlist sería de más de dos horas, un ejercicio de estilo basado en su carrera musical principalmente en su banda madre, pese a sus ya dos discos en solitario. Hasta catorce versiones de Pearl Jam pudimos escuchar en diferentes formatos (como canciones plenas, recortadas o insinuadas en el cuarteto de cuerda) y diez temas de otros compositores dejando en lo anecdótico la producción propia. Resulta chocante cuando en Madrid se autodefinió como esa persona que sólo compone canciones. Componer, componer… poco. Interpretar, maravillosamente, no lo dudamos. Y así lo vivimos.

Como es lógico, hubo numerosos momentos memorables. No faltaron sus rupturas de la cuarta pared: ofreciendo una copa de vino, recibiendo flores, saludando a los niños, saltando enmarañado o charlando en castellano. Hubo recuerdos a las ausencias (familiares en vida y de amigos desaparecidos), palmas (muchas palmas) y un sorprendente Palau enmudecido en demasiados momentos no sé si por desconocimiento o por shock, ya que en los momentos épicos se dejaron llevar hasta el éxtasis celebrando los recuerdos y la vida. Su repertorio dinámico llevaba a Eddie de la acústica a la mandolina y de la eléctrica al ukelele.

Así, rodeado de juguetes y con un equipo técnico vestido con batas blancas como las de los/as ingenieros/as de sonido del pasado, el público hervía curiosamente cada vez que él interactuaba o cuando se encendían las luces sobre ellos siendo iluminados. En esos momentos alzaban las manos al aire rodeados de cemento y el plástico de los asientos.

Si repensamos el concierto, en lo musical fue excelente y ha sido una suerte poder vivir algo así, pero el bueno de Eddie se ha vendido justo sobre lo que éste pregonaba que no se debía hacer: Ticketmaster, los precios de las entradas, los clichés del mainstream… y sí, ejerce como “parásito” de su propia banda al realizar esta gira en solitario basando su repertorio en las composiciones del grupo.

Sorprende que sus coetáneos o estén desaparecidos o bien estén relegados a planos mucho más discretos. No olvidemos que Melvins, Mudhoney, Kim de los Fastbacks, y otros muchos siguen en activo. Y él, paradigma de lo alternativo, gira por estadios y grandes festivales con su guitarra y las canciones de sus compañeros y otros en una especie de gran karaoke. Igual no es casual que la versión elegida de The Clash (Should I Stay Or Should I Go) sea de su época en la que vendieron el punk a lo comercial para alguien como él, que se ha declarado profundamente melómano y estudioso de la música en numerosas ocasiones.

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