Crónica de Big Thief en Madrid (2020, Joy Eslava)

Fotografía: Noel Castro

Un claro de luna se abrió ayer noche en el escenario de la Joy Eslava madrileña, y de otro planeta llegaron los cuatro integrantes de Big Thief —Adrianne Lenker, Buck Meek, Max Oleartchik y James Krivchenia—, como los niños perdidos de Peter Pan, a ofrecer una velada mágica para el público que se agolpaba —con cierta incomodidad— en los tres pisos del mítico teatro madrileño.

El símil con los niños perdidos se remonta —en mi cabeza— a su brutal directo de la KEXP del año pasado donde Oleartchik acudió vestido de lobo. «No es un disfraz, soy un lobo», contesta a la locutora en un momento. Entre esta transparencia que desprenden, casi inocente o infantil, y la madurez sangrante que trasluce su música y sus reflexiones, se genera un mundo único que hace de sus directos una auténtica oportunidad, con momentos tan verdaderos como el peculiar diálogo que mantuvieron entre ellos después de tocar Cattails, un tema con el que se sintieron raros. «En cada sala, con sus amplificadores y sus sistemas de sonido, es como empezar de cero», comentó Lenker en su única intervención extensa. Luego comenzaron a divagar sobre los amplificadores y su razón de ser en este mundo; sobre el silencio; sobre si Lenker entendió español esta mañana en el supermercado y a Buck le dijeron que «cuantas más lenguas sabes más humano eres» y, cuando parecía que iban a seguir tocando, Oleartchik de repente recordó una anécdota sobre una canción que le enseñaron de pequeño en español y que podría hablar sobre la cocaína. La escena parecía sacada de una sitcom, con las risas del público entremedias.

Cattails, no obstante, fue uno de los temas más agradecidos por el público. El fingerpicking de Lenker a la guitarra y los ritmos folk que inundan el tema embrujaron a los asistentes mientras la cantante declamaba esas letras pictóricas y sentidas, o se acercaba al resto de la formación para bailar y tocar la guitarra bajo los focos. Ese claro de luna donde, en cada sección instrumental, parecía formarse una auténtica foliada americana.

Pese a presentar tres temas nuevos o en proceso —uno de ellos lo tocaron a medias—, el concierto se construyó sin lugar a dudas sobre los grandes temas de la formación de Brooklyn, de esa prolífica discografía acumulada en pocos años. En From, con la voz delicada y elástica de Lenker, no pude evitar pensar en Kate Bush. En Shoulders, la desgarradora historia que declama —«And the blood of the man/ Who’s killing our mother with his hands ⁄ Is in me, it’s in me, in my veins»— trae lágrimas a los ojos. Paul funciona como un abrazo cálido y estremecedor.

Not, aclamada por muchos como una de las mejores canciones de 2019, reúne todos los ingredientes para deslumbrar en el directo. Los coros y juegos vocales de los cuatro miembros de la banda. La letra incesante y catárquica, sencilla pero cósmica, todopoderosa y coreada por el público. Ese ritmo hipnotizante, que incita al balanceo y poco a poco va creciendo hasta ese portentoso solo de Adrianne Lenker. Los solos de la artista —también en Contact, Real Love— dejan claro que ella es el corazón de Big Thief. Una posición que, todo sea dicho, lleva con absoluta humildad y que se beneficia del habilidoso colchón sonoro que gestan sus compañeros. Es increíble ver cómo suben y bajan de intensidad dentro de una misma canción, alcanzando casi el silencio o reventando en coloridas explosiones sónicas. Un control del volumen y la densidad que fascina en directo.

El concierto remató con Mary, ideal para este propósito. El tema es precioso y sentido, y el peso vuelve a recaer sobre la estelar voz de Lenker en su registro más delicado. La canción se construye desde el silencio, y poco a poco va emergiendo entre atmósferas tiernas, como una nana, para volver a sumergirse en él. El público esperaba un bis que no hubo, se encendieron las luces y salimos embelesados de ese bosque, de ese claro de luna, de ese País de Nunca Jamás.