Crónica Carmen Boza en Zaragoza: Una sonda con franela a la melancolía

Casi tres años exactos desde que Carmen Boza visitase Zaragoza por última vez, un concierto que tuvo lugar en el Teatro de la Estación y que estuvo incluido dentro de su gira de presentación de su primer trabajo titulado La Mansión de los Espejos. En esta ocasión volvió a la capital maña en formato trío, con el bagaje adquirido que genera el haber pasado por bastantes más salas e incluso festivales y con un segundo LP, La Caja Negra, publicado este mismo año.

Su segunda visita a la capital maña fue en Las Armas, uno de los mejores espacios musicales de Aragón. Y es que, personalmente aunque prácticamente todos los artistas que han pasado por este lugar opinan lo mismo, tiene ese nosequé que engancha. Probablemente una de las mejores definiciones de esta zona se pueda extraer de la propia protagonista del concierto, en el aire flota la calma y todo parece tan fácil. Aunque por su escenario han pasado todo tipo de estilos musicales, estos tipos de show tan intimistas logran crear un ambiente único que llega a impactar.

Uno de los aspectos que más se han visto potenciados últimamente, casualmente a la par del auge de las redes sociales, es la eterna dualidad y oposición. O estas a favor de una idea o estás totalmente en contra. O estás alegre o estás triste. O lo sabes todo o no sabes absolutamente nada. O tienes la razón o no la tienes. La lucha de contrastes parece que se ha convertido en la forma de actuación favorita de nuestra sociedad. Y en el caso de lo musical hay varios ejemplos que muestran todo ello a la perfección. Ir a festivales o ir a salas. Amar una banda u odiarla. En definitiva, actualmente parece que el punto medio es como la idea de “la última cerveza y me voy”, una auténtica utopía.

Como es lógico, estas posiciones tan aparentemente opuestas conllevan la prevalencia de una sobre la otra. ¿Por qué sigue sin estar bien visto en España ir a hablar con un psicólogo pero hemos normalizado el fingir la felicidad? Si esto segundo supusiese algo positivo no lo vería mal, pero en la mayoría de ocasiones tan sólo sirve como un túpido fondo de humo que intenta —sin lograr— solucionar nuestra verdaderas preocupaciones personales. Esta breve reflexión viene derivada de la escucha de los temas de Carmen Boza, quien refleja y argumenta a la perfección el hecho de convivir con la melancolía inherente a nuestra condición humana.

Quedó patente desde que Carmen Boza apareció. Acompañada de su guitarra y, en primera instancia, del libro Vivir, escribir de Annie Dillard. Una publicación de la cual leyó, a modo de prefacio, varios fragmentos y que ya indicaban que no estábamos asistiendo a un show de esos en los que las luces y colores ciegan todo lo demás. Eso no era un bolo más, era el intento de empatizar con el público de tal forma que éste saliese con algo diferente dentro de sí mismos. Idea que se acompañó gracias a las prácticamente inexistentes pausas entre canciones, ya que tan apenas hubo en pos de la música.

El inicio del concierto se basó en un repaso a la trayectoria de la cantautora, la cual defendió ella sola sobre las tablas temas como No Me Parezco, La Pena, Fugarme Contigo o Fiera. Después entraron Pedro a la batería y Estefanía al bajo, convirtiéndose el escenario en una proyección más potente de esa concreta realidad. Culpa y Castigo, Octubre, Desconocidos y Sin Salida supusieron la conexión entre las publicaciones de años anteriores y el presente. Intro, Dámelo, Esparto, Mantra, Astillas, Vida Moderna, Poetas, Mentiras de Verdad y Gran Hermano. Es decir, La Caja Negra al completo.

Pero no todo se resume en eso, ya que antes de interpretar Gran Hermano hubo un nuevo momento de lectura. En este caso el libro fue 1984 de George Orwell —curiosamente en Aragón puedes visitar la ruta, con trincheras incluidas, del paso del autor durante la Guerra Civil española— y que, aunque la propia letra de este single ya es bastante explícita, terminó de redondear una contextualización a un evento en el que lo musical tan sólo fue un medio en vez de un fin. Que realmente es lo que debería ser la música, aunque parece que a veces se nos olvida.

Y aún hubo tiempo para más. Una vez que los tres integrantes de la formación se habían despedido —aunque alguno fue un poco reticente a eso de agacharse y optó por saludar de forma más tradicional— y ya daban por clausurado el concierto, el público pidió otro tema y Carmen Boza aceptó la propuesta. Después de repetir varias veces su admiración y dejando clara su admiración, interpretó Tangos de la Sultana de Camarón de la Isla. El momento más coreado, ya que durante la casi hora y media anterior el clima del público respiraba un respeto tan absoluto —tan apenas se escuchó a la gente hablando durante el concierto— y embelesamiento que tan sólo se escucharon cuatro cosas: la batería, el bajo, la guitarra y la voz de Carmen.

En mi opinión, sería demasiado reduccionista hacer una crónica de un concierto de estas características sin haber realizado una breve contextualización reflexiva como he hecho al inicio. La Caja Negra (2018), La Mansión de los Espejos (2015) y todos sus temas publicados en Youtube —único sitio donde pueden escucharse— tienen un trasfondo y forma de expresión que no sólo se puede valorar por la cantidad de público asistente o por el uso en mayor o menor medida de parafernalia empleada durante el concierto. Dos ideas que se encuentran cada vez más en el pensamiento colectivo debido a eventos como los festivales o los shows de estadios. Aspecto que, si no dejamos de lado los directos en salas, no tiene por qué ser excluyente sino complementario. En este caso específico, la actuación de Carmen Boza resultó ser una sonda de franela, canciones que intentan clavarse en tu piel para recorrer tu sangre y devolverte esa sensación a tu mente de que la melancolía no sólo tiene que ser fría sino que también puede calentarte cual pijama.

He tenido la oportunidad de ver a Carmen Boza este mismo año en un festival —el Polifonik Sound este pasado verano—y en una sala, siendo cada una de éstas una situación diferente. Cambia la duración, la elección de canciones, el perfil del público asistente… cada momento tiene su halo. Sin embargo, a pesar de que yo sí intento colocarme en ese punto medio entre los festivales y las salas, es en estos segundos lugares donde termino conectando y asombrándome verdaderamente con la calidad musical que tenemos en nuestro país. Lo que sí que hay que dejar claro es que no podemos olvidarnos de que la vida de la sensación es codicia y exigencia, una religión de la avaricia a la que, al fin y al cabo, tenemos la suerte —todavía— de poder rezar a través de, entre otras formas, asistir y disfruta de la música en directo.

Escrito por
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