Crónica Buffalo Tom en Madrid (Teatro Barceló, 2019)

Conciertos Crónica Buffalo Tom en Madrid (Teatro Barceló, 2019)

A ningún seguidor de Buffalo Tom se le escapó el año pasado que ‘Quiet & Peace’, último disco de la banda, es una obra tan digna y defendible como, en honor a su título: reposada, distendida, alejada de la pasión y el ímpetu  que dominan algunos de sus grandes álbumes, principalmente el magistral ‘Let Me Come Over’. El consiguiente presagio de que la puesta en escena actual de Buffalo Tom seguiría por esos derroteros más pausados y reflexivos era inevitable.

El ambiente, algo desangelado, del Teatro Barceló en los prolegómenos de la actuación tampoco contribuían a redoblar el optimismo. Hasta que Bill Janovitz, Chris Colbourn y Tom Maginnis salieron a escena, engrasaron la maquinaria con la maravillosa “Summer” y, renglón seguido, dejaron al respetable —ya más nutrido una vez iniciado el concierto— con la boca abierta durante la explosiva ejecución de “Treehouse”.

En escasos minutos, y sin teloneros — ni falta que les hacían,— habían cambiado la cara y el talante al público, creado una sinergia inmediata entre músicos y asistentes y elevado la temperatura atmosférica hasta romper el termómetro. Cosas de elegidos, de músicos verdaderamente diferenciales.

Y en esta banda, sin desdeñar la impecable base rítmica de Chris Colbourn y Tom Maginnis, ese honor recae en Bill Janovitz. Cantante, guitarrista, líder absoluto de la formación de Boston y, además, un auténtico torbellino de energía, intensidad y compromiso sobre las tablas. En estos tiempos de música pujante en los medios tan desnatada e inofensiva, una auténtica bendición. Una encomiable rareza.

Que el concierto había empezado como un tiro, a caballo ganador, sin concesiones a innecesarios experimentos de setlist, lo confirmaron a continuación “Mineral”, “Sodajerk” y una conmovedora e inolvidable “Larry”, tal vez la cima de la actuación. Exaltadas y sentidísimas las tres, por momentos uno parecía poder remontarse un cuarto de siglo atrás, cuando bandas como la protagonista de estas líneas (o Soul Asylum, Cracker o Stone Temple Pilots, entre muchas otras de talante y nivel afín) ofrecían una mixtura de registros e influencias dentro del rock alternativo verdaderamente refrescante. Y, a su vez, integraban magníficamente el sonido y la épica del grunge en su personal repertorio, con más pericia y menos emulación de las que probablemente se predicara en su momento.

Esta recta inicial tan explosiva y trufada de canciones referenciales parecía abocada a languidecer con el paso de los minutos. Y algo de eso sucedió, pero en menor medida de la esperado. Es cierto que el repertorio se dispersó y bajó algo de revoluciones. Que “Taillights Fade”, tal vez la canción más redonda que jamás hayan escrito, no sonó del todo bien y sí algo caótica, pero trallazos guitarreros como “Tangerine”gemas melódicas como “I’m Allowed” o exquisiteces como “Late At Night” (la canción más hermosa e inspirada que interpretó el bajista Colbourn a lo largo de toda la velada) mantuvieron un más que notable nivel.

Hasta un final que volvió a marcar la diferencia y a confirmar que nos encontrábamos ante uno de los conciertos más especiales del año: un segundo bis diseñado por el público. Así, atendiendo sendas peticiones de enfervorizado fans que copaban las primeras filas (“Stymied”, por desgracia, fue amablemente declinada), “Porchlight” y “Freckles”, no previstas en el repertorio inicial, pusieron la deliciosa e inesperada guinda a un concierto magnífico de una banda reivindicable hace tres décadas. Y, visto lo visto, absolutamente ejemplar en la actualidad.