Bonnie “Prince” Billy: La delicada crudeza de la sinceridad

BONNIE PRINCE BILLY

Fecha: 27 de octubre del 2011

Lugar: Casino de l’Aliança del Poble Nou (Barcelona)

 

Cuesta despojarse de la ropa y posar desnudo ante tus semejantes. La primera sensación que acude, inculcada por nuestra educación, es la vergüenza. Cuesta deshacerse de los tontos prejuicios que llevamos a cuestas y reconocer que te estás ofreciendo tal cual eres: la vergüenza no deja de ser un estorbo que entorpece la comunicación y que distorsiona la realidad, y que nos empuja rápidamente a arroparnos, a escondernos, a ocultar nuestra esencia con mentiras e imposturas. Y quien dice el cuerpo dice el alma; no en pocas ocasiones nos encontramos con artistas que pretenden, quieren, necesitan comunicarse (de eso va el arte, a fin de cuentas), y nos encontramos con bonitos, o no tan bonitos, artefactos de aspecto en ocasiones seductor, pero que al final no convencen.

Por eso resulta toda una gozada encontrarse sobre el escenario a un cantautor que ha realizado un largo recorrido hurgando en esos recovecos recónditos del corazón para, desde la sinceridad desnuda del folk, narrar historias brutalmente honradas. Quizá no haya nada más bello que el contraste entre las melodías de estructura clásica y arreglos preciosistas de sus últimos trabajos y las historias descarnadas de amores malditos, de amores insatisfechos, de frustraciones y de soledad hiriente, que ni ese dios al que tanto apela en sus letras puede hacer nada más que contemplarlas desde su trono de demiurgo indiferente à la Philip K. Dick.

Oldham se presentó en el teatro del Casino l’Aliança del Poblenou vestido con un impoluto traje negro de dos piezas, camisa blanca y arropado por una banda simplemente soberbia; toda una gozada para el oído, y el complemento ideal de Bonnie “Prince” para desgranar algunas de las piezas del reciente Wolfroy Goes to Town, y repasar el repertorio del estadounidense sin dejarse prácticamente ningún disco, desde el Pushkin de Palace Brothers hasta un extenso recordatorio del penúltimo The Wonder Show of the World. Tras la frustrante actuación de El Hijo (un grupo con pretensiones, en el buen sentido de la palabra, pero que se traban al querer arroparse con una originalidad melódica y discursiva dirigida más a impactar que no a comunicar), la (engañosa) ingenuidad del de Louisville, esa desnudez sin condiciones y sin concesiones caló rápidamente en un público con ganas de conectar con ese narrador de lírica desgarrada, sonrisa de loco, contorsiones imposibles y mirada de genio bonachón. Arrancó con las canciones más country de su último trabajo, Quail and Dumpling y No Match, alternadas con visitas a The Letting Go (Love Comes to Me) y Beware (I Don’t Belong to Anyone): medios tiempos cálidos que encontraban en el teatro del Casino de l’Aliança el lugar ideal para expandirse y brillar con todos los matices. Oldham alabó más adelante la elección de la sala por parte de la organización (un espacio que esperemos se consolide dentro del circuito de salas de conciertos; su acústica raya en la perfección, como se pudo reafirmar al día siguiente con Mogwai, con un nivel de decibelios dos cifras por encima), y supo exprimir sus posibilidades al máximo. Beast for Thee y Teach Me to Bear You sonaron gloriosas, y I See a Darkness, íntima, bella y profundamente dolorosa.

Esta canción marcó un punto de inflexión en el recital: el público pasó de la actitud reverente a la entrega incondicional, y Billy/Oldham se mostró más relajado aún si cabe: muy poco expresivo hasta aquel momento fuera de las canciones, empezó a departir con el respetable como si fuese un grupo de amigos al que hubiese invitado al salón de su casa. Incluso a la hora de presentar a la banda (guitarra, vocalista, teclados, contrabajo y batería) solicitó el nombre de dos asistentes entre el público, Jordi y Mireia (lo siento, chicos, estabais justo delante de mí), a los que también presentó a la banda y al resto de presentes, y a los que incluyó en una estrofa improvisada de Pack Up Your Sorrows. Una entrada en falso en After I Made Love to You, otro de los momentos más íntimos del repertorio, provocó risas de complicidad entre la banda y el público, y no importaba, porque todo formaba parte del contrato tácito que Oldham y los asistentes habían firmado.

Tras un primer bis con Master and Everyone, de sobras cumplidas las dos horas de recital, Oldham pidió que se cerrasen las puertas del teatro “para no molestar a los vecinos y nos echen de aquí”, Bonnie “Prince”, el guitarra y la vocalista se adelantaron al proscenio para cantar a viva voz las dos últimas canciones; el broche lo puso I Called You Back, con Bonnie “Prince” alejándose por el pasillo de la platea y llamando a la vocalista para que lo siguiese. Un cierre emotivo para un concierto en el que el alma desnuda de Oldham maravilló al público llenando el teatro de l’Aliança de la melancolía y la belleza de la sinceridad.

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