Recomendamos… Wakolda. En la frontera del terror

Una familia argentina recorre su país persiguiendo el sueño de reflotar una hostería que poseen en la Patagonia por herencia. En su camino se cruzan con un médico alemán que también transita por el país. Lo que empieza como un encuentro casual, capricho del destino, se convierte en una convivencia de varios meses. El médico prolonga su alojamiento en la hostería porque quiere hacer crecer a la niña de la familia, centímetros más baja de lo que debería ser por edad, con inyecciones que tratarán de cambiar su genética. La niña, en plena adolescencia y batalla hormonal, y atraída por el médico, no se opondrá. Pero ella no decide, todo depende de sus padres, quienes desconfían del alemán desde el principio. El médico no cederá en su empeño y hará caer esas barreras seduciéndolos con sus conocimientos y sus proyectos de futuro. Todo parece marchar. Todos han caído a sus pies. Todos, no. Una fotógrafa del pueblo conoce la verdadera identidad del médico. Se trata de Josef Mengele, un tipo que se ganó la vida experimentando genéticamente con humanos en la población polaca de Oświęcim (localidad conocida histórica y mundialmente por su nombre en alemán: Auschwitz). Estamos ante un criminal de guerra nazi.


La película
Wakolda, escrita a partir de una novela de la propia directora, nos sitúa ante aquello que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal, lanzándonos a la cara al mismo tiempo la duda de si nosotros, en el lugar de esa familia, hubiéramos denegado el alojamiento a este médico de buena presencia. Y es ese juego entre forma y fondo el que puebla esta película.

Por un lado (la) Argentina, tierra de gran belleza que se convirtió en el territorio por el que huían de la Justicia miembros de la Alemania Nazi, el sumidero por el que se fue evacuando parte de lo más abyecto y repugnante de la Humanidad. Ese contraste también se vive en la familia que acoge a Mengele, que a pesar de la apariencia de cordialidad y unidad iniciales, vive una contradicción entre la posición favorable de la madre, de educación alemana; y la oposición del padre, que recela de las prácticas médicas del visitante. Y por último en el propio Mengele (interpretado por un majestuoso Álex Brendemühl), el médico que propone crecimiento a la niña, ofrece negocios al padre, y ayuda a la madre en el parto de los gemelos, como sanitario que es; pero que se sirve de la convivencia para estudiarles y seguir con la alquimia de los cromosomas que le hizo tan famoso entre los dementes que le seguían a pies juntillas por el corazón de Europa.

 

Todo en la película está poblado de esta polarización. Y es en ese terreno de la ambigüedad, del doble mensaje y la manipulación de las palabras, donde mejor se mueven todos estos movimientos liberticidas y genocidas. Por ello la película también puede servir como advertencia hacia el futuro: Si esa familia sucumbió ante un Criminal de Guerra con pose de médico experimentado, ¿por qué no ibas a sucumbir tú? Me parece un mensaje acertado en estos tiempos de crisis (en todas sus acepciones) en los que cualquiera puede coger un megáfono, y tratar de hipnotizarnos, para después guiarnos hacia el abismo. Ya nos ha pasado varias veces, y puede volver a pasar. No somos más listos que aquellos alemanes de los años treinta, por mucho que tengamos cuentas de Twitter.

Lucía Puenzo, ganadora del Goya con XXY, consigue una bella puesta en escena con un significado perturbador, una narrativa austera con un mensaje profundo. Consigue terror desde la lírica.

No nos muestra el lado humano de Josef Mengele, sino a un criminal que huye y trata de camuflarse. No es una familia cómplice, son personas que encuentran atajos para alcanzar sus sueños. No estamos ante un documental sobre la Patagonia, es la radiografía de nuestros miedos y fantasmas.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10

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