Una familia de Tokio vs Cuentos de Tokio: remake de un mito del cine

Pasados sesenta años del estreno del buque insignia de la obra de Yasujirō Ozu, Tokio monogatari (1953), una de las películas más veneradas de la historia del cine, el director japonés Yôji Yamada (El ocaso del samurái, La espada oculta, Love & honor) ha querido homenajear a su compatriota con un remake de título ligeramente diferente, Una familia de Tokio.

No puede afirmarse que la revisión de este clásico sea sólo ‘ligeramente diferente’, como ocurre con el título. Seis décadas es demasiado tiempo. Demasiados cambios. Es cierto que la admiración de Yamada por Ozu es patente, y esto se refleja sobre todo en lo relacionado con la puesta en escena. La verticalidad de la imagen, la cámara posicionada a la altura del tatami o el constante subir y bajar escaleras, son señas de identidad que no se pierden en la nueva versión. Algunos planos y escenas son casi calcados (aunque lógicamente en color y con un paisaje urbano contemporáneo distinto). El esfuerzo del realizador, en este sentido, es admirable.

El remake también se ve beneficiado por el hecho de que Cuentos de Tokio trate un tema sin fecha de caducidad, imperecedero. Lo mismo en el Japón de posguerra de los 50s que en el posterior a Fukushima, un argumento sobre la fragmentación y el deterioro de la institución familiar asentado en el egoísmo de los hijos adultos, sigue siendo perfectamente plausible.

La introducción de un nuevo personaje, el tercer hijo del matrimonio Hirayama, un joven díscolo e irresponsable que acaba acaparando demasiado protagonismo, supone uno de los mayores cambios entre ambas historias. Este personaje sirve para introducir un nuevo punto de vista, el de la frustración por el no cumplimiento de las expectativas paternas. El tantas veces repetido conflicto del hijo resentido por la incomprensión del padre, ocupa en Una familia de Tokio un puesto destacado. Y es precisamente en el tratamiento de este tema, donde Yamada se deja llevar más por el sentimentalismo fácil. Esta elección le aleja del estilo de Ozu, de una dirección de actores más sutil y del comedimiento de los momentos dramáticos, una de las muchas virtudes del fallecido cineasta.

La otra gran variación se refiere al cambio del paisaje nipón. El Japón inmediatamente posterior a la II Guerra Mundial era todavía un territorio semiaislado con una cultura completamente diferente a la del resto del mundo. El Tokio actual que presenta Yamada poco tiene que ver con el otro. No sólo por la apertura a occidente, visible en acciones como conducir un Fiat Cinquecento, comer con cuchillo y tenedor o despedirse con un ‘bye bye’. También la modernización tecnológica e industrial contrasta con la evocación melancólica a rituales y situaciones tradicionales. No acaba de quedar claro si el panorama que vemos es el real, o es una construcción de la mente del director en su afán por homenajear a Ozu.

No puede negarse que el resultado en bruto de la película de Yamada es bastante digno. Pero si se analiza comparativamente, la cosa cambia. La autenticidad, la originalidad, el equilibrio, la pertinencia… poco tiene que hacer Una familia de Tokio respecto a su predecesora. Y no sólo en este caso concreto, lo mismo puede extrapolarse a la inmensa mayoría de remakes de la historia. ¿Qué necesidad hay de repetir una obra maestra?

Siguiendo la premisa de “no hables si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio”, ¿para qué adaptar una película si no se es capaz de mejorarla? En el cine existen muchas maneras de homenajear y puede que el remake sea una de las peores. 

Una Familia de Tokio

 

Cuentos de Tokio

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