Una cuestión de tiempo de Richard Curtis

El director Richard Curtis, creador de las inolvidables Cuatro bodas y un funeral (1994), Notting Hill (1999) y Love Actually (2003), regresa con Una cuestión de tiempo (About time). La historia comienza cuando el joven Tim Lake (Domhnall Gleeson) es informado por su padre (Bill Nighy) de que, al igual que el resto de varones de su familia, puede viajar hacia atrás en el tiempo y cambiar el pasado. Tim decide utilizar su poder para encontrar el amor y ayudar a sus seres queridos, aunque todo se complica cuando conoce a la mujer de sus sueños, Mary (Rachel McAdams). Obsesionado por mejorar todas y cada una de sus acciones, Tim acabará descubriendo el encanto que reside en los errores que cometemos y en los imprevistos del día a día.

Son numerosos en la historia del cine los filmes que han recurrido a un elemento tan propio de la ciencia ficción como los viajes en el tiempo para terminar reflexionando sobre por qué cada día de nuestra vida, incluso el más desafortunado, es único. Si el protagonista de Atrapado en el tiempo (1993) era “obligado” a vivir una y otra vez el mismo Día de la marmota hasta poder apreciarlo, el personaje principal de Una cuestión de tiempo repetirá por voluntad propia algunos de los días de su “cotidiana y ordinaria” vida tan sólo para disfrutar de esos pequeños detalles que demuestran que vivir es bello pero que desgraciadamente siempre pasamos por alto. Y debemos ser la especie más cabezona del universo, ya que si no se seguirían haciendo estas películas para recordárnoslo una y otra vez.

Lo último de Curtis nos ofrece un casting acertado – nada mejor que la entrañable pareja que hacen Gleeson y McAdams para encarnar esa emoción frente a la vida que el autor quiso transmitir– pero el guión no aporta nada fresco a esta especie de subgénero que suponen las comedias con tintes de cine fantástico. De hecho, es una lástima que el director haya decidido retirarse de la dirección justo después de realizar esta cinta, ya que a diferencia de las anteriores, a las que no les hacía falta ninguna premisa sobrenatural como desencadenante de la acción, no dejará huella en el imaginario romántico colectivo – y hasta navideño en el caso de Love actually – que tanto tenía que deber a los guiones de Curtis o a alguno de sus actores fetiche como Hugh Grant.

Obviamente, tampoco se le puede exigir una lógica al funcionamiento de los viajes. Uno de los momentos más incómodos del filme es cuando Bill Nighy – que, por cierto, me sigue encajando en cualquier papel menos en el de padre de familia y lector acérrimo de Dickens – explica a su hijo una de las reglas sobre los regresos al pasado, resultando así imposible seguir con nuestra suspensión de la incredulidad que como espectadores hemos activado desde que nos metimos en la sala de cine. La película desde luego acierta más si no entra a detallar la mecánica de esos viajes y se centra en el que según el realizador británico es el objetivo de todas sus cintas: hablar sobre “la gente que se enamora y quiere a sus familias”. Por supuesto, lo que se le critica siempre a dicha encomiable tarea es que la historia real de esa gente se ve tan edulcorada en pantalla que esas familias dejan de ser reales. No obstante, podemos pensar que ello no deja de tener valor, en concreto, el de la sonrisa con la que saldrán de la sala y la nueva convicción de que se casarían con un pelirrojo, a pesar de su pigmentación capilar, tan adorable como el de la película. Al fin y al cabo, también a todos nos apetece de vez en cuando una amable película con la que pasar la tarde del domingo.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 6,5/10

Más de Paloma González

Kick Ass 2

Más allá de su traducción literal como el pateador de culos, Kick-Ass significa...
Leer más