Truman: La sublimidad como epílogo

La vida es una lucha que libramos segundo a segundo. Cada segundo deberíamos celebrar que hemos vencido a la muerte. Eso sí, sin relajarse, porque no es una victoria definitiva, debemos revalidarla segundo a segundo. Pero habrá un día, y una hora, en que esa batalla la ganará la muerte. Y esa sí será una victoria perenne, sin partido de vuelta. Asumimos este principio, como asumimos también, que a pesar de no tener fecha de caducidad, los mayores deben morir antes que los jóvenes, los enfermos antes que los sanos, y los padres antes que los hijos. Cualquier alteración de este orden, supone un trauma, un duelo mayor, un desgarro en el alma. La vida es como uno de esos relojes movidos por un péndulo que oscila de un lado a otro evitando quedarse quieto. Y Truman, la sexta película (en solitario) de Cesc Gay, también lo es.

Tomás vive en Canadá. Una mañana coge un avión y se viene a Madrid cuatro días. La brevedad del viaje no se entiende por su distancia, pero sí por el motivo. Viene a ver a Julián, su mejor amigo, con el que compartió piso y hazañas, y al que un cáncer de pulmón se va a llevar por delante en breve. Julián es un actor con un hijo viviendo en Ámsterdam, una prima haciendo de secretaria, un perro como acompañante y sin más dinero que el que cabe en una caja de galletas, y que su gesto apunta que es muy poco.

Ha decidido no seguir el tratamiento, enfrentarse a la muerte, y que el cáncer redacte y firme la capitulación por su cuenta. Mientras llega el momento, Julián se dedicará a escribir el epílogo de su vida. Y cuatro de esas hojas narrarán los días que pasa con Tomás.

Esta es la historia que con la misma sencillez que perfección cuenta Truman, la película mejor pensada, escrita, dialogada e interpretada de los últimos años de nuestra cinematografía.

Porque no es pensar lo que se cuenta, es pensar lo que se cuenta, y también lo que no se cuenta pero se sugiere en una frase, en un silencio, en una sonrisa, en un abrazo. Abrazos que se te clavan en el costado como una lanza romana. No es escribir los últimos momentos de un hombre, es escribirlo sin caer en la escatología o la banalidad. No es dialogar para contar la historia, o avanzar la trama, es ser capaz de darle la palabra a los personajes y además al dolor y al amor, a la risa y al llanto, a la vida y a la muerte. No es interpretar para dar corporeidad al texto, es hacerlo de una forma tan excelsa, que se desdibuja la frontera entre actor y personaje.

Sabíamos que Ricardo Darín era un gran actor. Y hemos sido testigos de la admirable evolución de Javier Cámara a golpe de buenas elecciones en su carrera. Pero el trabajo de los dos en Truman es como esculpir La Piedad en un terrón de azúcar. Como querer emular el gol de Maradona con las chancletas puestas.

Una clase magistral de interpretación que se ve interrumpida por otras intervenciones que no molestan, ni estorban, sino que suman quilates a esa sublimidad. Eduard Fernández, José Luis Gómez, Àlex Brendemühl o Elvira Mínguez son algunas de ellas.

Truman es la alegría de vivir el momento, el amor y la vida; pero con el poso amargo de saber que no volverás a vivir ni el momento, ni el amor, ni la vida. Saber que la vida son risas y llantos. Es el impulso para cruzarte Europa o el Mundo para ver a tu hijo o a tu mejor amigo por última vez en tu vida. Es la urgencia por salir del cine y decir a los tuyos que les quieres. Saber que la vida siempre es presente. Es mirar a los ojos de la muerte y decirle, no te tengo miedo.

Truman es una joya exquisitamente tallada que te pone la piel de gallina y te humedece los ojos. Cesc Gay y Tomás Aragay te colocan en la duda de no saber si reír o llorar en cada escena. Porque en Truman no es una película triste como puede parecer por lo descrito. Entre esa tristeza contenida, también hay espacio para el humor. Truman es una paleta de sentimientos.

Pero a fin de cuentas, la vida también es eso. Segundo a segundo.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 10/10

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