martes, noviembre 12, 2019

Un café necesario

Cine Un café necesario

“Hay días y días y días
y sobre todo noches que duran todo el día
en que uno necesita dejarse llevar
por alguna alegre apatía,
como esta estúpida manía circular de circular
Contra el reloj pero no a contrarreloj
Sino todo lo contrario
Quemando una tras otra
Cada hoja del calendario […]

Sin tiempo, sin prisas
Pero con largas pausas
Sin causas ni dueños
Tomar trenes, trenes, trenes
Todos los trenes de humo
Que crea necesario
Esta noche, noche, noche
Esta noche demasiado larga
Que dura todo el día”

Niko Fischer (Tom Schilling) no va a ningún sitio. Bueno, al menos eso es lo que parece desde que decide dejar a su novia. De hecho, probablemente esta sea la única decisión que toma a lo largo de la película. El resto del tiempo parece más bien que este veinteañero de buena familia improvisa su camino por las calles de un Berlín amanhattado por el jazz y el blanco y el negro. Como en las películas de Woody Allen, Niko deambulará entre las distintas clases sociales de un país donde priman las desigualdades (uno ya es un vagabundo si no puede pagarse un café de 3 euros) filtradas por el tamiz tragicómico tan típico del director neoyorquino. Una cita con el psiquiatra supervisor de la entrega del carné de conducir, un encuentro con su padre ante la desaparición de su tarjeta de crédito y una invitación a un extraño espectáculo por parte de una antigua compañera de colegio son los únicos pequeños detonantes de acción en el guión para este apático joven que tan solo parece buscar la soledad de un buen café durante apenas 24 horas. Un café necesario con cuyos sorbos expropiar tiempo al ritmo de la vida urbanita y poder pensar qué tipo de hombre quiere llegar a ser.

Y es que no podemos obviar que si algo hace Jan Ole Gerster en este filme es deconstruir los modelos de masculinidad (y feminidad por alusión) imperantes no solo en la sociedad alemana, sino en todo nuestro espectro más cercano. Niko no es un nihilista redomado. Su mayor problema es que no se siente identificado con ninguno de los hombres que le rodean. Ni su vecino, incapaz de superar las barreras patriarcales de comunicación dentro de su matrimonio (él quiere practicar sexo y ella no, así que al final ella cocina y él mira el fútbol), su amigo, actor y soñador frustrado, que a su vez imita modelos de masculinidad cinematográficos, o incluso su padre, ejemplo del hombre competitivo y triunfador representan el ideal a seguir. Tampoco los gamberros que alardean de su virilidad molestando a su amiga Julika, víctima por su parte de las exigencias de belleza y la necesidad de gustarle a los hombres que imperan sobre las mujeres. La sensibilidad de Niko y su anhelo de descanso solo encuentra eco en ese anciano que se echó a llorar porque ya no podría montar más su bici y en esa abuela que sin ninguna decisión importante ya por tomar descansa tranquila en su sillón masajeador.

En ese punto precisamente se encuentra Niko. Su padre le ha cortado el grifo al enterarse de que ha abandonado sus estudios de Derecho y se ha dado cuenta de que las bicicletas son para la infancia, un tiempo en el que no había responsabilidades, ni había que tomar decisiones, ni preocuparse por no ser el hombre que todos esperan. La angustia que produce el paso a aquello que nuestras sociedades han venido a llamar madurez resulta en una puesta en escena gris, carente de sonrisas – por mucho que se fuercen frente al espejo -, incluso de palabras por parte del protagonista. Un discurrir lento, a ratos silencioso y hasta casi grasiento, cual pelo descuidado y rebelde de Niko, pero nunca aburrido, repleto de encuentros surrealistas e hilarantes que demuestran las contradicciones no solo del metafórico mundo artístico de Berlín – oscilante entre el maniqueista cine de nazis y la vanguardia más abstracta -, sino de la juventud de clase media y la sociedad en general, que disponiendo de todo lo “urgente”, se ve falta de todo lo importante.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8,5/10