No, ficción cuasidocumental para reflexionar sobre el poder del audiovisual

Chile, la alegría ya viene. Al amparo de este jingle publicitario, la oposición de este país ganó el plebiscito que Augusto Pinochet se vio obligado a convocar en 1988 debido a las presiones internacionales para que el pueblo decidiera sobre la continuación de su régimen. En No, último filme del director chileno Pablo Larraín nominado al Óscar a Mejor Película extranjera, Gael García Bernal interpreta a René Saavedra, personaje ficticio inspirado en Eugenio García, el verdadero creador de la campaña del No que derrocó al dictador (Pinochet perdió con el 55 por ciento de votos en contra) gracias a una campaña basada en transmitir positividad, alegría, en lugar de apelar a los crímenes de la dictadura como razón para el no.

Y es que ese es el debate que plantea No, una discusión manida pero siempre candente sobre si el fin justifica o no los medios. Que el anuncio que había de llamar a la democracia y la liberación se parezca, más que a un ejemplo de participación y responsabilidad ciudadana, a un anuncio de Coca-cola, con modelos que nada tienen que ver con el físico del chileno medio y que representan una serie de imágenes idílicas más cercanas al American dream que a la sociedad real chilena, puede parecernos más o menos legítimo. Lo que está claro es que con esta suerte de apelación a un futuro mejor, en la que los abusos, la miseria o la violencia pasada están incluidos en la letra de la canción pero no puestos en imágenes, el principal objetivo de la campaña se logró: librar del miedo y el temor al pueblo a la hora de votar, aun cuando la propia oposición dudaba de las posibilidades de un referéndum convocado por el poder. Se dice que el éxito se debe a que se dejó de lado el panfleto político y se sustituyó por imágenes más agradables. Debemos pues preguntarnos si lo que hace a esta película tan interesante es el hecho de que suponga un acercamiento a los orígenes del populismo político que afecta a nuestras sociedades actualmente.

Sea como fuere, la decisión del publicista René debería llevarnos a pensar sobre el poder del audiovisual y su fuerza para evocar sensaciones y sentimientos, a veces no deseados, como en el caso de las imágenes de violencia para el anuncio del No, pero otras sí. Es el caso de la película propiamente dicha. En ella, no sólo aparecen imágenes de archivo que ayudan a recrear el Chile de finales de los 80, sino que para el rodaje se decidió usar cámaras analógicas de la época para conseguir el formato en el que se grababa entonces. De este modo unas imágenes y otras se mezclan con naturalidad evocando aquel momento como si de un documental se tratase. Este hecho, junto con el formato casi cuadrado de 4:3 y algunas técnicas cercanas al reporterismo como la cámara al hombro, zooms o rostros velados por la luz del sol, contribuyen a que en No los límites entre ficción y realidad histórica se difuminen, eso sí, a favor de un relato ciertamente honesto con lo que ocurrió aquel octubre de 1988.

 PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10

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