‘Leviathan’: Putin se mira en el espejo

Corren malos tiempos para la lírica. Bueno, para la lírica, la retórica y para muchas otras cosas. Una viñeta en París provoca una reacción de unos fanáticos, que se traduce en una serie de asesinatos en el nombre de un dios. Una película se ríe de Corea del Norte, y se organiza una crisis diplomática entre el Régimen de los Kim y Estados Unidos. Soy consciente de que ambos hechos no son comparables, que una redacción ensangrentada no es equivalente, ni lo puede ser jamás, a un cine vacío por el boicot a una multinacional. Pero tienen dos puntos en común: Primero, el intento de acabar con la libertad, y segundo, que la reproducción de esa obra molesta a alguien.

Hace unos meses ganaba el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa la polaca Ida, aunque entre las nominadas había una que se llevó también una cuota importante de favoritismo en las quinielas, que es la rusa Leviathan. Una película que, hasta donde sabemos, no ha provocado ninguna catástrofe, pero que ha estado rodeada de polémica desde el mismo momento en que al Kremlin le pareció bien. Y ese momento fue el principio. El Gobierno ruso advirtió que sólo regaría las plantas que le gustasen. Tal cual, la metáfora no es mía. Y también añadió que las películas que critican a las autoridades no pueden ser pagadas con el dinero de los contribuyentes. Eso sí, nadie aclaró qué pasa con el dinero de los contribuyentes contrarios al Gobierno. Pero, ¿a qué viene todo este revuelo? La película no gusta a Putin, ni a la Administración rusa, porque a los Gobiernos con dudosa legitimidad democrática siempre les ha aterrado mirarse en el espejo.

Leviathan empieza con las imágenes de un mar en calma, pero que se va agitando por dentro, hasta que acaba rompiendo contra el acantilado, que es como termina la película. Entre medias, el retrato que Andrey Zvyagintsev hace sobre la Rusia contemporánea, que no deja de ser la Rusia de siempre, pero ahora en versión semidesnatada. Un retrato crudo, o tan cocinado como un tartar, a base de claroscuros, para contar qué es lo que hay por debajo del poder, enseñándonos cada barra del andamio que lo sustenta, y lo carcomido que está.

Kolia es un ciudadano que vive en una casa que ha sido la casa de su familia desde hace muchísimo tiempo. Pero a la administración no le parece bien, porque está justo en el sitio donde ellos quieren hacer negocios, por lo que tras varios intentos y ofertas, deciden expropiarle. No lo dicen con acento caribeño, ni separando las sílabas, pero suena igual de mal. O peor, porque es más frío. Con este planteamiento tan sencillo basta, porque alrededor del expropiado, giran o revolotean su mujer, el abogado que les defiende, el político que les quiere expropiar, el representante de la Iglesia con el que cena el político, y como invitado especial, la justicia rusa. Esas estampas van construyendo ese mural que tan nervioso ha puesto al Kremlin. En breves apariciones, el esqueleto de una ballena (suponemos) varada en la arena, que asociamos al del Leviatán del título, el animal mitológico, bestia marina reencarnación del Mal absoluto que vendría para acabar con el mundo de los honestos.

Una película que tiene por columna vertebral un muy buen guión, que al igual que ese mar que lo inicia y lo acaba, mantiene un ritmo lento y pausado con un levísimo in crescendo, que lo va agitando todo con golpes directos al mentón y al hígado. Y que tiene como caparazón una dirección que va acompasada con el guión para permitirnos reparar en los detalles. Algo que se agradece cuando se nos presenta un fresco así. Eso sí, cuidado con pensar que por tener ese ritmo, lo que se cuenta es menos importante. Aunque tal vez, puede ocurrir que, a pesar de lo que diga el Kremlin, Leviathan no sea un peligro público. Y estemos hablando por hablar.

En el caso de que esta película fuera un peligro público, lo sería por dos motivos. Primero, por ser lo que es. Es la disección y taxonomía de un sistema político que ha mutado en las formas tras la desintegración de la URSS, pero que no ha cambiado nada en el fondo. Se siguen limitando libertades y opiniones. Antes con podadoras, ahora con cortauñas. Y segundo, por no ser lo que es. Aquí no se habla de política, o se hace poco. Se habla de relaciones de pareja, de familias y de amistades. Se habla de cómo son, de cómo funcionan y como interaccionan las partes. Y de cómo esa corrupción sentimental y afectiva está emparentada con la otra corrupción, la gubernamental, siendo origen o consecuencia una de otra, indistinta y bidireccionalmente.

A fin de cuentas, en Rusia, y también en las democracias, lo que está arriba sale de abajo y es su reflejo. Aunque como les pasa a los caciques y a los sátrapas, no siempre nos guste lo que vemos en el espejo.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8,5/10

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