Jaime Rosales: El cineasta tranquilo

Nunca me he sentido atraído por esos cineastas que ruedan la nada durante minutos, aclamados por la crítica y de los que los expertos sacan mil teorías mientras se toman un café. Al menos a simple vista, porque reconozco que hay casos en los que acercándome y viendo algunas de esas películas, he tenido que doblar la cerviz y asentir junto a la masa. Por esa razón, confieso que nunca sentí atracción por el cine de Jaime Rosales.

 

A pesar de todo, decidí saltarme mis principios una vez más y me propuse a ver La soledad. Era premiada, alabada, súper famosa, pero viendo algún vídeo promocional, no tenía demasiadas esperanzas de que me gustara. Pero sí, aunque no tanto como a todo el mundo. Película sencilla, sin mucha complicación, que adquiría un punto de interés o de atractivo o de “fíjate tú qué cosas” con la técnica de la polivisión, que ofrece al espectador la posibilidad de ver una escena desde dos puntos distintos, y al autor la de suministrar la información de una escena en dos “lienzos” simultáneos. Puede gustar más o menos, pero es algo llamativo. Por lo demás, una historia normal de gente normal que se veía alterada o partida (tal vez la polivisión era por eso) por una acción terrorista (se supone, tampoco quisiera inaugurar una teoría de la conspiración) que llegaba sin avisar. El terror puede estar en cualquier sitio.
Me gustó sin sobrepasar los límites de la locura. Pero decidí darle una segunda oportunidad. Aunque esta vez no fue de forma voluntaria. Yo era miembro de la organización de un Festival de cine donde se proyectaba Las horas del día, y la alternativa era quedarme en la calle el tiempo correspondiente. Así que entré en la sala. Me fascinó ese retrato de la monotonía, de la rutina, del día a día de un psicópata cuando no se dedica a infringir la Ley. El criminal era mostrado como “un chico normal“, sentencia tan usada por los jurados populares en los juicios que se hacen desde los telediarios, previo paso al que se realiza en las cortes de justicia. Rosales nos acercaba a ese ser que por el día vende bragas en una lencería, y por la noche queda con su novia. El mismo que un día, sin más razón que un repente, estalla. Me gustó cómo estaba hecha, pero aún más la historia. El psicópata puede ser cualquiera.

 

Jaime Rosales me acababa de ganar. Pero como no soy un chico fácil (al menos en cine), me resistí un tiempo, hasta el estreno de Sueño y silencio, para ver Tiro en la cabeza. Una película que se había visto envuelta en una polémica por su temática terrorista, que me atraía y me echaba para atrás. Se trata un documental que cuenta la vida de un terrorista de ETA. Documental al estilo de los documentales de animales: le vemos en su día a día y desde lejos. En uno de esos días, el animal, perdón, el terrorista se cruza en una cafetería del sur de Francia con dos Guardias Civiles y les asesina en el aparcamiento. Se trata del doble asesinato de 2007 en Capbreton. Y de ahí la polémica. ¿Se puede contar la vida de un asesino como si no lo fuera? ¿Un asesino es un criminal las 24 horas del día, o cuando duerme, come, o pasea, lo hace como una persona normal? De las respuestas a estas preguntas sale la polémica o no en cada uno, dependiendo de cada cual y sus ideas. Sin hacer caso a polémicas, hay que decir que aquel que olvide la referencia histórica, se encontrará una película excelente donde más que apología del terrorismo veremos la idea de que un terrorista es alguien normal al que se contagia de un determinado extremismo para que el día menos pensado mate a alguien que no lo comparta. Lo demás es ruido y polémica. Rosales nos advertía: Al terrorista te le puedes cruzar en cualquier sitio.

 

Habiendo visto la obra de Rosales en su totalidad, me dispuse a ver Sueño y Silencio. Una vez más una historia normal, protagonizada por una familia normal. Pero sin aviso (nunca lo hace), en medio de ellos, aparece la muerte. Y junto a la Parca llegan la ausencia y los recuerdos. La hora de que esos padres, y la familia en su conjunto, se enfrenten al más duro de los reveses, la pérdida de un hijo. Aquí la cámara de Rosales, siempre dejando espacio para el espectador se vuelve alivio (en tanto en cuanto no lo sentimos cerca) y reflexión. ¿Cómo nos enfrentaríamos a la muerte de nuestro hijo? La muerte puede llegar en cualquier momento.

 

Un día, el Festival que mencionaba antes, me llevó hasta la productora de Jaime Rosales. Me abrió la puerta una mujer. Desconozco su función en la productora, pero me atendió cordialmente. Al fondo de la “escena”, detrás de ella, Jaime Rosales tecleaba un ordenador con una tranquilidad admirable. Giró la cabeza hacia la puerta para ver quién era, y volvió a lo suyo. Pensé que quizás aquello era el arte: saber lo que te rodea, pero seguir a lo tuyo. Como Rosales.

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