martes, noviembre 12, 2019

Festival de Cine Europeo de Sevilla. STRAY DOGS: dolorosa y detenida mirada.

Cine Festival de Cine Europeo de Sevilla. STRAY DOGS: dolorosa y detenida mirada.

Que no os confunda el título, porque estos perros errantes en realidad no van a ningún lado sino que se encuentran suspendidos en el tiempo y alienados en el espacio urbano de Taipei. Así es como Tsai MIng – liang nos presenta a la familia desestructurada de este desolador drama y sobrecogedor relato cinematográfico. Si en mi anterior crítica sobre el Festival de Cine Europeo de Sevilla reprochaba a Grand Central no aportar nada nuevo en sus formas, Stray dogs, supuesto último trabajo del director de cine malayo, es, por el contrario, lo opuesto a todo el cine convencional occidental al que estamos acostumbrados. No habiendo visto nunca antes nada deTsai MIng-Liang, no tenía ni idea de a lo que me enfrentaba más allá de un cierto ritmo oriental que presuponía tomaría la narración. Así, carente de música extradiegética, repleta de largos planos secuencia – denominados así porque no existe ningún corte de montaje, pero no porque ocurran demasiadas cosas dentro del cuadro – y con una estética poco realista en algunas partes como la desarrollada en el hogar de la familia antes de que la madre lo abandonase – la ambientación tan terrorífica de la casa, repleta de grietas en las paredes, es motivo de una de las escenas más trágicas del filme, en la que la madre le explica a su hija por qué los surcos de las paredes son como lágrimas – Stray dogs ha sido presentada por la crítica como el filme más logrado de Ming-liang.

A este desconcierto provocado por los saltos temporales y espaciales sin contextualización alguna en el espectador hay que añadir la aflicción causada por la demoledora interpretación de Lee Kang-sheen y la tristeza casi delirante que irradia en el papel de padre. A él es a quien vemos desmoronarse moralmente, en una revisión de lo que puede llegar a ser cantar bajo la lluvia; comer mecánicamente, como un autómata de mirada perdida, en el descanso del trabajo o devorar histéricamente una col tras haberla intentado asfixiar, quizá pensando que era su mujer. Y en contraposición al padre, Ming-liang nos ofrece imágenes de esos hijos que deambulan solos por los supermercados o por los desérticos paisajes – que salpican el metraje sin que sepamos situarlos antes o después en la historia- entre juegos y risas, incluso dentro de esa terrorífica casa en la que son capaces de conciliar el sueño. De hecho, es probable que las únicas voces que el espectador recuerde al salir de la sala sean las de los pequeños ya que sin lugar a dudas son ellos los únicos retazos de esperanza y de acción que quedan en esta cinta.

Y es que si hay un mensaje que Ming-liang parece querer transmitir es que el retorno del hombre a la naturaleza es la única escapatoria – al menos así parece poder interpretarse de esa pintura a la que los protagonistas se quedan mirando en la escena final del filme- de ese mundo capitalista que queda tan bien reflejado por esos “hombres anuncio” trabajando entre el tráfico. La autenticidad del filme radica en que, a diferencia de lo que hubiese hecho un Malick por ejemplo, Ming-liang planta la cámara quieta delante de instantes de desesperación mucho más crudos mostrándolos bajo una mirada dolorosa, exasperantemente detenida que arrincona a los personajes en medio de la ciudad contra el asfalto o los coches o les observa dentro de esa casa que se cierne sobre ellos como un fatal destino antes de dejarlos respirar en esos rincones naturales, casi divinos que tanto gustan al texano. Eso sí, la cámara de Ming-liang se mantiene tan lejana la mayor parte del tiempo que sabemos que los personajes sufren, pero a veces ni siquiera sabremos quiénes son – como ocurre especialmente con los personajes femeninos -, ni siquiera sabremos cómo acaba esta historia, aunque bien pensado, tampoco supimos en ningún momento cómo y dónde empezaba.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10