Estrenos… ‘Vivir sin parar’ de Kilian Riedhof

Que Vivir sin parar es producto de un director novel es, desafortunadamente, fácil de detectar. Es cierto que Kilian Riedhof cuenta con una amplia trayectoria en la televisión alemana, y es quizá por ello que su primer largometraje hubiera pasado mejor por telefilme que por cinta para la gran pantalla.

Los desaciertos de la película no están en la base. La elección de la trama en la línea de películas como Las chicas del calendario, Una canción para Marion o Arrugas, no tiene nada de malo. La llegada a la tercera edad y la manera de afrontar ese periodo de desgaste es un tema universal de interés general. En el caso de Vivir sin parar, el argumento gira en torno a una antigua leyenda del atletismo alemán, Paul Averhoff (Dieter Hallervorden), que a sus más de setenta años debe resignarse a ingresar en una residencia de ancianos para acompañar a su mujer enferma. Disconforme con el abandono hacia la decrepitud y la anhedonia que encuentra en ese ambiente, decide marcarse una nueva meta, correr la maratón de Berlín.

Hasta aquí todo correcto…y repito, hasta aquí. La ópera prima de Riedhof peca de inmadura desde el guión hasta la postproducción. Esta inmadurez que recorre la película se concreta en una falta total y absoluta de sutileza. En lo que respecta a la escritura de guión, no se tiene en cuenta la máxima de que el valor del texto es mayor por lo que calla que por lo que dice: se dice demasiado y a veces a destiempo. Las líneas más profundas las encontramos en las conversaciones entre Averhoff y su mujer. Sus declaraciones de amor suenan a tópico y dan la impresión de estar metidas con calzador, además de repetirse en exceso la idea de maratón como metáfora de la vida, en la que si te paras pierdes.

En cuanto a las interpretaciones, cabe destacar que Dieter Hallervorden, encasillado como cómico en su país, sale airoso de este papel dramático. Pero en general, la dirección de actores deja mucho que desear. Los malos son demasiado malos, y los buenos demasiado buenos. La gesticulación es un tanto exagerada, casi teatral, y eso le resta autenticidad a los personajes.

La puesta en escena tampoco se caracteriza por su delicadeza en los momentos clave. La iluminación, la música, los efectos… todo se vuelve tosco. La cámara lenta y la música épica para narrar el momento de superación de un reto, por ejemplo, parecen recursos más propios de una americanada de los años 90 que de una cinta seria actual.

El problema de explicitar todo, más allá de deslucir el resultado final, es que implica quitarle trabajo al espectador, que no tiene que hacer ningún ejercicio de reflexión. Esto no es necesariamente negativo, hay veces que solo queremos desconectar la mente y encendemos la televisión, o vamos a ver una comedia extra-ligera. Pero cuando una película se anuncia como drama, cuando trata una cuestión de esta naturaleza, las expectativas son más altas.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 4/10

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