Estrenos… ‘Orígenes’ (I Origins) de Mike Cahill

Sé que no es esa la finalidad de Orígenes ni mucho menos, pero después de verla, y al menos durante un par de días -puede que tres, a lo sumo cuatro-, se repetía cual mantra una canción en mi cabeza: Dust It Off de The . Alimenté a la bestia después escuchándola una y otra vez en Spotify -esto quizá tenga más que ver con mi gusto por la auto tortura-. Esta canción forma parte, junto con otras delicias de Radiohead y tal, de la banda sonora de la última creación de Mike Cahill. Es una canción crucial, pues se escucha en varios momentos especialmente seductores. Que esta melodía generara en mí esta especie de obsesión me hizo meditar sobre el poder manipulador de la música. Siempre analizo ese poder en la imagen y pocas veces reparo en la importancia que le da la melodía que la acompaña. Una banda sonora puede encumbrar o destrozar una película. En el caso que nos ocupa me ha ayudado a involucrarme más en ella. Es un valor añadido.

Es curioso que una película que da prioridad absoluta al sentido de la vista -no hay más que mirar el cartel, no hago ningún spoiler, la cosa va de iris-, me entre por el sentido del oído. Pero evidentemente Orígenes no sólo entra por el oído -eso me ha pasado a mí, pero dudo que sea la norma y si lo es bienvenida sea también-, es una historia que estimula sentidos por la forma en la que está contada y sentimientos por el fondo que pretende remover; y que aviva, dicho sea de paso, el eterno debate entre ciencia y espiritualidad -¡viva la física cuántica!-. Abran bien los chakras los escépticos, si es que pueden, y los místicos simplemente déjense llevar.

La historia que plantea este cineasta en su segundo largometraje de ficción -con el primero, Otra Tierra, dejó a unos cuantos fascinados-, es sencilla… y compleja, según el enfoque que el espectador quiera darle. Es sencilla porque no deja de ser una historia de amor, de duelo y superación, un tanto friki, pero es eso. No hay efectos especiales pero es especial, no hay una gran puesta en escena pero sí muchos detalles, no hay elegancia aunque sí mucho gusto, no es ostentosa en ese sentido, pero sí en el otro… Es compleja porque esta historia sencilla pero friki está enmarcada en un cuadro seudocientífico que, aunque se venda al inicio como un estudio del ojo en busca de un origen, juega de principio a fin a demostrar la reencarnación. Supongo que Mike Cahill se habrá cansado de repetir eso de “los ojos son la puerta del alma” mientras hacía promoción de su película. Esa frase esconde el auténtico ‘origen’ de su película.

Es difícil discernir entre lo superficial y lo profundo en esta película, del mismo modo que es difícil posicionarse a favor del científico que habla con números inalterables o de la mística que lo hace con letras que se lleva el viento, porque ambos personajes utilizan bien sus argumentos. Entiendes que no se puede jugar a ser Dios, como entiendes que no se puede vivir de las ilusiones. Ahí radica el interés para muchos, en ese debate. Para otros tantos esto no será más que una monserga y preferirán buscar el interés en otro lugar, en el que tiene que ver con los sentimientos. Y habrá a quienes esa parte les parezca una ñoñada tremenda y se dejen atrapar por la singularidad del iris, por la teoría de que no hay un par de ojos iguales en el mundo. Jugar con la casualidad de las ‘señales’ para encontrar el amor y la superstición para perderlo es ñoño sí, pero bonito. Al menos Cahill ha sabido hacerlo bonito y sus actores, Michael Pitt y Astrid Berges-Frisbey, han conseguido que además sea hipnótico.

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A mí me gusta esa ‘triple’ dicotomía. Quien lo sepa apreciar así disfrutará plenamente de esta película, sean cuales sean sus creencias. Aunque he de advertir que Orígenes es un caramelito especialmente para neopaganos, relativistas y contemplativos. Para el resto podrá ser una montaña rusa de pros y contras, de argumentos creíbles e increíbles, de polos opuestos que se atraen… y de equivalentes que también se atraen. Pero para todos será algo.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10

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