Estrenos… ‘El árbol magnético’ de Isabel Ayguavives

 

El árbol magnético no es una película al uso. No tiene un inicio, un nudo y un desenlace al uso: el inicio es pasado fuera de campo, se ha de intuir; el nudo ni siquiera es un nudo, tan solo un retrato familiar repleto de recuerdos, y el desenlace tampoco es desenlace, porque queda abierto a la imaginación del espectador. Muchos sí vislumbrarían una estructura común: -inicio- una familia que se reúne para despedirse de la casa de la abuela; -nudo- comen y charlan; -desenlace- se va cada uno por donde ha venido… Esto más que una estructura, es una excusa.

Isabel Ayguavives se ha arriesgado en varios sentidos, por un lado yéndose a rodar su ópera prima a Chile y por otro realizando una película exótica. Realismo mágico he oído que lo llaman. No llego a entender del todo esta calificación para este film… yo no veo nada extraño en la cotidianidad que nos muestra Ayguavives, salvo ese ‘pequeño detalle’ del árbol magnético -algo nada común por otra parte-, yo solo veo cercanía, familiaridad, ternura, es decir normalidad, naturalidad.

Aunque he de añadir que, aunque no se vea, sí se palpa una especie de imán que nada tiene que ver con un algarrobo magnético, sino con la mirada de una actriz llamada Manuela Martelli, quien da forma y fondo a Nela, la co-protagonista de esta historia. Por lo demás la única magia que encuentro en El árbol magnético es la del cine. Y eso es decir mucho. Porque el cine es imagen y puede ser poesía y El árbol magnético lo es: imágenes a la deriva que esconden detalles, detalles que esconden pensamientos, pensamientos que no se dicen pero se entienden.

A través de un trío -ni de amigos, ni de amantes… solo de primos- la directora gallega muestra tres posturas en la vida: la de quien vive en el pasado, la de Nela; la del que vive en el futuro, la de Javier (Juan Pablo Larenas), y la del que no tiene ni pasado ni futuro -o al menos por el momento, está desdibujado-, la de Bruno (Andrés Gertrúdix). Pero es entre Nela y Bruno entre quienes explota la magia del cine. Ayguavivies pone a esos dos personajes en constante tensión, tensión sexual sí, pero lo hace con muchísima sutileza, tanta que uno desearía ver prender el fuego, pero hay que conformarse con ver saltar las chispas. También hay belleza en eso.

La directora nos habló de la influencia del cine francés para plasmar esta historia, de Las horas del verano de Olivier Assayas o Milou en mayo de Louis Malle e incluso de Eric Rohmer… más por su sencillez que por sus diálogos diría yo. Pero a pesar de beber de tantas fuentes a Isabel Ayguavives le ha salido una película muy personal. Ha sabido captar con una luz y una alegría entrañable la belleza de un momento efímero -reflejo de años pasados- y ha incrustando en él algo mucho más profundo, sentimientos a flor de piel que ahí se quedan, a flor de piel.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7,5/10

 

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